San Francisco Ballet
Un clásico que siempre vuelve
Por
Francisco Echevarría Saumell
(USA)
“Giselle” subió al escenario del War Memorial Opera House de San Francisco luego de varios años de ausencia. A pesar de la desigualdad de la coreografía, Vanesa Zahorian tuvo su gran noche en el protagónico.
En abril de 1999 Helgi Tomasson revisó el ballet “Giselle” y lo estrenó, en el War Memorial Opera House, de la mano del Ballet de San Francisco, con rotundo éxito de crítica y público. Hasta entonces, la compañía local era una de las dos o tres en Estados Unidos que no tenía este clásico en su repertorio. A casi diez años de aquel suceso, “Giselle” vuelve a escena. Sin embargo, deja cierto sabor agridulce en el paladar ante lo desigual que hoy día se muestra la coreografía y por cómo en ciertos pasajes no se permite a los bailarines lucirse como deberían.
Elegida como una de las obras para festejar el septuagésimo quinto aniversario de la compañía, la temporada de “Giselle” abrió con Yuan Yuan Tan y Tiit Helimets en los roles principales, quienes tuvieron reportes muy contradictorios entre los diferentes medios que se ocupan de la danza en el área de la Bahía de San Francisco.
No obstante, la atención va hacia la representación, en la noche del 22 de febrero, de Vanesa Zahorian en el doble papel de la campesina-willi, y de Tiit Helimets como Albrecht.
Con Zahorian, Giselle fue esa joven llena de frescor, cándida e inocente, enamorada por vez primera. Su personaje bordeó todas esas aristas que se buscan en la interpretación de Giselle en este primer acto. Pero no sólo fue buena en la actuación, también se destacó en la técnica a lo largo de toda la primera parte, especialmente en la variación –y su diagonal– bailada en la fiesta de la vendimia, donde los bailarines masculinos de su grupo de amigos también sobresalieron, lo mismo que el cuerpo de baile, el cual merece la más alta valoración, sobre todo en el segundo acto.
El desempeño de Tiit Helimets no fue tan afortunado, su Albrecht llevaba demasiado la marca de su posición social, en esta versión es un conde, en la mayoría de las otras es un duque, pero para todos los espectadores siempre será “el príncipe”. Helimets no supo desdoblarse para ofrecer un campesino cuando simulaba serlo, y siempre dio un altivo joven de la nobleza, a veces amanerado, que afectaba y contrastaba con el porte y masculinidad del leñador Hilarión, interpretado por el soberbio David Arce, que supo estar a la altura de su celoso y enamorado personaje. Si bien Helimets no se destacó mucho en este primer acto, la coreografía tampoco le ofrece posibilidades para ello, pues a veces se torna bastante plana. Lo mismo pasa para el personaje de Giselle, pero Zahorian logra sacarles partido aún a las limitaciones coreográficas, sobre todo al final, en la famosa escena de la locura, donde logra exceder, al igual que Helimets, quien se supera, aunque no se puede decir por ello que es algo espectacular para ninguno de los dos en cuanto a su representación. Anita Paciotti estuvo bien y comedida en su papel de Berta, la madre de Giselle, aunque a veces deja de ser la aldeana que se supone sea y lastra su actuación de carácter con sus ademanes de cortesana y noble, que no le corresponden. Al parecer, siendo esta la misma tendencia de Helimets, más que deficiencia de ellos, es deficiencia del “maitre” que no ajusta con los bailarines sus personajes a lo que realmente deben ser en escena.
El segundo acto deparó momentos de gran placer. El balance general llegó a acercarse a la excelencia, especialmente para el cuerpo de baile que rozó la perfección en su sincronía, despliegue escénico, armonía y logros técnicos. Es realmente asombroso su nivel de sincronización. El público así lo percibió todo el tiempo e interrumpió constantemente la representación con sus aplausos, para premiar su labor.
Elana Altman interpretó bien a Mirta, la soberbia, fuerte y despiadada reina de las willis, esos espíritus errantes y vengativos del bosque, jóvenes doncellas fallecidas antes de haber conocido varón. Bailó con bastante decencia, pero le faltó fuerza en sus saltos; le faltaron esos vigorosos “grand jetés” que tanto definen el personaje porque lo hace aparentar que vuela con fuerza y rabia contenida. Pero su rol fue bien interpretado y en términos generales fue bueno. Lo mismo vale decir para Julianne Kepley y Courtney Wright, las dos willis que preceden con su baile a la aparición de Giselle-Willi. Zahorian tuvo una buena salida de la tumba, pero los esperados giros al final no fueron ni buenos ni mucho menos numerosos, apenas dos. Esto no lastró su desempeño posterior y algo diferente se puede decir de sus bourées a punta y pies batidos –su batería– que prometen mucho pues ya ofrecen bastante dada su calidad y rapidez, ¡hermosos!, es la palabra que los define, la bailarina fue realmente buena y satisfizo las exigencias del público. En cuanto a actuación, todos fueron muy buenos, pero Zahorian y Helimets ahora fueron excelentes. Ella fue siempre un espíritu, todo lo estéreo que un espíritu debe ser. Él fue ese “príncipe” herido por la pérdida de su amada, perseguido por los remordimientos, que acepta su destino y decide morir exhausto, mientras baila obligado por las willis, sólo por estar con su amor traicionado, mientras acepta su castigo como un martirio que debe asumir en pago por la traición que ocasionó la muerte de su amada Giselle.
Una destacada actuación y un brillante despliegue técnico de ambos que, unidos a la magia de la perfectamente interpretada música de la orquesta titular dirigida por Gary Sheldon, hicieron que el público –no muy llena la sala esa noche– los premiara con varias salvas de aplausos, varios gritos de “bravo, brava”, y numerosas cortinas para cerrar los dos actos de una noche para marcar en el calendario artístico de Vanesa Zahorian.
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Yuan Yuan Tan y Tiit Helimets del San Francisco Ballet abrieron el Programa 3 con la versión de Helgi Tomasson de “Giselle”.
Foto: Eric Tomasson. Gentileza de SFB. |
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