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  Los bailarines Clairemarie Osta y Nicolas Le Riche, del Ballet de la Ópera de París protagonizan la reposición de “Caligula”.
Foto: Anne Deniau. Gentileza de BOP.
 
   

Ballet de la Ópera de París

Emperador sólo hay uno

Por Isis Wirth (desde Francia)

Volvió a escena al Palais Garnier “Calígula”, ballet en cinco actos, interpretado y creado por Nicolas Le Riche. La obra, que incluye personajes clave de la historia, ya se había estrenado en París en 2005.

Con la coreografía de Nicolas Le Riche, ese amado “danseur étoile” de la Ópera de París, “Calígula”, un ballet en cinco actos (comprimidos sin intermedio durante una hora y media), se estrenó en 2005, y ahora ha vuelto al Palais Garnier. La música es la de las “Cuatro estaciones” de Antonio Vivaldi –“maravillosa” capacidad de esta partitura de ser utilizada para no importa cuál intención–, junto con una creación electroacústica –bastante aburrida– de Louis Dandrel, en tanto que la dramaturgia es de Guillaume Gallienne.

El emperador romano Calígula, hijo de Germánico, fue un personaje altamente contradictorio. Durante su reinado, de menos de cuatro años, pasó de la popularidad y el buen gobierno al despotismo cruel y extravagante, hasta que fue asesinado en el 41 de la era cristiana por el senador Chaerea, impulsado por los patricios del Senado.

Pero también Calígula fue un artista a su manera, y en otra más profunda y verdadera: amoroso de la Luna, de su caballo Incitatus (a quien le construyó un palacio), admirador sin límites del teatro –devoto del mimo Mnester–, se creía un escogido de los dioses y vivía en el mundo de los sueños.

El misterioso emperador –probablemente epiléptico, como muestra el ballet– es pues materia de poesía, y Nicolas Le Riche lo ha querido convertir asimismo en materia de danza. Es comprensible: la riqueza y complejidad del emperador romano es ideal para ese gran bailarín, de una capacidad dramática e interpretativa extraordinarias.

Pero, ¿qué hay del resto? Sin dudas, como un solo hubiese funcionado estupendamente, como ya de hecho funciona: es una de las actuaciones más esplendorosas y trágicas que se hayan podido ver de Le Riche, y pleno aún de su poder físico, por demás. Lo cual no quiere decir que los otros intérpretes (Wilfried Romoli, Chaerea, el senador; Benjamin Pech, el mimo Mnester; Clairemarie Osta, la Luna) no hayan estado a su altura: son creíbles y convincentes.

A Le Riche le falta pericia coreográfica, ese “saber hacer” (que desgraciadamente suele no aprenderse) para que un paso junto al otro le construyan sentido –que ni siquiera tiene que poseer un “significado”– a una frase, y de estas que se pueda pasar al “todo” en general.

La puesta en escena es confusa al principio. Con la excepción, por supuesto, de Calígula, no se identifican fácilmente los personajes sin ayuda de las notas al programa, aunque luego se organiza mejor la “situación”, pero no llega a ser fluida.
Si bien los actos y las escenas se estructuran de un modo que no es en principio eminentemente narrativo, hacen hincapié por el contrario en el aspecto “poético” del asunto y en lo inasible y doloroso de la personalidad de Calígula. Pese a que Le Riche se propuso insuflarle el hálito de una “tragedia clásica”, acaso más sustancia “abstracta” hubiese servido mejor a los fines de esta obra. Pero más allá de conjeturas, lo fundamental es un problema de “lenguaje”, que brilla por su ausencia.

A aplaudir, por demás, la interpretación de la partitura de Vivaldi por los músicos de la Orquesta de la Ópera de París, bajo la dirección del violinista Frédéric Laroque.

Y, naturalmente, gracias a Nicolas Le Riche, por este pretexto malogrado, sí, para ponerse en valor él mismo pero donde su asunción de ese quizás paradigma del tirano en tanto artista alcanza alturas insospechadas.

 
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