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  Seguir la sintaxis de “Yes, we can’t” de William Forsythe, interpretada por su propia compañía, demanda gran concentración visual.
Foto gentileza de The Forsythe Company.
 
   

The Forsythe Company.

Sí, sí pueden.

Por Isis Wirth (Alemania).

El estreno de “Yes, we can’t” de William Forsythe, reafirma su predilección por los textos y el juego “post-moderno”. Solos, dúos y tríos se integran a escenas de conjunto interpretadas por los 19 bailarines.

Más de lo mismo en el estreno de “Yes, we can’t” de William Forsythe, junto a sus bailarines, en la célebre Festspielhaus de Hellerau en Dresden. El “credo” de Forsythe aquí se proclama: lo que menos le interesa es una “estética”, pero sí en cambio hacer del movimiento –y ya mucho más allá del código del ballet– una teoría lingüística. Hay que decir que lo logra. Que pueda gustar o no es secundario. Porque Forsythe no “experimenta”, sino que se sumerge dentro del movimiento en sí para “construirle” –justo porque lo “deconstruye”– una nueva lógica, que se basta a sí misma como una lengua.

Seguir la sintaxis de esta lengua demanda gran concentración visual, pues es en ello donde se “lee”. Cada cambio en la forma, por mínimo que sea –sobre todo en los pies y las piernas, y en el peso del cuerpo–, está “diciendo”, de una manera completamente autosuficiente, como si en el principio fuese este el único “lenguaje” y no el verbo. Menos autosuficiente, sin embargo, es el uso de los brazos y la gestualidad: de ahí que inevitablemente afloren referencias a, por ejemplo, los port-de-bras de “El lago de los cisnes”, y también, aunque no tan evidente puesto que lo trabaja junto con el sonido, al flamenco.

¿El resto? Es precisamente lo que Forsythe se impone: no se contenta con su lengua, y entonces recurre a los textos, las voces, y al juego “post-moderno” con estas, como asimismo hace la partitura (Dietrich Krüger, Niels Lanz y David Morrow). ¿Es necesario? Tal vez no, pero como “divertissement” teatral funciona, y después de todo Forsythe siempre ha tenido un fuerte pulso escénico. La repetición de los textos (“Take my hand”, “What’s the topic?”, “Obi wan come on”, “I am an stranger”) refleja el movimiento repetitivo. Y ciertamente varios de los bailarines son poderosos actores, algunos dotados de un humor irresistible.

Pero al ser una coreografía no solamente de Forsythe, la falta de pericia para la “narración” de los bailarines se hace sentir cuando hacia el final de la obra (1 hora y 20 minutos de duración) el ritmo decae.

La complejidad de las figuraciones se acrecienta con la propia construcción: los solos se presentan en simultaneidad con los “pas de deux”, los “pas de trois”, cuando no con el “ensemble” de 19 bailarines.

Agradable el constatar que los intérpretes de su presente “estilo” –como con “estética”, no es término con el que Forsythe comulgue ortodoxamente– están más entrenados y hábiles físicamente en lo que se les exige: una coordinación endiablada y la capacidad para aislar el movimiento, con tal de trascender la “improvisación”.

Sí, sí pueden: han demostrado ser los instrumentos del pensamiento “lingüístico” del creador más pujante y casi imprevisible de la danza actual.

 
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