El 22 de noviembre, a los 80 años, murió el coreógrafo francés en Lausanne, Suiza, tras una larga enfermedad. Polémico y transformador, el creador del Ballet del Siglo XX fue decisivo en la danza contemporánea.
El creador francés había cumplido 80 años el 1º de enero de 2007. Sin lugar a duda, el coreógrafo revolucionario de la última mitad del siglo XX, ese fue Maurice Béjart.
Niño de salud delicada, criado en una familia donde muy temprano desapareció la madre, encontró en los libros y en la conversación paterna (Gastón Berger, su padre, era filósofo) un mundo ardiente, pleno de especulaciones.
La familia se preocupaba por su falta de contactos con los deportes y los juegos propios de un adolescente inquieto, lleno ya de amor por el teatro. Habiéndosele propuesto el aprendizaje de la danza, encontró en ella rápidamente el maná tan ansiado. Es en este arte donde va a descubrir “el lenguaje elíptico y directo ‘capaz’, según Paul Valéry, de manifestar a los mortales cómo pueden fundirse y combinarse lo irreal y lo inteligible” (palabras de Marie-Françoise Christout en “Danser le XXème Siècle”.
El aprendizaje fue largo, y a veces hasta despiadado con el ansioso Maurice. Sus inicios se registran en el Ballet de la Ópera de Marsella en los primeros años de los ‘50, hasta que decide buscar otros horizontes. Ya en París, acude a los estudios de Léo Staats, de la exiliada rusa Mme. Egorova, y de la astuta y notable maestra armenia Mme. Roussanne Sarkissian (él la recordaría vivamente caracterizada en uno de los personajes principales de su “Gaieté Parisienne”, no precisamente la de Léonide Massine). Aquellos años del París del aprendizaje y perfeccionamiento fueron los que Béjart sobrevivió trabajando esporádicamente y ganando poco. En algunas oportunidades encontró una salida ocasional ingresando en la troupe sueca de Birgit Cullberg, incluso en la residente en la Ópera de Estocolmo.
Tiempo después, sería el crítico Jean Laurent, quien le daría ánimos suficientes para que crease sus propias obras. En 1953 llegó a formar una pequeña compañía. Su primera función la dedicó a Chopin y a Shakespeare. “Que d’aventures...!” comentaban por entonces sus allegados, en una época llena de penurias económicas, próxima aún –cronológicamente– a la terminación de la segunda gran guerra...
Siempre fiel a la técnica clásica, a la que respetó como la base de las bases... sin embargo no dejaría de imprimir a sus obras diversas inflexiones provenientes de sus estudios orientales y de la técnica de la danza moderna, sobre todo a partir de 1954 en que conoció y apreció a la maestra norteamericana Martha Graham. Por otra parte, tuvo oportunidad –que aprovechó– de relacionarse con compositores de la vanguardia, particularmente con Pierre Henry y Pierre Schaeffer, y es merced a esa vinculación que conoce la música concreta, un nuevo cosmos de valores, vibraciones, y colores que se mezclan de una rara y extraña manera con los toscos sonidos. Ese choque dual –plástico y acústico– le abrió horizontes desconocidos.
De aquel fructífero encuentro surgiría su capolavoro juvenil “Sinfonía para un hombre solo”. Y de ahí en más, su carrera como creador brindaría los más grandes ballets, parte de las cuales quedarán como obras maestras de la historia de la danza en la segunda mitad del pasado siglo. ¡Qué más acotar a su celebrada “La Consagración de la Primavera”!... Era por entonces 1959 y acababa de fundar una de las compañías que conmoverían al mundo en las últimas décadas del siglo fenecido: el “Ballet del Siglo Veinte”, que tuvo su asiento en Bruselas (Bélgica).
Su inspiración, entonces, no tendría límites y bucearía en el freudismo, el psicoanálisis, el expresionismo alemán. Nada lo detendría. Tocó temas antes no explorados aunque fueran ríspidos y escabrosos, incorporó elementos del teatro japonés Noh, del Kabuki, de la mitología hindú...
Fue esa la época brillantísima de una fecunda inventiva y de la colaboración con grandes figuras del ballet clásico, sus realizaciones aunaron complejos temas filosóficos y sociales: “El Pájaro de Fuego” alejado totalmente de la leyenda rusa, con personaje central que es hombre líder de la guerrilla revolucionaria, un “Romeo y Julieta” que predica el mensaje hippie “Haz el amor y no la guerra...” sobre la partitura homónima de Berlioz, “Novena Sinfonía” de Beethoven que no es otra que una plegaria por la hermandad de los hombres, “Nijinsky clown de Dieu” particular visión del ídolo, la “Misa por el Tiempo Presente”, “Bakhti”, “Golestan”, el famoso “Bolero” de Ravel, “Ni flores, ni coronas”, “Tentaciones de San Antonio”, “Matilde”, “Baudelaire”, “Los Vencedores”, “Alto Voltaje”, “Prometeo”, “Sonata de Tres”, “Orfeo”, “Las Bodas”, “A la búsqueda del..., “Actus Tragicus”, “Lo que el Amor me dice”, “Pli selon pli”, “Nuestro Fausto”, “Le Marteau sans Maître”, “Lo que la Muerte me dice”, “Salomé” sobre música de Ricardo Drigo, magníficamente interpretada por Patrick Dupond (se trata de un solo) en el homenaje rendido en el Teatro Colón a Jorge Donn, y tantas obras más de auténtica repercusión en el público, entre el cual contaba también a sus detractores que lo acusaban de valerse de efectos ajenos a la danza y de esquemas repetidos.
En los últimos tiempos, el SIDA –la enfermedad del siglo– que no respetó la vida de algunos de sus amigos y conspicuos integrantes de sus elencos, también fue objeto de su shoqueante obra: “El presbiterio no ha perdido nada de su encanto ni el jardín de su esplendor”. Este fue representado en el Luna Park, durante la última visita efectuada a Buenos Aires con el Béjart Ballet Lausanne, última creación en materia de compañía, con una integración menor al gigantesco Ballet de Xxème Siècle. Al frente de esa compañía radicada en la ciudad suiza de Lausana, continuó encomiablemente la creación y la enseñanza, impartida en un centro anexo a aquella por calificados discípulos del maestro francés.
Béjart ha contado repetidamente con la colaboración de bailarines argentinos. A escasos años de haber fundado el Ballet del Siglo Veinte, con sede en Bruselas (Bélgica) se incorporaría a él Jorge Donn, quien convertido en una excepcional figura internacional habría de inspirar al coreógrafo cantidad de ballets, asumiendo los protagónicos con notable versatilidad. Donn también fue asesor artístico de la compañía. Murió hace años ya. Entre los primeros argentinos que ingresaron a la troupe radicada en Bélgica estaba Beatriz Margenat, ex bailarina del Teatro Argentino de La Plata quien evocaba continuamente en Béjart su vivo parecido físico con Natalie Philipart (recordada bailarina francesa). Posteriormente, fueron destacados intérpretes Cecilia Mones Ruiz y Octavio Nahuel Stanley.
Otros argentinos del mundo del ballet y de la danza tuvieron oportunidad de haber sido becados por el maestro. Quienes accedieron a esa distinción –desde los primeros años de su instalación en Bruselas– pudieron estudiar en el Mudra, instituto de enseñanza artística integral creado al efecto. Otro centro pedagógico sucedió al anterior cuando Béjart se estableció hace varios años en Lausanne (Suiza). Entre aquellos argentinos y en distintas épocas, estuvieron Susana Zimmermann, Cristina Gómez Comini, Alejandra Paredes, el ya mencionado Stanley, y otros que escapan a mi memoria en estos momentos.
Finalmente aludamos a las palabras de Patrick Dupond al enterarse de la desaparición del maestro francés: “Su obra quedará como luz indeleble”. |
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Béjart y el ballet Cubano
Por
Reny Martínez
(Cuba)
La desaparición física de Maurice Béjart, una de las leyendas mundiales de la danza, no ha sido ajena a los cubanos ni tampoco a sus medios de comunicación, quienes han difundido la noticia de inmediato, así como la reacción esperada de su emblemática figura del ballet, Alicia Alonso.
Pero la impronta de su arte coreográfico se hizo indeleble desde su primera y única visita a La Habana en el verano de 1968, junto con su compañía el entonces Ballet del Siglo XX. Todavía hoy, son recordados con gozo sus espectáculos reveladores del quehacer contemporáneo de ese período, cuando el aficionado cubano a la danza se deleitaba con los artistas provenientes de la desaparecida Unión Soviética y de los países socialistas de la Europa del Este –con la excepcional y fugaz presencia de lo mejor del mundo occidental en los bienales festivales internacionales de ballet de La Habana–, como su versión del “Bolero” de Ravel, su interpretación de la cultura hindú con “Bakhti”, su carismática presencia escénica junto a la grande María Casares en su impactacte y enigmática pieza “La noche oscura”, sobre el poema de San Juan de la Cruz, el desacralizante “Ni flores ni coronas”, y en ellos, las deslumbrantes interpretaciones de sus bailarines, como Paolo Bortoluzzi, Laura Proenca, Jorge Donn, Dufka Sifnios, para solamente señalar los que más calaron en la memoria de este cronista, privilegiado testigo de aquella afortunada visita. Inesperada y “casi” milagrosa, pues el gobierno cubano fletó un avión para conducirlos desde Ciudad México, terminada sus presentaciones en las Olimpiadas Culturales, evento paralelo a los Juegos Olímpicos con sede en esa capital, y solamente podrían ofrecer tres funciones dobles (tarde y noche ) y al cuarto día tomar otro avión fletado para transportarlos a Montreal, Canadá, donde debían continuar sus presentaciones.
Ulteriormente, los vínculos humanos con Maurice Béjart se desarrollaron –aunque ya poseía un estelar bailarín de origen cubano, Jorge Lefebre, quien designaría más tarde como primer director de su escuela sui generis, MUDRA–, y luego, contrataría como bailarina y maestra a Menia Martínez, y por varios años, una de las llamadas “Cuatro Joyas” del ballet cubano, Loipa Araujo, interpretaría sus obras del repertorio y hasta crearía otras nuevas, después llegarían a su elenco dos efectivos de la más joven generación, como Pablo Arozarena y Ekaterina Zuaznábar. Algunos coreógrafos cubanos se despojaron de las ataduras conservaduristas imperantes bajo la influencia de este “savoir faire” bejartiano que descubrían.
La fascinación de Béjart hacia Alicia Alonso se hizo patente en 1972, cuando el coreógrafo marsellés montó para ella el segundo acto de “El lago de los cisnes”, quien la interpretó junto al italiano Bortoluzzi. En 1980, Béjart participó en una Gala homenaje a la Alonso, organizada por la UNESCO en su sede de la capital francesa, donde manifestó “...Alonso es alguien que representa para mí la vida (...) es un ser eterno que regresa de nuevo más joven, más fuerte, más vital, renaciendo siempre cual Ave Fénix”.
Ante la noticia de la muerte de su colega y amigo, la directora del Ballet Nacional de Cuba expresó: “...el arte pierde a un inmenso creador, uno de los grandes coreógrafos de todas las épocas. Fue un artista de imaginación portentosa que, además, era un filósofo de su arte (...) Creo que las huellas de este creador permanecerán por siempre en el arte de la danza”. |
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