Ballet Eifman de San Petersburgo
Del teatro a la danza-teatro
Por
Célida P. Villalón
(USA)
Eifman presentó su propia versión de “La Gaviota”, de Anton Chekhov, donde se anima a transgredir los roles de los personajes de la obra teatral. Incorpora hip-hop y pone un toque más teatral que coreográfico.
Boris Eifman, controvertido coreógrafo ruso, regresó a la capital del mundo de la danza, para presentar dos semanas de espectáculos dramáticos-bailables, desde la escena del teatro City Center de Manhattan, con la compañía que fundó hace 30 años, y de la cual es su único y absoluto coreógrafo.
El estilo típico de Eifman es más drama que danza, aunque sus bailarines son espectaculares en la ejecución de pasos. Otra de las características más atractivas de sus producciones son los llamativos decorados y vestuarios, así como la iluminación, siempre en manos de expertos en la materia.
El ballet “The Seagull” (La Gaviota), basado en la famosa obra de Anton Chekhov del mismo nombre, fue la novedad de la serie en este viaje. Con interesantes decorados de Zinovy Margolin, y maravillosas melodías de Rachmaninoff (y en algunos pasajes, fragmentos musicales de Scriabin), la mente febril de Eifman ha convertido a los dos personajes masculinos, Trigorin, un afamado escritor, y Treplev, un aspirante a dramaturgo, en dos coreógrafos: el primero ya acreditado (Oleg Markov), y el segundo (Oleg Gabyshev), que trata de obtener su primer triunfo.
Las contrafiguras femeninas, Arkadina, madre de Treplev, y otrora amante de Trigorin, pasa de ser artista dramática de reconocida fama, a bailarina destacada aún en actividad, encarnada por Natalia Povorozniuk. Mientras por su parte, Nina Zarechnaya, hija de un rico comerciante, y de quien Treplev está enamorado, aquí es una aspirante al estrellato bailable (Anastassia Sitnikova), quien es seducida por el maître Trigorin.
Eifman conquistó al público balletómano neoyorquino desde su primera aparición en esta ciudad hace varios años. Su “Red Giselle” y también “Tchaikowsky”, especialmente, dos obras estelares, le ganaron aplausos y magníficas críticas, y desde entonces, se ha convertido en un favorito del público amante de espectáculos nuevos y atrevidos. Cómo es lógico suponer, sus mayores admiradores, que asisten al teatro en montones, proceden de la enorme colonia rusa que habita en esta ciudad.
Pero esta vez, es difícil advertir que la nueva obra haya logrado el mismo impacto de las anteriores. La coreografía de “The Seagull” es movida, raya con lo acrobático, pero carece de fluidez y de bailables novedosos e interesantes.
Gabichev, como Treplev, se agita y retuerce desde que aparece en escena. Al abrirse la cortina, está encerrado en un cubículo que podría ser una cárcel (o quizá también, la jaula de la gaviota del título), y continúa desesperándose y agitándose por su falta de inventiva hasta el final. Aquí no hay mucha coreografía que interpretar: más bien son convulsiones y saltos distorsionados. El movimiento constante de su brazo izquierdo, que mueve como si fuera un péndulo, recuerda en algo al personaje principal de “Notre-Dame”, de Roland Petit.
La sublime música de Rachmaninoff, especialmente los compases de la “Rapsodia sobre un tema de Paganini”, usados en el Pas de Deux de Sitnikova y Markov, lamentablemente no sirven para inspirar bailes de maestría. Por otra parte, la labor de Markov impartiendo clases, es bastante rudimentaria. Por supuesto, como es de suponer en las exageraciones de Eifman, la relación de Arkadina con su hijo Treplev, podía rayar en el incesto, según el coreógrafo, algo que no está presente en la composición dramática de Chekhov.
No obstante, hay un instante en la obra que casi redime la noche: la aparición de un coro masculino, que interpreta un atractivo “hip-hop”, con trazos de “break-dancing”, que nada tenía que envidiar a los intérpretes de puro linaje estadounidense, que a veces surgen en las esquinas de la ciudad bailando sus rutinas, o en los constantes “shows” televisivos. Estos magníficos bailarines rusos quieren representar la coronación de los anhelos de Treplev por bailables diferentes, inspirándolo a ir por otros caminos. ¡Vaya movimientos y precisión rítmica! Aún para los que no admiran esas nuevas modalidades, la precisión y exuberancia de los intérpretes fueron capaces de romper la monotonía de la presentación.
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La coreografía de “La Gaviota”, interpretada por Ballet Eifman de San Petersburgo raya con lo acrobático.
Foto gentileza de City Center. |
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