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Reflexiones sobre el último trabajo
de la coreógrafa mexicana Cecilia Lugo "De
Sueños...Mares", que se presentó
en la Sala Miguel Covarrubias, del Centro Cultural Universitario
(CCU), de la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM).
El más reciente trabajo coreográfico
de Cecilia Lugo, con su compañía Contempodanza,
"De Sueños...Mares", se presentó
en la Sala Miguel Covarrubias, del Centro Cultural Universitario
(CCU), de la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM), recinto que se ha convertido en
un lugar privilegiado para presentar las creaciones
de los coreógrafos nacionales de danza contemporánea.
Tras un periodo de búsqueda interior e introspección,
Cecilia Lugo ha arribado a una obra que es el resultado
de una mirada de madurez sobre el momento vital por
el que ella atraviesa y sobre el presente que le ha
tocado vivir. "De sueños...mares",
en palabras de su creadora, es un código coreográfico,
un tamiz a través del cual buscará basar
sus próximos trabajos.
"De sueños...mares" es una obra de
madurez que muestra una inquietud por encontrar las
claves que expliquen el cuestionamiento del hombre actual.
Algunas de las respuestas apuntan a remontarse a la
lectura de las pulsiones primigenias y a las búsquedas
primarias del hombre. Entre ellas se destacan la indagación
sobre lo absoluto y el origen del hombre de todos los
tiempos; ilustradas en sus narrativas mitológicas
y en los arquetipos que le dan sustento. La coreografía
alude a estados anímicos y espirituales, expresados
por Cecilia Lugo en los siguientes términos:
"Quiero despertar abrazada al sueño que
seré, lo que fui se quedó dormido en los
pliegues del tiempo. Como un íntimo anhelo del
hombre contemporáneo por encontrar reductos que
lo acerquen a sí mismo, aparece el sueño
como posibilidad no de evasión sino de encuentro.
No para dormir, para despertar."
El sueño
Es esa dialéctica entre sueño y realidad,
entre imaginación y espacio onírico, entre
intencionalidad y pulsión del subconsciente lo
que va conduciendo a la coreógrafa mexicana,
nacida en Tamaulipas, a develar las, a veces terribles,
raíces psicoanalíticas de la sociedad
contemporánea. Y aun va más allá
al indagar por la vida espiritual y mítico-religiosa
del hombre de todos los tiempos.
Con esa premisa en mente, la estructura coreográfica
está planteada a partir de una idea de viaje
retrospectivo del hombre del presente, de "su aquí
y ahora", hacia un pasado remoto, lleno de incógnitas
y presentado como un recorrido a través de esa
otra realidad, aún desconocida, que es el sueño.
Un espacio vivencial donde se despliegan otros imperativos
de vida y se producen desenlaces imprevistos, que nos
recuerdan arquetípicos bíblicos, como
los del ya paradigmático José El Soñador.
El sueño es esbozado como un lugar indeterminado,
como un área de la mente humana donde se lleva
a cabo la síntesis de la memoria personal y colectiva,
y tienen lugar las pulsiones más primordiales:
amor, muerte, ira, temor, etcétera. El sueño
es planteado como cobijo del hombre, como recinto excluido
a la mirada de los otros; tiempo y espacio de la búsqueda
de lo eterno.
Los elementos conectados a la coreografía, tales
como la escenografía, la iluminación,
la música y el vestuario apuntan a sugerir una
atmósfera plena de simbolismo vinculado con los
hombres originarios y permanentes en sus búsquedas,
envueltos en un mar de emociones fundamentales. Una
música que procede de distintas latitudes del
globo, tiene como común denominador un tono monocorde,
minimalista por momentos, pero que es dominado por percusiones
que asemejan en su palpitación a aquellas del
corazón.
Un lienzo que simboliza tanto el sueño como
el mar que nos envuelve en narraciones míticas,
que nos hablan alegóricamente de las más
profundas inquietudes del hombre, de sus miedos más
recónditos, de los lados tanto luminosos como
más oscuros de la condición del hombre.
Podríamos decir que se trata de una coreografía
profundamente telúrica y, al mismo tiempo, profundamente
espiritual en su búsqueda. Esto queda de manifiesto
en la estructura coreográfica elegida que supone
un alto grado de dificultad y un gran esfuerzo dramático
para el bailarín, pues le exige elementos plásticos
corporales de gran precisión y complejidad. Al
mismo tiempo, supone la proyección dramática
de estados de conciencia alterados ligados al trance
de los chamanes de sociedades más primitivas.
Es decir, más primarias en sus emociones y ritos
religiosos. Este nivel de exigencia es lo que nos permite
ver la alta calidad que ha alcanzado el elenco de Contempodanza.
La danza propuesta por Cecilia Lugo explora elementos
mitológicos que nos hacen pensar, por momentos,
en figuras de los mitos de origen de distintas culturas,
como el mito de la caída del hombre; el de la
búsqueda prometeica por restablecer el orden
en el mundo de los hombres, mediante el plagio a los
dioses del fuego primario de la vida; el del uso de
la imaginación y el lenguaje, como elementos
liberadores y también portadores de la memoria
colectiva. Es un marchar lento a través del escenario,
como en una danza tradicional y a veces primitiva en
su energía.
El mar-lienzo utilizado en partes de la estructura
coreográfica, representación del sueño,
es ese refugio en el que nos envolvemos en los momentos
más álgidos de nuestra experiencia vital,
en un ritual de viaje por las profundidades y secretos
más herméticos de nuestro subconsciente.
Ese ritual es el que se representa en la puesta en escena
coreográfica mediante el uso de momentos de gran
tensión emotiva, en lo cuales los personajes
de la narrativa coreográfica se van envolviendo
en ese trozo de realidad onírica, oxímoron
necesario para describir esa dualidad entre realidad
fáctica y realidad onírica, que es esa
otra realidad de la que no se tiene suficiente conciencia.
El traslado en el escenario sugiere en todo momento
la presencia del "Otro", la conexión
humana, pero sin dejar de enfatizar la tensión
mental personal que entraña la introspección,
la experiencia del mundo y los sentimientos que esa
experiencia. Grupos de hombres que deambulan, que no
transitan ordenadamente, sino que se desplazan con gravedad
y dificultad; representación de multitudes que
se suman en su ansiedad, su temor y su compasión,
es decir, en la empatía que nos mueve a identificarnos
con el sentir del "Otro".
Un elemento que siempre está presente, pero
paradójicamente no es permanente, es el tiempo;
simbolizado en la arena que está en los zapatos
del personaje inicial de esta narración coreográfica,
quien despierto en un primer momento, va siendo narcotizado
por su ensoñación. Tiempo-arena que corre
desde el techo del recinto como lluvia que envuelve
a los hombres en el decurso de sus vidas y sus obras.
La idea va culminando a través de la fusión
de realidad y sueño, cuando el hombre es capaz
de estar despierto y soñar o de soñar
y vivir como si estuviera despierto, aunque en otra
forma de realidad. Esta fusión no es planteada
como confusión de los personajes coreográficos,
sino más bien como el ejercicio más activo
de la imaginación del hombre y de una apertura
hacia otras realidades, que no por intangibles son menos
experimentables.
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