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El tango: una polémica
La otra mirada
Por
Fabio Tiberi (Argentina) *
A raíz del artículo publicado
en el N° 41 de Danzahoy referido a las nuevas y las viejas
formas de ver y bailar el tango, el bailarín y profesor
Fabio Tiberi describió al baile actual. Coincidencias
y disidencias.
Es cierto que el tango que le mostramos al mundo está
perdiendo "mugre" y que está cada vez más
resuelto desde la forma y no desde el contenido.
Uno de los principios básicos que aprendí en
los comienzos fue que los torsos siempre deben estar "enfrentados"
es decir, uno mirando al otro. Esto, sumado al incomparable
abrazo del tango, le da a esta danza un carácter intimista,
y además de sensual, pasional, rozando los limites
del amor. No por nada se dice que cada tango que uno baila
es "un amor de tres minutos". Es una de las pocas
danzas, sino la única, que reúne dos condiciones
tan especiales: ser una danza de pareja con abrazo, pero de
movimientos libres, no coreografiados.
Si nos ponemos a pensar en lo que pasa más allá
de las milongas, más allá de los escenarios,
me refiero a lo que sucede con los seres humanos enamorados,
cotidianamente vamos a encontrar una cualidad que también
le pertenece a la danza del tango. Si observamos a una pareja
enamorada durante un breve instante, veremos que el disfrute
que experimentan no tiene necesidad de ser compartirlo con
nadie más, que en ese banco de plaza o en esa mesa
de café se termina el mundo y que los de afuera son
de palo. Distinto es el momento después, cuando cada
uno vuelve por su lado a su casa ahí sí es probable
que el sujeto sienta unas incontenibles ganas de gritar de
felicidad y de expresarle al mundo que está perdidamente
enamorado. Con el tango pasa algo parecido.
El breve instante de amor serían los breves tres minutos
que dura la canción, tiempo en el cual se experimenta
esa sensación de unidad entre dos cuerpos que en ese
mismo espacio y durante ese mismo tiempo llevan a cabo un
acto de entendimiento y de entrega, de escucha, de ofrecimiento
y de recepción, y en algunas ocasiones, tal vez privilegiadas,
hasta se lleva a cabo a través de los compases. Un
acto de amor en el que se siente en ese momento que la vida
del otro es tanto o más importante que la propia vida.
Entonces... ¿Dónde entra el público en
esto? Está claro... no entra. A no ser que, como mutuo
acuerdo, se decida hacer partícipe por un instante
a quienes admiran el amor y el entendimiento, a quienes también
tienen la sensibilidad suficiente para entender el amor sin
bailarlo. Es entonces cuando ese abrazo especial y unificador
da "algún" lugar para un tercero, pero sin
romper el lazo original de cuatro brazos, sin olvidar por
qué y para quién bailamos.
La forma y el salto
Resulta evidente que hoy en día las parejas están
demasiado interesadas en la forma, en el salto porque sí,
en el deporte y la acrobacia, casi diría en la obsesión
de la pirueta más veloz y el salto más elevado.
Desembocan en un tipo de "gymtango" donde los torsos
no se hablan, no se comunican, donde da lo mismo un Pugliese
que un Di Sarli o un Piazzola porque la música está,
decididamente, en segundo plano.
A pesar de esto, hay ciertos tipos de "piruetas"
o "figuras" que sí justifico, que si estuvieran
realizadas desde el contenido son totalmente válidas.
Por ejemplo un salto. Se puede ver esta figura como una simple
destreza acrobática (que generalmente se introduce
en una coreografía a partir de un efecto sonoro del
tema musical y en absoluto a partir de una necesidad de los
bailarines). O se puede ver como un momento de íntima
conexión entre los actuantes. Es bello cuando de la
comunicación "aquí y ahora" de quienes
bailan nace, espontáneamente, la decisión de
realizar un salto. Un salto que sería la concreción
de un continuo diálogo, como regalar una flor después
de una gran velada. Quiero decir, es grandioso cuando el hombre
ofrece un espacio a la mujer para que ella se eleve y se suspenda
en el aire y uno, poder admirarla desde la otra mitad, desde
el sostén y la entrega, poder contemplarla enteramente
en su gracia. Y luego la mujer toca el piso y se acerca a
su pareja para comprobar que a él también le
gustó.
Pero lamentablemente hoy, el salto muere por su forma, o
mejor dicho, muere por la incompetencia de ciertos bailarines
que optan por el resultado y desechan lo esencial: la búsqueda,
sin la cual no existe el arte.
En el punto en que discrepo con la autora del artículo
"Las muchachas de antes no usaban gomina" es en
que haya que representar lo que fue pasado (Si bien creo que
en el artículo no se habla exactamente de volver a
poner el pasado en escena, sí creo que se refiere a
él como lo que está bien). Volver a presentar
algo que ya quedó atrás lo siento como ponerse
una camisa de once varas, como querer comprar un zapato sin
saber cuánto calzas, o como poner un salto antes de
haber bailado el tema.
El texto dice: "Cómo hubieran hecho las mujeres
de los 50, con los prejuicios morales de la época,
para usar vestidos tan abiertos que les permitieran abrirse
de piernas en continuos "grand jetés", o
si los hombres las hubieran "revoleado" por los
aires como lo hacen las parejas de ahora". Antes se bailaba
de tal o cual manera, está bien. Antes se usaban largos
vestidos y las costumbres de la época eran otras, y
la moral era otra. Perfecto, no está en discusión.
Pero hoy en día vivimos inmersos en una cultura muy
diferente de la correspondiente con el nacimiento del tango.
Lo que sí coincide, y esto es un viejo mito, es que
los hombres nunca bailaron entre ellos por gusto o como mejor
elección. Sino que lo hacían sólo para
practicar mientras no tenían disponibles a las mujeres
(por el motivo que fuera, muchas veces por ser vista la danza
del tango como algo impuro y de condición baja). En
la actualidad sucede lo mismo, si asisto a una clase donde
faltan mujeres seguramente me pondré a practicar con
un varón hasta que aparezca alguna compañera.
Y la mujer haría lo mismo si faltaran hombres.
Esta alusión a lo antiguo está muy presente
en las exhibiciones de muchas parejas de tango. En vez de
bailar desde ellos, adoptan actitudes supuestamente "tangueras"
(sin una situación-convención teatral que las
enmarque) que a las claras se ve que no le son naturales.
Distinto sería si en una pieza teatral deben representar
al compadrito, o al guapo, o a la "mina" del cabaret.
Distinta sería la cuestión. Pero está
instalado en el ambiente milonguero que los varones ponen
cara de "tipos pesados" y las mujeres tienen prohibido
cualquier tipo de expresión facial.
Por eso me alegro tanto cuando veo que hay gente joven que
no se aferra a esa especie de folclore "tanguero",
y que se esfuerza por encontrar su propia mística.
En relación a ese "renacimiento tanguero"
del que interpreto, tal vez mal, habla la autora, pienso que
no hay que "tratar de recuperar aquel tango de los arrabales
de principio de siglo" sino que el desafío está
en investigar y descubrir cuál y cómo es el
tango de hoy, el tango que nos pertenece.
A simple vista me es fácil decir que no debe existir
"un solo tipo" de tango, está claro que no
es el mismo tango el que baila un sexagenario que un veinteañero,
lo que no sé si está tan claro, y debería
estarlo, es cuál es la esencia sobre la cual empezar
a trabajar. Seguro que no es la acrobacia ni la grandilocuencia
pero sí debería tener ese "sabor de lo
prohibido, y ese placer apasionado por el baile"
Creo que está en los milongueros (tal vez no es propio
llamarlos bailarines) y sólo en ellos encontrar la
respuesta adecuada y mantener siempre viva la verdadera llama
de esta hermosa danza.
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Gueler (USA)
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