La danza de hoy
¿Hacia dónde vamos? Parte II
Por Isis Wirth (Costa Rica)
 
 
Shen Wei, coreógrafo nacido en China, se apropia de la música de compositores occidentales y recupera la esencia de la danza de forma innovadora.
Foto: Bruce R. Freeley. Archivo.
 
 
 

Ante los permanentes transgresores y los creadores de la "no danza" surgen nuevos lenguajes que reivindican el género. La fusión entre las culturas orientales y occidentales parecen llevar el estandarte.

La rebelión contra el arte burgués por parte de las vanguardias es todavía más elitista –y menos consecuente– que el arte aristocrático anterior. Lo cual no deja de ser una paradoja. Este tema en sí, y sobre todo en lo que concierne a la danza, que es lo que nos ocupa, merecería otro espacio, otra ocasión.

Pero la danza, por su mismo carácter inclusivo –en tanto espectáculo que absorbe todo–, es frágil. Extremadamente frágil. De ahí, la crisis de identidad que sacude a la danza contemporánea.

Ah, confieso que ante esto, prefiero incluso la "quasi-danza", como llamé una vez a la danza-teatro.

¿Disolución de la danza?

Tanto las "performances" obscenas como la "no-danza" o la "no-representación" son los extremos. Pero hay otros muchos que no producen tal conmoción, sino que se deslizan en una mediocridad aún más peligrosa. Esa mediocridad que no llama tanto la atención, ni siquiera la de críticos avezados, a veces complacientes por temor a no parecer reaccionarios. Esa mediocridad, tampoco distrae el tiempo de aquellos críticos que sólo aprueban lo "clásico", es decir, el ballet y la coreografía neoclásica, como si aquí no se produjeran con frecuencia formidables entuertos. Sólo que estos últimos son a veces "entuertos-de-lenguaje", pues, para bien o para mal, existe un lenguaje, el clásico, el del ballet.

La danza contemporánea, desde que comenzó como "moderna" en los tiempos de Isadora Duncan, siempre se ha definido por oponerse al lenguaje clásico acaso no tanto por ser "clásico" sino por ser "lenguaje". (Con dos grandes, encomiables y logradas excepciones: Graham y Cunningham.) Se ha basado en estilos carismáticos personales que muchas veces mueren con sus creadores, o no ha logrado constituir un medio lingüístico capaz de luego sobrevivir, a su vez, a la falta de talento de quienes suelen utilizar los hallazgos formales de los genios. De ahí que las coreografías fallidas lo sean más en la danza que en el ballet.

En el último, siempre podrá rescatarse un paso, o una combinación de éstos, o la manera en que el intérprete brilla ejecutándolos. Que el ballet es sino un "arte interpretativo", por lo cual George Balanchine insistía mucho en la neutralidad interpretativa del bailarín, para afirmar al coreógrafo.

La danza –y el ballet que la siga– podría disolverse si continúa, narcisista y paradójicamente, contemplándose en el espejo de sus propios orígenes como género teatral, diferenciado, en la historia del arte de Occidente.

Recordemos que en el inicio renacentista, estaban naciendo géneros como la pintura, la escultura, la arquitectura –en la Edad Media se había tratado de artesanos anónimos– y una amalgama "espectacular" de lo que posteriormente serían: música, ópera, ballet, teatro. A esta fusión se incorpora –lo que acaso Wagner llamaría en su época "total"–, un importante soporte visual, proveniente de la eclosión de esos géneros plásticos, más tarde denominados "bellas artes".

El período barroco, y Luis XIV en el ballet (nombre único del género teatral de la danza en Occidente, hasta la aparición de Isadora Duncan), hicieron decantar separadamente a cada uno de estos géneros. Por alguna razón, que no tiene que apuntar como culpables a Diághilev –haciéndoles creer a todos que le gustaba el ballet, cuando era lo que menos le gustaba– o a Pina Bausch –esa exquisita artista–, la danza es cada vez más teatro o "quasi-danza", mal menor en comparación con la "no-danza" ya apuntaba. Esta calificación se refiere al género "per se", y no a lo que la danza es como arte escénico. En este caso, se sumarían la plástica, referida al soporte visual, o escenografía, luces y vestuario. No obstante, estos elementos poco tienen que ver con los que la danza contiene de plástico en sí misma. Y mejor no hablar de la incorporación de la literatura, o de todos esos coreógrafos que parecerían estar ofreciendo la teoría definitiva salvadora de la humanidad...solamente en las notas al programa que redactan. (Eso sí, a veces muy bellas y conmovedoras). Si, ironizaba Balanchine, no se puede decir en danza: "Esta mujer es la hermana de mi marido, mi cuñada", ¿cómo entonces expresar nuevas teorías filosóficas?

Curiosamente, en estos espectáculos actuales donde se dan la mano tan fraternalmente el teatro, la plástica, la literatura y la danza, de modo que la última es la más perjudicada –sobremanera, a largo plazo– porque es la más débil, es la música la que menos relevancia ostenta. Justo lo más importante para el movimiento. Que al menos Diághilev nos dejó a Georgi Prokofiev y a Igor Stravinsky.

La inseguridad de los coreógrafos en la identidad específica de la danza, ayuda, sin dudas, a que la decadencia se enseñoree. Sin embargo, tanto en Europa como en América, una vía novedosa, o la "salvación", apunta a aquellos creadores que poseen dos culturas al mismo tiempo: una, no occidental, proveniente de sus padres y abuelos –los tiempos son "fusionales"–; y la otra, occidental, del lugar donde se han educado.

Son los casos, por ejemplo, del japonés Saburo Teshigawara, que no es hijo o nieto de inmigrantes asentados en un país occidental, sino uno, como tantos entre sus compatriotas, hambriento por aprender de los otros. El resultado: la idea de que el tiempo no existe sino a través del movimiento, fundación de la danza occidental, sin duda, pero que Teshigawara presenta de una manera más clara al despojarla de cualquier virtuosismo, tan caro a "nosotros".

O del inglés de origen bengalí, Akram Khan, cuyo "kathak" –danza tradicional del norte de la India, con la que el flamenco de los gitanos españoles tiene varias similitudes– presentado según la usanza teatral contemporánea, es en sí mismo un mundo entre dos mundos.

O de Shen Wei, coreógrafo nacido en China que trabaja en Nueva York, quien se apropia de Stravinsky y otros compositores occidentales de una forma innovadora. O de Sidi Larbi Cherkaoui, belga de origen marroquí, quien acusa un "perfecto matrimonio Oriente-Occidente".

A notar que esa confusión espectacular a la que nos referíamos, donde las fronteras entre teatro, plástica, danza y literatura son duramente delimitadas, nos estaría devolviendo a los orígenes del género en la historia cultural de Occidente, sin contar, por supuesto, la lógica evolución de cada uno de tales lenguajes artísticos. ¿Cuestión de pertenencia? Porque quienes están renovando –y manteniendo– la danza del Oeste son esos coreógrafos biculturales del Oriente.

 
       
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