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Ante los permanentes transgresores y los creadores
de la "no danza" surgen nuevos lenguajes que reivindican
el género. La fusión entre las culturas orientales
y occidentales parecen llevar el estandarte.
La rebelión contra el arte burgués por parte
de las vanguardias es todavía más elitista y
menos consecuente que el arte aristocrático anterior.
Lo cual no deja de ser una paradoja. Este tema en sí,
y sobre todo en lo que concierne a la danza, que es lo que
nos ocupa, merecería otro espacio, otra ocasión.
Pero la danza, por su mismo carácter inclusivo en
tanto espectáculo que absorbe todo, es frágil.
Extremadamente frágil. De ahí, la crisis de
identidad que sacude a la danza contemporánea.
Ah, confieso que ante esto, prefiero incluso la "quasi-danza",
como llamé una vez a la danza-teatro.
¿Disolución de la danza?
Tanto las "performances" obscenas como la "no-danza"
o la "no-representación" son los extremos.
Pero hay otros muchos que no producen tal conmoción,
sino que se deslizan en una mediocridad aún más
peligrosa. Esa mediocridad que no llama tanto la atención,
ni siquiera la de críticos avezados, a veces complacientes
por temor a no parecer reaccionarios. Esa mediocridad, tampoco
distrae el tiempo de aquellos críticos que sólo
aprueban lo "clásico", es decir, el ballet
y la coreografía neoclásica, como si aquí
no se produjeran con frecuencia formidables entuertos. Sólo
que estos últimos son a veces "entuertos-de-lenguaje",
pues, para bien o para mal, existe un lenguaje, el clásico,
el del ballet.
La danza contemporánea, desde que comenzó como
"moderna" en los tiempos de Isadora Duncan, siempre
se ha definido por oponerse al lenguaje clásico acaso
no tanto por ser "clásico" sino por ser "lenguaje".
(Con dos grandes, encomiables y logradas excepciones: Graham
y Cunningham.) Se ha basado en estilos carismáticos
personales que muchas veces mueren con sus creadores, o no
ha logrado constituir un medio lingüístico capaz
de luego sobrevivir, a su vez, a la falta de talento de quienes
suelen utilizar los hallazgos formales de los genios. De ahí
que las coreografías fallidas lo sean más en
la danza que en el ballet.
En el último, siempre podrá rescatarse un paso,
o una combinación de éstos, o la manera en que
el intérprete brilla ejecutándolos. Que el ballet
es sino un "arte interpretativo", por lo cual George
Balanchine insistía mucho en la neutralidad interpretativa
del bailarín, para afirmar al coreógrafo.
La danza y el ballet que la siga podría
disolverse si continúa, narcisista y paradójicamente,
contemplándose en el espejo de sus propios orígenes
como género teatral, diferenciado, en la historia del
arte de Occidente.
Recordemos que en el inicio renacentista, estaban naciendo
géneros como la pintura, la escultura, la arquitectura
en la Edad Media se había tratado de artesanos
anónimos y una amalgama "espectacular"
de lo que posteriormente serían: música, ópera,
ballet, teatro. A esta fusión se incorpora lo
que acaso Wagner llamaría en su época "total",
un importante soporte visual, proveniente de la eclosión
de esos géneros plásticos, más tarde
denominados "bellas artes".
El período barroco, y Luis XIV en el ballet (nombre
único del género teatral de la danza en Occidente,
hasta la aparición de Isadora Duncan), hicieron decantar
separadamente a cada uno de estos géneros. Por alguna
razón, que no tiene que apuntar como culpables a Diághilev
haciéndoles creer a todos que le gustaba el ballet,
cuando era lo que menos le gustaba o a Pina Bausch esa
exquisita artista, la danza es cada vez más teatro
o "quasi-danza", mal menor en comparación
con la "no-danza" ya apuntaba. Esta calificación
se refiere al género "per se", y no a lo
que la danza es como arte escénico. En este caso, se
sumarían la plástica, referida al soporte visual,
o escenografía, luces y vestuario. No obstante, estos
elementos poco tienen que ver con los que la danza contiene
de plástico en sí misma. Y mejor no hablar de
la incorporación de la literatura, o de todos esos
coreógrafos que parecerían estar ofreciendo
la teoría definitiva salvadora de la humanidad...solamente
en las notas al programa que redactan. (Eso sí, a veces
muy bellas y conmovedoras). Si, ironizaba Balanchine, no se
puede decir en danza: "Esta mujer es la hermana de mi
marido, mi cuñada", ¿cómo entonces
expresar nuevas teorías filosóficas?
Curiosamente, en estos espectáculos actuales donde
se dan la mano tan fraternalmente el teatro, la plástica,
la literatura y la danza, de modo que la última es
la más perjudicada sobremanera, a largo plazo
porque es la más débil, es la música
la que menos relevancia ostenta. Justo lo más importante
para el movimiento. Que al menos Diághilev nos dejó
a Georgi Prokofiev y a Igor Stravinsky.
La inseguridad de los coreógrafos en la identidad
específica de la danza, ayuda, sin dudas, a que la
decadencia se enseñoree. Sin embargo, tanto en Europa
como en América, una vía novedosa, o la "salvación",
apunta a aquellos creadores que poseen dos culturas al mismo
tiempo: una, no occidental, proveniente de sus padres y abuelos
los tiempos son "fusionales"; y la otra,
occidental, del lugar donde se han educado.
Son los casos, por ejemplo, del japonés Saburo Teshigawara,
que no es hijo o nieto de inmigrantes asentados en un país
occidental, sino uno, como tantos entre sus compatriotas,
hambriento por aprender de los otros. El resultado: la idea
de que el tiempo no existe sino a través del movimiento,
fundación de la danza occidental, sin duda, pero que
Teshigawara presenta de una manera más clara al despojarla
de cualquier virtuosismo, tan caro a "nosotros".
O del inglés de origen bengalí, Akram Khan,
cuyo "kathak" danza tradicional del norte
de la India, con la que el flamenco de los gitanos españoles
tiene varias similitudes presentado según la
usanza teatral contemporánea, es en sí mismo
un mundo entre dos mundos.
O de Shen Wei, coreógrafo nacido en China que trabaja
en Nueva York, quien se apropia de Stravinsky y otros compositores
occidentales de una forma innovadora. O de Sidi Larbi Cherkaoui,
belga de origen marroquí, quien acusa un "perfecto
matrimonio Oriente-Occidente".
A notar que esa confusión espectacular a la que nos
referíamos, donde las fronteras entre teatro, plástica,
danza y literatura son duramente delimitadas, nos estaría
devolviendo a los orígenes del género en la
historia cultural de Occidente, sin contar, por supuesto,
la lógica evolución de cada uno de tales lenguajes
artísticos. ¿Cuestión de pertenencia?
Porque quienes están renovando y manteniendo
la danza del Oeste son esos coreógrafos biculturales
del Oriente.
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