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La danza de hoy
¿Hacia dónde
vamos? Parte I
Por
Isis Wirth (Costa Rica)
Los espectadores, víctimas humilladas
del nuevo "arte provocador". La responsabilidad
de promotores, funcionarios y periodistas que santifican lo
"novedoso". El coreógrafo Jan Fabre como
modelo de transgresión.
Un actor se masturba sobre la escena. En otro momento, orina
y dirige el miembro hacia el público. Al menos, cuatro
mujeres fueron salpicadas. Especificar el sexo entre los espectadores
sentados en primera fila que fueron "alcanzados",
no deja de tener importancia. Acentúa el "ultraje
al público", como expresó un gran periódico
francés. En otros medios, sin embargo, los adjetivos
"ultrajante", "blasfematorio" y "degradante"
valiente título de la crítica de René
Sirvin en Le Figaro no fueron utilizados para describir
esa obra... "de danza". Sólo bastó:
"provocador". ¿Cuestión partidista?
Sin duda.
Porque hay que tomar partido. En pro o en contra de tales
"obras danzarias". La neutralidad, en nombre del
"arte provocador" tan viejo, por otra parte,
desde los veinte del pasado siglo, con Dadá y compañía,
no es admisible.
La obra masturbatoria-urinatoria que motivó ese rechazo
en una parte de la prensa escrita francesa, luego de su estreno
el 24 de noviembre de 2004 en el Théâtre de la
Ville de Paris fue "The Crying body", El cuerpo
que grita, del coreógrafo belga Jan Fabre. En el reconocido
teatro de París el "templo de los contemporáneos"
una vez fue el Teatro Sarah Bernhardt, pero en tiempos de
la ocupación alemana, un teatro no podía ostentar
el nombre de una judía... Quién sabe si los
defensores de estas prácticas no invocan que justo
la intención de Fabre fue explicitar físicamente
en escena "los gritos del cuerpo". ¡Loado
sea el artista, para no decir bendito! De acuerdo, pero: ¿cuántos
entre los espectadores disfrutan realmente de recibir gotas
de esperma y orina de un ser desconocido, en una función
pública y representativa, en más de una acepción,
como es el asistir al teatro?
Si, en nombre del tan de moda "derecho a la diferencia",
la respuesta sería "algunos" ¿cuántos
entre los 1.000 que asisten a una sala?, ello no significa
que impongan su tiranía sobre el resto. Del mismo modo
que no se puede seguir aceptando la de facto tiranía
de "performers" como Fabre y semejantes en la escena
contemporánea. Que una cosa es la libertad individual
o, llamémosle en este caso, privacidad, o que
cada cual satisfaga sus inclinaciones escatológicas,
en el caso que existan, como mejor lo sienta y otra
el sentido que no por gusto se llama común.
Sobre todo si la escenificación de estas "performances"
es pagada por el estado, por medio de los impuestos de los
contribuyentes, esos que en su inmensa mayoría ay,
los pobrecillos, no son sofisticados, no comprenden el "arte
contemporáneo" son tan... normales.
La presencia del ministro de cultura francés, Renaud
Donnedieu de Vabres, en la primera función de "
The Crying body", no pasó inadvertida para los
periodistas y críticos que atacaron la obra. El ministro
asistió porque Jan Fabre ha sido asociado es
decir, recibe fondos al prestigioso Festival de Avignon
de 2005. El señor Donnedieu de Vabres se abstuvo de
aplaudir la obra.
Por supuesto, el problema no radica en el honorable señor
ministro, ya digno en su abstención de no aplaudir,
pues probablemente el primer sorprendido con las muestras
eyaculatorias fue él. El problema radica en que la
inmensa mayoría de los espectadores no abandonaran
la sala a partir de la primera muestra de fluido corporal.
¿Disfrutaban realmente? Quizá su pasividad conciliatoria
exprese esa tiranía: "Hay que entender el arte
contemporáneo..."
En su esnobismo, tales espectadores no son los principales
culpables más bien, las víctimas, humilladas
sino los promotores, funcionarios culturales, periodistas
y cierta parte de la crítica que ha venido santificando
a un arte escénico que para ellos es el único
aceptable en tanto "novedoso"; es decir, sólo
lo que es "nuevo" es "bueno".
Aun si "The Crying body" no constituye nada nuevo.
Porque estos vanguardistas trasnochados conocen bien ciertas
lecciones del posmodernismo, y sobre todo, la historia del
arte del siglo XX: de lo que se trata no es tanto de una opción
estética sino ideológica, de manera que han
erigido el arte transgresor en dogma único, embaucando
muchas veces al público timorato que no osa rebelarse
por aquello de que es mejor "parecer que... no ser moderno",
y a ingenuos funcionarios.
Hasta que una "coreografía" como "The
Crying body" acaso ha ido demasiado lejos. Pero no es
ni ha sido la única en este camino, naturalmente.
Camino en el que la transgresión no tiene que ser
necesariamente obscena y pervertida, sino que se manifiesta
en la ridiculización del espectador por otros medios,
como el no danzar cuando se ha asistido a ver danza. Estas
"boutades" son también viejas en al menos
80 años. Incluso, las ha habido más radicales
conceptualmente, como recordaba en The New York Times, Anna
Kisselgoff: en los años 60, el coreógrafo
le enviaba un telegrama comunicándole acerca del evento,
el acuse de recibo del telegrama constituía la función
de danza.
Reza un lugar común: "El primero que comparó
a una mujer con una rosa, fue un genio; el segundo, un imbécil".
Sólo que los que hoy son "segundos", no son
precisamente ni imbéciles ni ignorantes, sino que toman
al público como tal. Éste, ya es hora, tiene
que ser defendido.
A escasos días de haber subido a escena "The
Crying body", en el mismo Théâtre de la
Ville se presentó "No paraderan", o sea,
"Ellos no van a desfilar". "Ellos" son
los bailarines, los artistas. El "coreógrafo",
Marco Berrettini, fue fiel a su amenaza. Según la crítica
del cotidiano Le Monde: "Durante casi dos horas, se avanza
al borde del vacío, de la crisis de nervios, del chiste
malo, como si el coreógrafo no hubiese conservado de
la pieza sino las escenas malogradas, los gags de feria, en
breve, aquello que no se muestra (...) Berrettini trabaja
sobre la frustración, jugando con el deseo del espectador
de ver, al fin, un verdadero espectáculo, sin que jamás
esto se concrete".
Lo cierto es que ese tipo de "danza contemporánea"
no es fácilmente aceptada por el público. Cuando
éste tiene la posibilidad de decidir lo que desea ver
en las carteleras de los teatros sobre todo en las ciudades
donde las subvenciones a la cultura no provienen completamente
del estado, si no que los impuestos de los ciudadanos tienen
en esta subvención una participación más
clara, menos centralizada, y cuando los políticos
en el poder se cansan de la hipocresía circundante,
entonces retiran a esos artistas de la escena, que lo que
han estado haciendo, en definitiva, es tomarles el pelo.
Realmente, los espectadores no pueden digerir esas "proposiciones"
que cuestionan la representación, como en "No
paraderan" o en otras de la "no-danza" y sus
" no-bailarines". Sí, ya así se llaman.
Se puede comprender a los espectadores. Por su mismo nombre:
van a ver un espectáculo, ¡y éste se les
niega! Claro, todos lo sabemos: fue en razón de definirse
contra esta concepción burguesa del arte en cuanto
los "burgueses" deciden lo que quieren ver y consumir
como arte, porque lo compran, en contraposición al
período anterior, donde la nobleza y los reyes eran
los mecenas, en nombre de la cual surgieron las vanguardias,
que hoy continúan reciclándose.
Continúa en el próximo número Danzahoy
en español.
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