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Reflexiones sobre la danza
Placer y necesidad
Por Mario E. Ceretti (Argentina)
 
 
A través de la danza el hombre expresa sus emociones, sus esperanzas y también su comunicación con los dioses.
Foto: Bonnie Kamin. Ballet Thiossane Africa Senegalese Dance Company. Gentileza de World Arst West.
 
 
 

En estos tiempos de globalización, de supresión de fronteras culturales, de descubrimientos técnicos, la danza es, más que nunca, lo que fue desde tiempos inmemoriales: la expresión de los sueños, los deseos y las realidades del ser humano.

¿Por qué en las favelas de Río de Janeiro los niños de dos y tres años ya mueven sus piecitos con una adhesión total y perfecta al ritmo de los tamboriles? ¿Por qué las manitas de los gitanitos vuelan como graciosas palomas al compás de las guitarras en Andalucía? ¿Por qué en las tribus primitivas se festeja la cosecha o se celebra la pubertad danzando? ¿Por qué en las pinturas rupestres, en las antiquísimas galerías subterráneas de las tumbas de los faraones, en los frescos del antiguo México y en los pisos de diminutos mosaicos de las villas pompeyanas, se reiteran las imágenes de hombres y mujeres dedicados a la danza?

La respuesta es obvia: la danza es inherente a la naturaleza humana, le sirve para expresar sus emociones, sus alegrías, sus pesares, sus esperanzas y también su comunicación con los dioses, hasta vinculándose con la magia. Y como todo fenómeno humano, posee tantos matices como estados de ánimo tiene el hombre, como pueblos diferentes habitan el planeta, como tradiciones tienen las múltiples sociedades en los cinco continentes.

Como todo arte, entonces, la danza posee tantos enfoques, tantas escuelas, tantos estilos, tantas variaciones como multifacética y heterogénea puede ser la raza humana. Pero es siempre, vital y fundamentalmente, danza.

En el universo en que vivimos, el progreso en los medios de transporte y de comunicación ha hecho que las fronteras culturales tiendan a esfumarse.

Es así como nos es dado asistir a un espectáculo de danza butoh en América, cuando su origen japonés –aunque singularmente mezclado con el expresionismo alemán– permitiría suponer que nos es ajena una civilización tan distante de la occidental y cristiana. Los espectáculos de tango adquieren ciudadanía internacional y se muestran en los escenarios de todo el mundo, desde el pionero "Tango argentino" hasta la actual tournée universal de "Tanguera".

Los bailarines flamencos transitan todas las latitudes, de modo tal que una danza nacida en tan sólo una región de España se convierte en patrimonio del mundo y los nombres de Joaquín Cortés, Eva Yerbabuena y sus iguales resuenan en todas partes con más fuerza todavía que aquellos ya míticos de Carmen Amaya o La Argentina o el recientemente desaparecido Antonio Gades.

Las compañías folklóricas árabes, caucásicas, polinésicas, africanas realizan giras que contribuyen a difundir su cultura, su música y hasta su historia y su estilo de vida.

El cine y la televisión han contribuido poderosamente a esa unión sin fronteras, a ese fenómeno aglutinante que es hoy la danza. En la historia de la cultura occidental, el film "Las zapatillas rojas" (The Red Shoes), de 1948, marcó para siempre la impronta de la danza en el gran público e hizo del ballet la respuesta convincente al ansia de belleza plástica que tal vez monopolizaban la pintura y la escultura. Se hicieron conocidos los nombres de sus intérpretes: Moira Shearer, Robert Helpmann, Leonide Massine, Ludmilla Tcherina...

¿Y qué decir de "Un americano en París", de 1951, con un impagable Gene Kelly y la dulce Leslie Caron, arrebatada al ballet clásico francés, en un dúo inolvidable al compás de la música de Gershwin? El mismo Gene Kelly de la perdurable "Cantando bajo la lluvia" (Singing in the Rain) sin duda alguna la mejor película musical de todas las épocas, con su admirable, creativo solo del paraguas.

Y, ya cerca en el tiempo, versiones de comedias musicales que se convirtieron en películas memorables, como "Cabaret" o la novísima "Chicago". O películas-espectáculo como "Sevillanas" de Carlos Saura. Sin dejar de mencionar aquellas ya míticas en que se lucía la destreza y elegancia del máximo bailarín de tap, Fred Astaire.

La danza ha ido acumulando méritos, ha ido aumentando sus cultores y sus admiradores. No es de extrañar que, en todo el mundo occidental, hayan proliferado las escuelas y academias de danzas. Y no se trata únicamente de las instituciones donde se conserva el fervor por la danza clásica y las zapatillas de punta. En América latina hay academias donde se enseñan danzas árabes y en Noruega hay academias donde se enseña tango. Y no se trata únicamente de bailar para después lucirse en un escenario. Se baila porque la danza es una necesidad intrínseca, una forma de manifestar alegría o tristeza, porque bailando uno se siente vivo, porque maneja su cuerpo y lo hace hablar. Si, por añadidura, esa necesidad que es también placer, se comparte desde un escenario con un público, la necesidad se satisface plenamente y el placer se multiplica.

Entre mis recuerdos de balletómano, tengo siempre presente la puja que existía entre los asistentes a los espectáculos del Teatro Colón de Buenos Aires que dividían su admiración fanática entre Olga Ferri, Esmeralda Agoglia y Norma Fontenla. Y también la mirada compasiva que dedicábamos a quienes, atraídos por la presencia de estrellas como Rudolf Nureyev o Maia Plissestkaia o Vladimir Vassiliev, aplaudían como locos ante una impecable sucesión de pirouettes o de grands-jetées, a destiempo, como si acabaran de ver una proeza circense. Años después, en Nueva York, me tocó asistir a la misma experiencia en ocasión de la presentación en el Lincoln Center del Ballet Bolshoi en un "Lago de cisnes" algo desparejo, pero que entusiasmó tanto a los asistentes, que prorrumpieron en sonoros aplausos, por ejemplo, a la entrada de los cisnes del cuerpo de baile, a pesar de los chistidos de algún habitué o de las miradas airadas de alguna dama de las filas próximas.

Entonces comprendí que esa expansión –extemporánea para quienes concurrían regularmente a ver ballet– era en realidad manifestación de una emocionada alegría, de una sincera admiración. A su manera, tanto los aplaudidores despistados de Buenos Aires y de Nueva York "participaban" de ese rito milenario que es la danza.

Cuando, en la década del ’60, Maurice Béjart desplegaba sus numerosas huestes danzantes en el Palais des Sports de París, acercaba a toda una clase social y cultural hasta entonces tal vez indiferente, a la "participación" en una ceremonia distinta, en la que se rendía culto a la belleza del movimiento y a la profundidad del pensamiento acicateado por lo que se veía en el escenario. Lo mismo ocurrió cuando, años más tarde, exhibió sus espectáculos en otro estadio deportivo, el Luna Park de la capital argentina que, con el tiempo, albergó multitudes atraídas por estrellas locales de la danza como Julio Bocca.

He visto espectáculos de danza en México –del maravilloso Ballet Folklórico Mexicano–, en Chile, en Inglaterra, en Singapur, en Japón, en Dinamarca, en Hawaii, en Brasil, en Egipto, en Grecia, en Austria, en Holanda, en tantos lugares... en teatros bellísimos como la Opera de París, el Covent Garden de Londres, el Kirov de San Petersburgo (un "Espartaco" que hubiera hecho las delicias de los públicos no muy duchos en ballet, por la exigencia de la intrincada coreografía) o en reductos de escasas dimensiones que guardaban más de una agradable sorpresa, obra de esas compañías de danza contemporánea, pequeñas y creativas, hechas a pulmón, generalmente con bailarines y coreógrafos jóvenes o de espíritu innovador , que son capaces hasta de hurgar en el subconsciente y sacar a relucir en movimientos, sin necesidad de palabras, estados de ánimos tan dispares como la angustia, el miedo o el éxtasis amoroso.

Siempre me gustó bailar, lo sentí siempre como una gratificante manifestación exterior de lo que pasaba en mi interior. También sé, como espectador, que la danza me provoca un enorme bienestar, que me abre el espíritu, que me deleita la vista y me acelera como campanitas el corazón. Soy uno de los cada vez más numerosos cultores de la danza, venga de donde viniere, con una única condición: que lo que me brindan tenga la entrega, la dignidad, la honestidad y la altura que todo arte se merece.

 

Mario E. Ceretti

Profesor de idiomas y abogado, se inició en periodismo en l963, en la Editorial Abril, donde permaneció algo más de veinte años, ocupando cargos jerárquicos como director de la revista "Claudia", Secretario de Redacción de "Panorama" y Director de Servicios Exteriores. Fue después secretario de Artes y Espectáculos del diario "La Razón", dirigido entonces por Jacobo Timmerman, y editor de "Eva", revista del grupo García Ferré. Condujo programas de radio y televisión dedicados al espectáculo y se desempeñó como crítico de cine y teatro. Dramaturgo, su obra "Analí y flia" o "Familia especial", fue galardonada como mejor obra de humor con la Estrella de Mar esta última temporada en Mar del Plata.

 
       
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