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En estos tiempos de globalización,
de supresión de fronteras culturales, de descubrimientos
técnicos, la danza es, más que nunca, lo que
fue desde tiempos inmemoriales: la expresión de los
sueños, los deseos y las realidades del ser humano.
¿Por qué en las favelas de Río de Janeiro
los niños de dos y tres años ya mueven sus piecitos
con una adhesión total y perfecta al ritmo de los tamboriles?
¿Por qué las manitas de los gitanitos vuelan
como graciosas palomas al compás de las guitarras en
Andalucía? ¿Por qué en las tribus primitivas
se festeja la cosecha o se celebra la pubertad danzando? ¿Por
qué en las pinturas rupestres, en las antiquísimas
galerías subterráneas de las tumbas de los faraones,
en los frescos del antiguo México y en los pisos de
diminutos mosaicos de las villas pompeyanas, se reiteran las
imágenes de hombres y mujeres dedicados a la danza?
La respuesta es obvia: la danza es inherente a la naturaleza
humana, le sirve para expresar sus emociones, sus alegrías,
sus pesares, sus esperanzas y también su comunicación
con los dioses, hasta vinculándose con la magia. Y
como todo fenómeno humano, posee tantos matices como
estados de ánimo tiene el hombre, como pueblos diferentes
habitan el planeta, como tradiciones tienen las múltiples
sociedades en los cinco continentes.
Como todo arte, entonces, la danza posee tantos enfoques,
tantas escuelas, tantos estilos, tantas variaciones como multifacética
y heterogénea puede ser la raza humana. Pero es siempre,
vital y fundamentalmente, danza.
En el universo en que vivimos, el progreso en los medios
de transporte y de comunicación ha hecho que las fronteras
culturales tiendan a esfumarse.
Es así como nos es dado asistir a un espectáculo
de danza butoh en América, cuando su origen japonés
aunque singularmente mezclado con el expresionismo alemán
permitiría suponer que nos es ajena una civilización
tan distante de la occidental y cristiana. Los espectáculos
de tango adquieren ciudadanía internacional y se muestran
en los escenarios de todo el mundo, desde el pionero "Tango
argentino" hasta la actual tournée universal de
"Tanguera".
Los bailarines flamencos transitan todas las latitudes, de
modo tal que una danza nacida en tan sólo una región
de España se convierte en patrimonio del mundo y los
nombres de Joaquín Cortés, Eva Yerbabuena y
sus iguales resuenan en todas partes con más fuerza
todavía que aquellos ya míticos de Carmen Amaya
o La Argentina o el recientemente desaparecido Antonio Gades.
Las compañías folklóricas árabes,
caucásicas, polinésicas, africanas realizan
giras que contribuyen a difundir su cultura, su música
y hasta su historia y su estilo de vida.
El cine y la televisión han contribuido poderosamente
a esa unión sin fronteras, a ese fenómeno aglutinante
que es hoy la danza. En la historia de la cultura occidental,
el film "Las zapatillas rojas" (The Red Shoes),
de 1948, marcó para siempre la impronta de la danza
en el gran público e hizo del ballet la respuesta convincente
al ansia de belleza plástica que tal vez monopolizaban
la pintura y la escultura. Se hicieron conocidos los nombres
de sus intérpretes: Moira Shearer, Robert Helpmann,
Leonide Massine, Ludmilla Tcherina...
¿Y qué decir de "Un americano en París",
de 1951, con un impagable Gene Kelly y la dulce Leslie Caron,
arrebatada al ballet clásico francés, en un
dúo inolvidable al compás de la música
de Gershwin? El mismo Gene Kelly de la perdurable "Cantando
bajo la lluvia" (Singing in the Rain) sin duda alguna
la mejor película musical de todas las épocas,
con su admirable, creativo solo del paraguas.
Y, ya cerca en el tiempo, versiones de comedias musicales
que se convirtieron en películas memorables, como "Cabaret"
o la novísima "Chicago". O películas-espectáculo
como "Sevillanas" de Carlos Saura. Sin dejar de
mencionar aquellas ya míticas en que se lucía
la destreza y elegancia del máximo bailarín
de tap, Fred Astaire.
La danza ha ido acumulando méritos, ha ido aumentando
sus cultores y sus admiradores. No es de extrañar que,
en todo el mundo occidental, hayan proliferado las escuelas
y academias de danzas. Y no se trata únicamente de
las instituciones donde se conserva el fervor por la danza
clásica y las zapatillas de punta. En América
latina hay academias donde se enseñan danzas árabes
y en Noruega hay academias donde se enseña tango. Y
no se trata únicamente de bailar para después
lucirse en un escenario. Se baila porque la danza es una necesidad
intrínseca, una forma de manifestar alegría
o tristeza, porque bailando uno se siente vivo, porque maneja
su cuerpo y lo hace hablar. Si, por añadidura, esa
necesidad que es también placer, se comparte desde
un escenario con un público, la necesidad se satisface
plenamente y el placer se multiplica.
Entre mis recuerdos de balletómano, tengo siempre
presente la puja que existía entre los asistentes a
los espectáculos del Teatro Colón de Buenos
Aires que dividían su admiración fanática
entre Olga Ferri, Esmeralda Agoglia y Norma Fontenla. Y también
la mirada compasiva que dedicábamos a quienes, atraídos
por la presencia de estrellas como Rudolf Nureyev o Maia Plissestkaia
o Vladimir Vassiliev, aplaudían como locos ante una
impecable sucesión de pirouettes o de grands-jetées,
a destiempo, como si acabaran de ver una proeza circense.
Años después, en Nueva York, me tocó
asistir a la misma experiencia en ocasión de la presentación
en el Lincoln Center del Ballet Bolshoi en un "Lago de
cisnes" algo desparejo, pero que entusiasmó tanto
a los asistentes, que prorrumpieron en sonoros aplausos, por
ejemplo, a la entrada de los cisnes del cuerpo de baile, a
pesar de los chistidos de algún habitué o de
las miradas airadas de alguna dama de las filas próximas.
Entonces comprendí que esa expansión extemporánea
para quienes concurrían regularmente a ver ballet
era en realidad manifestación de una emocionada alegría,
de una sincera admiración. A su manera, tanto los aplaudidores
despistados de Buenos Aires y de Nueva York "participaban"
de ese rito milenario que es la danza.
Cuando, en la década del 60, Maurice Béjart
desplegaba sus numerosas huestes danzantes en el Palais des
Sports de París, acercaba a toda una clase social y
cultural hasta entonces tal vez indiferente, a la "participación"
en una ceremonia distinta, en la que se rendía culto
a la belleza del movimiento y a la profundidad del pensamiento
acicateado por lo que se veía en el escenario. Lo mismo
ocurrió cuando, años más tarde, exhibió
sus espectáculos en otro estadio deportivo, el Luna
Park de la capital argentina que, con el tiempo, albergó
multitudes atraídas por estrellas locales de la danza
como Julio Bocca.
He visto espectáculos de danza en México del
maravilloso Ballet Folklórico Mexicano, en Chile,
en Inglaterra, en Singapur, en Japón, en Dinamarca,
en Hawaii, en Brasil, en Egipto, en Grecia, en Austria, en
Holanda, en tantos lugares... en teatros bellísimos
como la Opera de París, el Covent Garden de Londres,
el Kirov de San Petersburgo (un "Espartaco" que
hubiera hecho las delicias de los públicos no muy duchos
en ballet, por la exigencia de la intrincada coreografía)
o en reductos de escasas dimensiones que guardaban más
de una agradable sorpresa, obra de esas compañías
de danza contemporánea, pequeñas y creativas,
hechas a pulmón, generalmente con bailarines y coreógrafos
jóvenes o de espíritu innovador , que son capaces
hasta de hurgar en el subconsciente y sacar a relucir en movimientos,
sin necesidad de palabras, estados de ánimos tan dispares
como la angustia, el miedo o el éxtasis amoroso.
Siempre me gustó bailar, lo sentí siempre como
una gratificante manifestación exterior de lo que pasaba
en mi interior. También sé, como espectador,
que la danza me provoca un enorme bienestar, que me abre el
espíritu, que me deleita la vista y me acelera como
campanitas el corazón. Soy uno de los cada vez más
numerosos cultores de la danza, venga de donde viniere, con
una única condición: que lo que me brindan tenga
la entrega, la dignidad, la honestidad y la altura que todo
arte se merece.
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