Reflexiones sobre "Le roi danse"
El rey bailarín
Por Isis Wirth (Costa Rica) *
 
 
"Le roi danse" es la supuesta historia de la relación entre Luis XIV y Jean-Baptiste Lully, quien hizo su carrera al servicio del Rey Sol.
Fotos: Artifilm
 
 
 

Estrenada en Francia en 2000, el film describe el origen del ballet clásico. Su nacimiento y profesionalización se deben a Luis XIV, quien con el primer decreto oficial fundó la Academia Real de la Danza.

Aun si en el momento de su estreno en 2000, vimos ("ballet obliga") el film, fue muy estimulante volverlo a ver recientemente en Costa Rica, amén de que debe haberse proyectado con anterioridad en los Estados Unidos de América, así como en Colombia. Se trata de una co-producción franco-belga, dirección de Gérard Corbiau, a quien le debemos el célebre "Farinelli, il castrato", y el menos célebre (su primer film), pero también excelente, "Le Maître de musique" (El maestro de música), con José Van Dam. A partir de "Farinelli…", Corbiau ha retomado y mantenido, como lo demuestra (El rey baila), la llama encendida por "Amadeus" de Milos Forman: o sea, un film donde la música toma el protagonismo, enriquecida por soberbias reconstrucciones de escenarios teatrales de la época, al mismo tiempo que se instruye al gran público (un producto "mid-cult") acerca de un determinado período de la historia de las artes escénicas en Occidente.

"Le roi danse" no es sino (la supuesta) historia de la relación entre Luis XIV y Jean-Baptiste Lully, llamado originalmente Giambattista Lulli, un músico florentino que hizo su carrera al servicio del Rey Sol. Lully sirvió tanto a Luis XIV como él se hizo servir del rey.

Para el film, Corbiau se inspiró libremente en Lully o el músico del Sol, un libro del musicólogo francés Philippe Beaussant, quien por cierto es el autor del libro sobre "Farinelli" en el que a su vez se basó la cinta sobre el cantante castrado de Corbiau. Beaussant es un apreciado especialista del período barroco.

Lo que esta película pone en el tapete para el "gran público" es que el ballet le debe su nacimiento y profesionalización a Luis XIV, quien fundó en 1661 la Academia Real de la Danza, el primer decreto oficial de su reinado (tal y como el film se complace en subrayar), si se quiere acaso todavía hoy vigente bajo la forma del Ballet Nacional de la Ópera de París, institución ésta última a la cual ni siquiera la Revolución Francesa pudo abolir. Esto es verdad archiconocida en el mundo del ballet (uno tiene que saber quiénes son sus padres, ¿no?), pero que por medio del film se le haga saber a ese "gran público" que no estaba obligado a saberlo, nos parece digno de señalar. Ahora bien, lo que muchos historiadores del ballet suelen olvidar es que Luis XIV, por sí mismo y no como rey ni siquiera como padre de este género, fue uno de los más grandes bailarines de su época. El film de Corbiau nos recuerda esto espléndidamente a todos.

¿Quién era Luis XIV, aparte de ser el monarca absolutista que los libros de historia consignan? Al menos este film nos avisa de la parte artística de su personalidad (ay, "esa perfección idiota que él quiere alcanzar en todo lo que hace", se burla de él Moliére en conversación privada con Lully), impronta estética que marcó su siglo, el XVII, como el francés por excelencia, el "grand siécle": para los galos, su "gran siglo".

Si Luis no baila, lo demás no tiene importancia para él, como se nos muestra cuando pierde interés por Lully y su música porque ya "los años le han caído encima", no "saca" los pasos y entonces debe retirarse de la escena.

Lo interesante aquí es el contrapunto que se nos ofrece entre la visión del estadista-esteta y la propia personalidad egocéntrica del artista. Bailar era lo mejor que podía hacer Luis cuándo aún no había demostrado que sabía gobernar ("¿Qué sabes tú del estado? Tú lo único que sabes es bailar ballet", le increpa la reina madre, Ana de Austria), y fue un instrumento que le permitió a Luis afinar su poder. Es como si Luis hubiese sido, en ese tiempo que fue suyo, y en ese género, el ballet, al que le otorgó cartas de ciudadanía, el "padre" y el "espíritu santo" a la vez. Quizá sea acaso debido a que él acapara las dos primeras figuras en esta trinidad balletística, que sus hijos parecerían expandirse mejor en ambientes no necesariamente democráticos. O sea, que la pareja ballet clásico-democracia diríase que no congenia mucho, con algunas notables excepciones. Pero esto es otro tema, valga aquí tan sólo el apuntarlo debido a que la cinta de Corbiau nos lo ha evocado.

Es que hay que entender que Luis era un bailarín que pasó a disponer de todo el poder. Esto explica acaso su prioridad por el ballet como estadista, y no por otras disciplinas, también importantes, como la arquitectura, la música, o incluso las ciencias. Como si primero estuvo Luis, el bailarín, narcisista, en definitiva, y con él vino el Luis estadista.

Porque, por medio del ballet, donde él más brillaba, quiso proyectar la imagen simbólica de su poderío. Había pues que crear una estructura para que el "Grand Ballet" se comportase como es debido, esto es, con Luis en el centro. El ballet es como el estado y viceversa, quería decir Luis.

La danza en el film estuvo a cargo de la compañía francesa barroca "Fêtes galantes" de Beatrice Massin, alumna de la fallecida Francine Lancelot, la creadora de "Ris et danseries", trouppe que marcó una época hace algunas décadas. De modo que ahí tenemos los "pliés" ya bien definidos, los "tour en l'air" todavía simples, pasos que evidencian ser los antecesores de los "ballotés" actuales, desplazamientos no complicados pero aderezados de saltos, incipientes "entrechats", y, claro está, todo en "endehors", y eso sí, muchas primera y segunda posiciones.

"El ballet sirve a la política y a Dios", nos informa Luis XIV en el film. Obviemos esto por el momento, para adorar a este rey bailarín, casi tan resplandeciente como el sol del cual el Luis histórico quiso ser epítome.

 
   

* Isis Wirth

Nació en La Habana, Cuba, aunque su segunda patria es Suiza. Ha vivido en el Medio Oriente, Ucrania, Costa Rica, y en París. Estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana, pero desde niña se relacionó con el mundo de la danza. Comenzó a escribir sobre ballet y a ejercer la crítica de danza a los 17 años. Durante diez años, trabajó como escritora de danza en el Ballet Nacional de Cuba, bajo la dirección de Alicia Alonso. En cada lugar donde ha residido, Isis se ha ocupado de la crítica de danza para las publicaciones locales, con la excepción del Medio Oriente, aunque aquí ofreció un curso de Historia y Apreciación del Ballet en el Instituto Superior de Artes de Damasco, Siria, en lo que fue la primera experiencia de este tipo en toda la región. Ha sido colaboradora del diario ABC en España, y también contribuye con varias publicaciones especializadas en Latinoamérica y Europa.

 

Ficha técnica de la película

"Le roi danse" (2000), Francia-Bélgica

  • Dirección: Gérard Corbiau
  • Principales intérpretes:
    Benoît Magimel (Luis XIV)
    Boris Terral (Lully)
    Tchéky Karyo (Moliére)
  • Coreografía: Beatrice Massin.
  • Interpretación musical: Música Antiqua Köln/ Reinhard Goebel.
 
 
Luis XIV, el Rey Sol, establece un contrapunto entre la visión del estadista-esteta y la propia personalidad egocéntrica del artista.
 
 
 
 

Segundas Jornadas de Reflexión y Análisis
Coreógrafos en combate (Parte II)
Por Patricia Aulestia (México)

Segunda parte del tema iniciado en el número anterior sobre el Neoliberalismo y su relación con las Políticas culturales en México. Danzahoy transcribe las conclusiones de la moderadora Patricia Cardona.

Durante las Jornadas re Reflexión y Análisis realizadas en México, el tema crucial estuvo centrado en el papel del neoliberalismo y su influencia en las políticas culturales de cada una de las regiones. Diferentes y diversas fueron las ponencias que llegaron de diferentes panelistas. La directora del CENIDI Danza José Limón elaboró las conclusiones finales de este encuentro que sirve para sentar bases de las nuevas acciones que los artistas deberán asumir en pos de un cambio en defensa del arte y la cultura.

Resumen de la mesa: Neoliberalismo y Políticas Culturales

Moderó: Patricia Cardona

Somos un país globalizado, sí, pero no para compartir los privilegios económicos del neoliberalismo sino para vivir como deudores, "migrantes", productores culturales de telenovelas y consumidores de Nike, Benetton, Sony, Hitachi y demás.

Después de pagar la deuda externa, el rescate bancario y carretero, al gobierno le queda aproximadamente un ocho por ciento de lo que genera para operar todos los sectores. Si tres cuartas partes de ese ocho por ciento se destina a pago de nóminas y renta de edificios, ¿cuánto alcanza para vivir, crecer, progresar, estimular, impulsar, apoyar? Un dos por ciento. ¿Cuánto le llega a la cultura de ese dos por ciento? Tomemos en cuenta que la cultura consiste en patrimonio histórico tangible (monumentos, museos, edificios) y el patrimonio histórico intangible, como es el espectáculo escénico efímero.

Este año, el presupuesto para operar centros de investigación y escuelas también se convirtió en intangible. Y no es broma. Es sólo la referencia para responder a la pregunta arriba planteada y muestra de uno de los objetivos del neoliberalismo: adelgazar el Estado hasta la agonía, quitarlo del camino para eliminar los obstáculos que impiden el libre desplazamiento de los mercados transnacionales.

Las políticas neoliberales dan al traste con la cultura local individual y grupal, más no con la industria transnacional cultural de telenovelas, discos y libros. Frente a esto sólo nos queda construir una ética, una fortaleza, un discurso que nos proteja de ser arrasados como por un huracán.

Se dijo que debemos defender el territorio de la danza como quien defiende el territorio de una nación. Que el vacío del discurso de los funcionarios y políticos de pronto se toma demasiado en serio, cuando más bien le corresponde al artista, como parte de una colectividad organizada, ser quien define las políticas culturales. Son los coreógrafos y bailarines los que deben diseñar los proyectos de las instituciones y que éstas las echen a andar. Su misión es prestar un servicio público.

Se dijo que debemos participar como ciudadanos en este sentido. Si eso quiere decir "ciudadanización de la cultura", qué bueno, tomémosle la palabra a Sari Bermúdez. Si no, apliquémosle otro sentido a ese término tan ambiguo, a partir de lo que aquí se subrayó en el sentido de que al bailarín también le corresponde combatir su propia ambigüedad, definir sus criterios estéticos y éticos para hacerse escuchar con mayor claridad y no caer en la trampa de los parámetros estéticos establecidos por la mercantilización actual de las instituciones públicas.

En este sentido es preciso defender la voz individual para incluso garantizar una mejor programación en los teatros y temporadas. Al darle forma a una identidad, se acaba la homogeneización y es más fácil saber quién es quién en la danza mexicana. Así, no es el mercado ni las modas los que determinan las programaciones, sino la calidad, la integridad y el profesionalismo del coreógrafo.

¿Hay políticas culturales en México? Se dijo que hay acciones aisladas: becas, apoyos, temporadas, festivales, pero no una estructura congruente que de principio a fin protege a los artistas. Estamos hablando de una política que contempla desde la educación artística, el fomento a la creación, a la investigación, que define estrategias de producción, de distribución, circulación, que reúne fondos para el empleo o contratación de grupos, que genera redes nacionales e internacionales, que tiene fondos para gastos de viajes, criterios claros de evaluación para la programación de los espacios escénicos, que ofrece asesoría legal a los artistas, que se preocupa por la formación de públicos desde las escuelas primarias y secundarias, todo esto construido como una estructura compacta y sólida
¿Qué papel juegan las instituciones hoy?

El mundo institucional, desarticulado y agónico, sin posibilidad de ser un interlocutor eficaz frente a los artistas, jerarquiza y hace competir a los grupos. No incluye a todas las voces por igual pero tampoco programa con claridad de criterios los pocos espacios escénicos. El bailarín egresa de las escuelas de danza y se encuentra con un mundo de competencia donde ya no hay grupos estables con proyecto y filosofía propios (son contados con los dedos de una mano), sino reuniones temporales de profesionales en torno a un proyecto efímero. La ética del bailarín, en este contexto, se reduce a su compromiso con el oficio. Es lo que vende y es lo que prestigia.

La estructura institucional fragmenta y banaliza las razones para hacer coreografía. Y gracias al deterioro de las condiciones económicas, genera la dependencia de los bailarines que sobrevaloran la voz de los funcionarios, jurados, programadores, vaciando de significado a la propia creación "dancística". El objetivo es verse favorecidos con becas, premios, apoyos, programaciones y participación en festivales, alineándose con los criterios de la institución, que a su vez ha entrado en el juego de la mercantilización de los lenguajes, de los criterios económicos como factor de evaluación y selección.

El disfrute del arte y de la cultura es un derecho humano, lo que explica por tanto tiempo el mecenazgo del Estado, con políticas emanadas de las instituciones culturales. Con la entrada de la iniciativa privada se le puso un precio de mercado a lo que antes no lo tenía. Y se pidió que la cultura fuera redituable bajo el lema: "Quien quiera cultura, que lo pague". Hoy día la producción cultural local de muchas regiones se pretende fundir con la Secretaría de Turismo para competir con el mercado internacional. Se generan inmensos espectáculos donde ya no importa el culto público, sino que se fomenta un culto al público deslumbrándolo, fascinándolo, seduciéndolo a costa de lo que sea.

Regresemos al principio. Dentro del neoliberalismo, el Estado estorba. Los gobiernos agonizan, desarticulados, depauperados. Pero el neoliberalismo también agoniza. No es viable ni sostenible económicamente. Ya lo reconocieron los grandes magnates de la economía mundial. Yo diría que en sus entrañas el neoliberalismo ha cargado siempre con la semilla de la propia destrucción.

Sólo queda, por el momento, trabajar con un fabuloso capital humano para crear otras estructuras y relaciones, nuevos discursos y nuevos enfoques. Hay innumerables ejemplos en este sentido, a lo largo y ancho del planeta, que nos dan aliento y esperanza. Son grupos de ciudadanos organizados que toman en sus manos la responsabilidad del cambio ante la impotencia de los gobiernos de satisfacer las necesidades de la sociedad.

Dentro de este contexto, los gobiernos operan únicamente como puentes o gestores que agilizan la distribución de los materiales, de los espacios y acuerdos entre sectores distintos de la sociedad que ya definieron sus políticas, objetivos y acciones para aterrizar sus proyectos. Esto ocurre en microregiones, a veces aisladas, a veces no tanto. Y su eficacia comprobada está resonando en comunidades cada más pobladas. Esta visión del mundo se expande aceleradamente gracias a la fuerza de su resonancia.

Aquí hemos hablado de lo mismo. Y no veo por qué no seguir el impulso de lo que ya es un hecho: la conciencia de que debemos volver a colocar en el centro de atención de los gobiernos y de las sociedades a las personas y a los grupos locales, no a las inversiones multinacionales, no a las exportaciones ni a los índices del Dow Jones.

 
       
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