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Segundas Jornadas de Reflexión
y Análisis
Coreógrafos en combate
(Parte II)
Por Patricia
Aulestia (México)
Segunda parte del tema iniciado en el número
anterior sobre el Neoliberalismo y su relación con
las Políticas culturales en México. Danzahoy
transcribe las conclusiones de la moderadora Patricia Cardona.
Durante las Jornadas re Reflexión y Análisis
realizadas en México, el tema crucial estuvo centrado
en el papel del neoliberalismo y su influencia en las políticas
culturales de cada una de las regiones. Diferentes y diversas
fueron las ponencias que llegaron de diferentes panelistas.
La directora del CENIDI Danza José Limón elaboró
las conclusiones finales de este encuentro que sirve para
sentar bases de las nuevas acciones que los artistas deberán
asumir en pos de un cambio en defensa del arte y la cultura.
Resumen de la mesa: Neoliberalismo y Políticas
Culturales
Moderó: Patricia Cardona
Somos un país globalizado, sí, pero no para
compartir los privilegios económicos del neoliberalismo
sino para vivir como deudores, "migrantes", productores
culturales de telenovelas y consumidores de Nike, Benetton,
Sony, Hitachi y demás.
Después de pagar la deuda externa, el rescate bancario
y carretero, al gobierno le queda aproximadamente un ocho
por ciento de lo que genera para operar todos los sectores.
Si tres cuartas partes de ese ocho por ciento se destina a
pago de nóminas y renta de edificios, ¿cuánto
alcanza para vivir, crecer, progresar, estimular, impulsar,
apoyar? Un dos por ciento. ¿Cuánto le llega
a la cultura de ese dos por ciento? Tomemos en cuenta que
la cultura consiste en patrimonio histórico tangible
(monumentos, museos, edificios) y el patrimonio histórico
intangible, como es el espectáculo escénico
efímero.
Este año, el presupuesto para operar centros de investigación
y escuelas también se convirtió en intangible.
Y no es broma. Es sólo la referencia para responder
a la pregunta arriba planteada y muestra de uno de los objetivos
del neoliberalismo: adelgazar el Estado hasta la agonía,
quitarlo del camino para eliminar los obstáculos que
impiden el libre desplazamiento de los mercados transnacionales.
Las políticas neoliberales dan al traste con la cultura
local individual y grupal, más no con la industria
transnacional cultural de telenovelas, discos y libros. Frente
a esto sólo nos queda construir una ética, una
fortaleza, un discurso que nos proteja de ser arrasados como
por un huracán.
Se dijo que debemos defender el territorio de la danza como
quien defiende el territorio de una nación. Que el
vacío del discurso de los funcionarios y políticos
de pronto se toma demasiado en serio, cuando más bien
le corresponde al artista, como parte de una colectividad
organizada, ser quien define las políticas culturales.
Son los coreógrafos y bailarines los que deben diseñar
los proyectos de las instituciones y que éstas las
echen a andar. Su misión es prestar un servicio público.
Se dijo que debemos participar como ciudadanos en este sentido.
Si eso quiere decir "ciudadanización de la cultura",
qué bueno, tomémosle la palabra a Sari Bermúdez.
Si no, apliquémosle otro sentido a ese término
tan ambiguo, a partir de lo que aquí se subrayó
en el sentido de que al bailarín también le
corresponde combatir su propia ambigüedad, definir sus
criterios estéticos y éticos para hacerse escuchar
con mayor claridad y no caer en la trampa de los parámetros
estéticos establecidos por la mercantilización
actual de las instituciones públicas.
En este sentido es preciso defender la voz individual para
incluso garantizar una mejor programación en los teatros
y temporadas. Al darle forma a una identidad, se acaba la
homogeneización y es más fácil saber
quién es quién en la danza mexicana. Así,
no es el mercado ni las modas los que determinan las programaciones,
sino la calidad, la integridad y el profesionalismo del coreógrafo.
¿Hay políticas culturales en México?
Se dijo que hay acciones aisladas: becas, apoyos, temporadas,
festivales, pero no una estructura congruente que de principio
a fin protege a los artistas. Estamos hablando de una política
que contempla desde la educación artística,
el fomento a la creación, a la investigación,
que define estrategias de producción, de distribución,
circulación, que reúne fondos para el empleo
o contratación de grupos, que genera redes nacionales
e internacionales, que tiene fondos para gastos de viajes,
criterios claros de evaluación para la programación
de los espacios escénicos, que ofrece asesoría
legal a los artistas, que se preocupa por la formación
de públicos desde las escuelas primarias y secundarias,
todo esto construido como una estructura compacta y sólida
¿Qué papel juegan las instituciones hoy?
El mundo institucional, desarticulado y agónico, sin
posibilidad de ser un interlocutor eficaz frente a los artistas,
jerarquiza y hace competir a los grupos. No incluye a todas
las voces por igual pero tampoco programa con claridad de
criterios los pocos espacios escénicos. El bailarín
egresa de las escuelas de danza y se encuentra con un mundo
de competencia donde ya no hay grupos estables con proyecto
y filosofía propios (son contados con los dedos de
una mano), sino reuniones temporales de profesionales en torno
a un proyecto efímero. La ética del bailarín,
en este contexto, se reduce a su compromiso con el oficio.
Es lo que vende y es lo que prestigia.
La estructura institucional fragmenta y banaliza las razones
para hacer coreografía. Y gracias al deterioro de las
condiciones económicas, genera la dependencia de los
bailarines que sobrevaloran la voz de los funcionarios, jurados,
programadores, vaciando de significado a la propia creación
"dancística". El objetivo es verse favorecidos
con becas, premios, apoyos, programaciones y participación
en festivales, alineándose con los criterios de la
institución, que a su vez ha entrado en el juego de
la mercantilización de los lenguajes, de los criterios
económicos como factor de evaluación y selección.
El disfrute del arte y de la cultura es un derecho humano,
lo que explica por tanto tiempo el mecenazgo del Estado, con
políticas emanadas de las instituciones culturales.
Con la entrada de la iniciativa privada se le puso un precio
de mercado a lo que antes no lo tenía. Y se pidió
que la cultura fuera redituable bajo el lema: "Quien
quiera cultura, que lo pague". Hoy día la producción
cultural local de muchas regiones se pretende fundir con la
Secretaría de Turismo para competir con el mercado
internacional. Se generan inmensos espectáculos donde
ya no importa el culto público, sino que se fomenta
un culto al público deslumbrándolo, fascinándolo,
seduciéndolo a costa de lo que sea.
Regresemos al principio. Dentro del neoliberalismo, el Estado
estorba. Los gobiernos agonizan, desarticulados, depauperados.
Pero el neoliberalismo también agoniza. No es viable
ni sostenible económicamente. Ya lo reconocieron los
grandes magnates de la economía mundial. Yo diría
que en sus entrañas el neoliberalismo ha cargado siempre
con la semilla de la propia destrucción.
Sólo queda, por el momento, trabajar con un fabuloso
capital humano para crear otras estructuras y relaciones,
nuevos discursos y nuevos enfoques. Hay innumerables ejemplos
en este sentido, a lo largo y ancho del planeta, que nos dan
aliento y esperanza. Son grupos de ciudadanos organizados
que toman en sus manos la responsabilidad del cambio ante
la impotencia de los gobiernos de satisfacer las necesidades
de la sociedad.
Dentro de este contexto, los gobiernos operan únicamente
como puentes o gestores que agilizan la distribución
de los materiales, de los espacios y acuerdos entre sectores
distintos de la sociedad que ya definieron sus políticas,
objetivos y acciones para aterrizar sus proyectos. Esto ocurre
en microregiones, a veces aisladas, a veces no tanto. Y su
eficacia comprobada está resonando en comunidades cada
más pobladas. Esta visión del mundo se expande
aceleradamente gracias a la fuerza de su resonancia.
Aquí hemos hablado de lo mismo. Y no veo por qué
no seguir el impulso de lo que ya es un hecho: la conciencia
de que debemos volver a colocar en el centro de atención
de los gobiernos y de las sociedades a las personas y a los
grupos locales, no a las inversiones multinacionales, no a
las exportaciones ni a los índices del Dow Jones.
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