LA CREACIÓN ACTUAL
Mi mundo del revés
Por Paulina Ossona (Argentina)

Análisis sobre los criterios estéticos y técnicos referidos a la creación. De los bienes culturales a la obra de arte. La visión inversa que revierte los valores universales y destierra los principios básicos de la teoría de la composición.

No debería asombrarme al ver las cosas patas para arriba pues tengo una larga experiencia en la materia. Efectivamente cuando era muy pequeña mi madre me solía dar el mote de Nini Pat En L´air, seudónimo de una conocida bailarina de Can-can, compañera de La Goulue, inmortalizada por Toulouse Lautrec porque casi siempre me encontraba con la cabeza para abajo y los pies para arriba y solía agregar que cuando me quería presentar a las visitas éstos conocían mi trasero antes que mi cara. Sin embargo hay cierto tipo de inversión que me sorprende cada vez más y hasta me da miedo y es la inversión de valores en relación con la danza artística. Comenzaré por el análisis de la música. Desde largo tiempo atrás y hasta época muy cercana solíamos tomar obras musicales del repertorio folclórico y/o étnico para basarnos en ellos y componer danzas de valor internacional y raíz popular. Es decir: intentábamos y frecuentemente lo conseguíamos, elevar los bienes culturales del pueblo al rango de arte jerárquico.

Hoy observo que jóvenes creadores aplican el proceso inverso, es decir: prefieren los sonidos ensordecedores de las discotecas, gran parte de los cuales se hace difícil aceptar como música pues suelen ser un sucederse de golpes emitidos por una maquina sin variantes de timbre, formas rítmicas, contrapuntísticas, melódicas o de cualquier ambición artística. Consecuentemente suele suceder que cuando un coreógrafo intenta montar a los noveles bailarines una obra con formas musicales nobles, encuentra personas que por primera vez tratan de asociar sus movimientos (producto de muchos años de intensa labor) a un equivalente sonoro y por lo general se dejan arrastrar por la corriente de la monotonía imperante, uniformadora en la despersonalización.

Un caso similar se da en relación con los vestuarios; las más de las veces los bailarines se presentan con ropas que se podrían usar en la vida diaria: los hombres con pantalón y remera o camisa, o bien algo menos común, con el torso desnudo, las mujeres con faldas corrientes y también remeras de cualquier color y sin relación entre sí.

Esto provoca decepción cuando se sabe que con muy poco, un detalle apenas, se puede transformar ese atuendo cotidiano en un hecho teatral que haga vivir mejor el personaje, para reconocimiento y comunicación. Tiempo atrás, conversando con una colega acerca de los cambios de relación entre los usos escénicos y los callejeros cotidianos, ella reflexionaba que ya no existe ni maquillaje ni vestimenta teatral pues para salir a hacer las compras las mujeres se visten con ropas de muchos colores juntos, muchas veces sin tendencia a la armonía ni al contraste voluntarios y se maquillan o más bien a veces se pintan el rostro en pleno día como para salir a un escenario de grandes dimensiones y copiosa iluminación. Es esta precisamente una realidad de la que podríamos tomar cuenta para no caer en un hecho visual impersonal cuando precisamente en la danza cada artista representa a un personaje, en el sentido de un ser humano con carácter y vivencias propios. Debemos, a mi entender, revertir ese proceso, partiendo de la consigna de que cada espectáculo de danza es en principio una fiesta para el bailarín, para la que hay que prepararse individualmente, estudiar el personaje y las secuencias danzadas con las que se expresa, su carácter que se manifiesta en el rostro y por lo tanto en su caracterización y en la forma de estar vestido, que es una manera de crear un clima similar al de una escenografía. Del mismo modo con referencia a la música, preferir composiciones que pueden ser no equiparables a las creaciones consideradas cumbre. Pero que desde el vamos hayan sido concebidas con aspiración artística y no de éxito económico. Es un parecer que compartimos muchos de los maestros, aun cuando no sea fácil llegar a la convicción de los jóvenes, que deberían completar, con buena conducción, sus conocimientos en arte visual y en música, de otro modo su quehacer quedará siempre cercenado por esas falencias.

No será fácil, pero una forma que propongo es utilizar siempre música de calidad, desde el instante inicial de su primera clase y enseñar en años posteriores, tal como lo he visto hacer a excelentes profesores de danza clásica, el nombre del compositor cuya música se utiliza en las diferentes secuencias, aun las de la barra. Así también en lo concerniente a vestuarios, dar a conocer las creaciones para el ballet de artistas como Picasso, Bakst, Clavé y Cocteau, entrar en el análisis de forma y color y aspirar a que la obra coreográfica sea una arquitectura de colores bellamente combinados, puestos al servicio del movimiento expresivo, que es la materia prima de la composición coreográfica.

 
   

Paulina Ossona

Profesora superior de danzas, brindó recitales como solista y con su propio elenco en todo el territorio argentino, America y Europa. En 1952 creo para le Escuela Nacional de Danzas las cátedras de danza moderna, composición coreográfica y producción de espectáculos. Fue también profesora de composición coreográfica en París y de danza moderna en Venezuela, Costa Rica y Brasil. Compuso y compone coreografías para su propio elenco y compañías oficiales y privadas. Es crítica de danza en distintos medios de prensa, radio y televisión. Publicó los libros: "Educación por la Danza", "Danza moderna la Conquista Técnica", "El Lenguaje del Cuerpo", "¿Bailamos? ¡Bailemos!", "Destinos de un Destino" y "Método de Composición Coreográfica". Ha sido distinguida con numerosos premios por su labor y trayectoria.

   
 
 
       
    Volver al principio  
       
       
       
   
   
     
  Puedes recomendarlo hasta a 3 amigos  
     
 
 
     
     
         
     
1    
       
2    
       
3    
         
 
 
     
   
 
       
    © 2003 - Todos los derechos reservados.