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EL CUERPO Y LA ENERGÍA INTERIOR
La movilidad de lo inmóvil
Por José María Paolantonio (Argentina) *
Un análisis acerca del cuerpo y su conexión
con la mente y la energía vital. Los puntos de armonía
y los elementos que intervienen. El minimalismo expresivo
y las corrientes teatrales que lo sostienen.
“Todo lo que se acelera se agita. Todo lo que se ralenta
se aquieta. Al aquietarse el cuerpo, se aquieta la mente
y la persona (cuerpo-mente) se armoniza”. Gabriel Campo
es uno de los tantos cultores de esa rama del teatro (¿teatro?)
nuevo, que al silencio le ha agregado la inmovilidad. Minimalismo
expresivo del actor, o del bailarín o del mimo. Más
allá de la Supermarioneta de Gordon Craig, más
acá de ciertas tendencias del “teatro muerto” de
Tadeuz Kantor. El artista inmóvil plantea realmente
un límite: fuera de ese borde sólo quedaría
la nada. Sin embargo, ¿sería posible hacer
un teatro sólo con la mirada? Imagino la contestación
de Samuel Beckett si todavía estuviera en este mundo.
“Tai-chi-chuan, yoga y aikido –ahora es Marilina
Bellati la que contesta– son técnicas que ayudan
a mantener y a distribuir la energía.”
En la soleada tarde del Paseo de la Recoleta, en Buenos Aires, decenas de turistas
multicolores se arremolinan ante estas “estatuas vivientes” tratando
de pescar (es ya casi un deporte) el momento en que esa supuesta mole de mármol
haga un gesto, suspire o se le note el cansancio; algo humano que los restituya
a la comunidad de los vivos. Enigma, curiosidad y misterio. Todo lo que se
escapa a la natural racionalidad cotidiana, atrae por su propia transgresión.
Si la energía es la base de “lo vivo”, ¿dónde
está puesta en este símil de “lo muerto”?
La energía está distribuida sabiamente, casi “administrativamente” en
las zonas que la necesitan. Y donde no se necesita, no hay
energía. Esta distribución viene de dos vertientes:
una intensa (y paradojal) actividad física y una alimentación
sana, que evite las grasas. Así la sangre corre fluidamente
por las venas, mejora la oxigenación del cuerpo y
de la mente. La mente (no el cerebro) entonces se traslada
con comodidad a través del cuerpo y se fija en el
abdomen, a cuatro dedos más abajo del ombligo, donde,
según ellos, se halla el centro geográfico
universal de toda persona. Desde este centro, la mente va
y viene. Recorre el cuerpo, baja por las extremidades inferiores
y se “ancla” a la tierra. Desde el abdomen hasta
los pies, el artista inmóvil ha construido un pedestal.
El absolutamente propio, el personal.
La mente genera la estatua y domina (como en un tablero
de control) todo el movimiento interno. El control de la
respiración logra que cartílagos y tendones
(zonas donde se agazapa el cansancio) estén lo suficientemente
lubricadas como para vencer al tiempo, que pasa y desgasta.
En el mundo de la simulación. (Característica emblemática
de este nuevo siglo XXI), el artista inmóvil es un epígono trascendente
y a la vez, inquietante. Trascendente porque logra confundir el sentido de
los otros y demuestra que no hay frontera posible entre lo real y lo virtual,
pero inquietante porque esta similitud no es exógena (un robot que imita
y sustituye a una persona) sino que es endógena (es materia humana la
que imita y sustituye a la piedra).
Ultima pregunta para alimentar la sorpresa: Cuando ustedes
están en ese momento de exposición ¿internamente
sienten como si fueran materia pétrea? “No,
en ese momento es tal la concentración, que no se
siente nada.”
Última consideración sobre el fenómeno:
evidentemente estamos en el inicio de una nueva era… |
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| En el mundo de la simulación,
característica emblemática de este nuevo
siglo XXI, el artista inmóvil es un epígono
trascendente y a la vez, inquietante. |
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