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JIRÍ KYLIÁN
Una poética de fin
de siglo
Por Valerio Cesio (Brasil)
La forma va y el contenido viene, el contenido viene y la
forma va. Organiza sus mareas en ciclos aparentemente regulares.
Flujos y reflujos, períodos que se entrelazan cada
día más aceleradamente, produciendo movimiento,
ondas, curvas propias que dibujan y desdibujan itinerarios
circunstanciales. En este transitar se genera el lenguaje,
y ese lenguaje, tejido con las idas y venidas de la forma
y el contenido, a veces se torna protagónico. El tránsito
entre dos puertos cobra más visibilidad que los puertos
en sí mismos. De puente pasa a ser asunto, y una vez
asunto, eje.
En materia de expresión coreográfica, nada
más visible en el panorama coreográfico del
siglo XX como el culto al movimiento por sí mismo que
genera su inevitable contrapunto hacia fin de siglo. Por un
lado, las vitaminas, la vida aeróbica, las bajas calorías
y Jirí Kylián. Por otro lado Pina Bauch, el
Butoh, el SIDA.
El movimiento como protagónico en el proceso coreográfico
tuvo en los Estados Unidos un triángulo de abarcadora
contención en Balanchine-Cunningham Taylor. En Europa
un nombre salta inmediatamente a los ojos, Jirí Kylián.
Si bien desde 1970 Jirí Kylián venía
componiendo con incipiente pero manifiesta personalidad artística,
es en 1975 que con cuatro obras emite las directrices estilísticas
que modelarán su lenguaje.
"Return to the Strange Land", "Transfigured
Night", "Torso" y "La cathédrale
engloutie", muestran al mundo el inicio de un romance
con un tipo de lenguaje danzado que lo transformaría
en el gran coreógrafo del último cuarto del
siglo pasado. Dos años después, con "Ariadna"
y al año siguiente, con "Sinfonietta" y "Symphony
of Psalms" se reconfirmaba que el lenguaje del ballet
en sus manos se transformaba en otro material, más
proyectivo, capaz de generar alternativas coreográficas
con códigos del ballet sin oler a naftalina. Así
como parte del código del ballet académico es
masa flexible en las manos de Kylián, formas acuñadas
en la más perceptible danza moderna tienen en su voz
un decir más actualizado, más afinado con los
ojos de su contemporaneidad.
En "Torso", creado desde el ideario de la danza
moderna, la técnica del ballet se filtra para complementar
soluciones formales de su discurso, pero sin alterar su química,
la química básica de este dúo de clima,
que determina su unidad y su coherencia dramática.
Ya en "Return to the Strange Land", que parte de
venas del ballet académico, es la danza moderna que
viene a aportar posturas y desenlaces a la estructura que
a su espera estaba para configurarse.
"Sinfonietta" nació icono, vino a ocupar
un lugar en el hacer coreográfico que estaba vacante
desde la primera generación pos-Diaghilev. Esta obra
vino a satisfacer los anhelos de dos colectivos, fue un buen
clásico para los modernos y un buen moderno para los
clásicos. Una faja de gasa en el paisaje compositivo.
Había algo en el modo de decir que trascendía
lo que era dicho. Había un lenguaje que de tan medular
se transformaba en objeto. Pero este modo de decir no se reducía
a secuencias de pasos. Eran combinaciones de pasos en proporciones
muy particulares que, al alternar sus funciones rítmico-melódicas
construían un discurso musical paralelo al discurso
físico, que si bien se encarnaba en los cuerpos, podía
también transitar junto a ellos por un sinnúmero
de situaciones. Kylián puntualiza el texto corporal
o simplemente lo habita en la natural e inalterable relación
de la mano con el guante.
La música y Kylián tuvieron desde siempre una
relación estrecha, íntima, carnal. Sus obras
no son apenas musicales; son música. Música
para ver y sentir, y hasta para oír de otro modo, de
un modo más físico. Los silencios en sus obras,
que en tantas oportunidades preceden la banda sonora, son
preñados por la música. Sus silencios habitados
por cuerpos poseen una natural acción sonora. Como
Balanchine, Taylor, Tharp y Morris, es un músico nato.
Los años 80 se encarnaron en el discurso de
Kylián de la misma forma que el mismo se encarnara
con la esencia de los tardíos 70, en otro punto
de observación diferente del de Cunninghan pero igualmente
afinado con el mirar contemporáneo. En el 81
completa la segunda revisión de "Symphony in D"
(las dos primeras fueron en el 76 y el 77 respectivamente);
en ella consagró el humor como vehículo para
sus filigranas coreográficas e invirtió en la
sintaxis. En el 82 entra en la esfera neodiaghileviana
con "Svadebka" y recupera parte de las preocupaciones
formales enunciadas en la "Symphony of Psalms" cuatro
años antes.
El gran corte surge un año después con "Stamping
Ground", donde resume principios compositivos que lo
acompañan por más de una década, sacraliza
el lenguaje y propone cuerpos de revigorizada potencia para
resolver texturas complejas de movimiento. El resultado final
adquiere apariencia hiperorgánica, creando la ilusión
de lo natural. Al año siguiente regresa a buscar material
perdido en las grietas de su lenguaje de los 70. "LEnfant
et les Sortileges" era otro experimento para focalizar
mejor el cuerpo que estaba produciendo; el espacio dramático
es el nuevo socio de Kylián y el espacio lúdico
está tatuado en su cuerpo actuante.
El abanico se abre en tres obras totalmente diferentes en
1986: "Six Dances" es descendiente directa de la
"Symphony in D"; el refinadísimo humor se
entrelaza con el hilo de movimientos para obtener su textura
final. Ya en la línea genealógica de "Historia
de un Soldado" están "Symphony of Psalms"
y "The weddings". Por entonces, Kylián ya
tiene otra relación con la caja escénica, su
espacio es más teatral, más complejo y bastante
más adulto. "Silent Cries" es descendiente
de "Torso" y paradójicamente tiene la misma
protagonista, la exquisita Sabine Kupferberg, la señora
Kylián, que detrás de un vidrio empañado
elogia la sencillez con la postura despojada y neta. A partir
de allí apenas era necesario dosificar lo que por ellas
pasaba, distribuirlo y zambullirse en la coherencia de lenguaje
obtenida, en una nueva densidad, y es lo que sucede dos años
después con el estreno de "No More Play"
y de "Kaguyahime". Al movimiento de los cuerpos
se suma la danza del escenario; el espacio que estaba latiendo
desde "La Historia de un Soldado" comienza a encontrar
su dimensión danzada. En "Kaguyahime", caja
escénica y luces bailan par a par con los bailarines.
No es apenas que los efectos plásticos y visuales son
acertados y enriquecedores de la escena; es que literalmente
danzan Kylián. Siguen el fraseo necesario, interactúan
con los intérpretes y las situaciones, siguen premisas
estrictamente coreográficas: no complementan la labor
del elenco, hacen parte del cuerpo de baile. La década
de ochenta culmina sobria y reflexiva con "Falling Angels"
(1989), un ejercicio minimalista sin mas pretensión
que una ajustada coherencia, una sobria lectura de algunos
párrafos del universo femenino.
Al año siguiente dos obras inician una saga surrealista
que llevaron por otros corredores de la interacción
escénica, cuerpos, objetos y ambientes. "Sarabande"
encuentra en Bach y en los cuerpos masculinos los vehículos
apropiados. "Sweet Dreams" tiene en las manzanas
pequeños nudos que se deslizan en la textura coreográfica,
nódulos de interlocución, núcleos de
preocupaciones estéticas corporizados con sencillez
en frutas que puntualizan un decir/danzar de aguda nobleza.
En 1991 llega una obra maestra, "Petite Mort", un
Mozart accesible y bailadísimo que funciona como un
poema del éxtasis. Una obra de arte que reaproxima
a Kylián a sus primitivas herramientas coreográficas,
las mismas cuerdas tocadas en los más refinados y acertados
registros. A comienzos de este nuevo ciclo, surgen obras que
continúan con una poética absolutamente personal,
"Click-pause-silence" (2000), "Birthday"
"Blackbird" (2001) y en el 2002, "Claude Pascal"
junto a su última creación, "When time
takes times".
Pletórico de palabras propias, el discurso coreográfico
de Kylián crea su diccionario, el compendio imaginario
de movimientos, actitudes y tratamientos. Fuente y referencia.
Así como Balanchine se nutre de su propio alfabeto
para solfear nuevos verbos, Kylián recoge de su vasto
equipaje las piezas que va a necesitar para su nuevo viaje,
elige el container y prepara su nueva valija sin temor a las
opciones previsibles, sin temor al desgaste del día
a día, sin temor a la cotidiana concesión a
la forma. Todo lleva a pensar en Kylián como un gran
cultor de la forma, pero su propulsión viene de otro
orden de valores. Kylián es motivado por las ideas,
es un hombre de causas, de asuntos, de temas; estos son los
verdaderos impulsores de su acción coreográfica.
Solo que esta acción es automáticamente moderada
por su lenguaje. Amasada, suavizada. Y es éste su particular
modo de generar dramaturgia que, metabolizada por su danza,
se transformó en una de las verdaderas, de las grandes
poéticas coreográficas de fin del siglo XX.
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Jirí Kylián, creador
de un discurso coreográfico propio que se despliega
a través de una particular dramaturgia de la danza.
Foto gentileza de Valerio Cesio. |
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