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NEW YORK CITY BALLET
Doncellas encantadas
Por Célida
P. Villalón (USA.)
Nadie pone en duda que el "El Lago de los Cisnes"
sea el ballet más taquillero de todos los tiempos.
También se acepta que es uno de los que más
arreglos ha recibido desde que fue estrenado en su versión
definitiva en el Teatro Imperial de San Petersburgo
en 1895, dos años después de la muerte
del compositor de su gloriosa e inmortal partitura:
Pyotr I. Tchaikowsky. Entre las versiones más
recientes está la de Peter Martins, director
artístico del New York City Ballet, quien realizó
el montaje en Copenhague en 1996 para el Real Ballet
Danés, su antigua "alma máter".
Dos años después, la obra fue incorporada
al repertorio de la compañía que él
dirige, como era de esperarse.
Martins describió su trabajo como "una
colaboración entre los coreógrafos originales
y el propio Balanchine", por más que este
último, en 1951, limitó su inspiración
a una sola escena de la conocida fábula de la
princesa Odette y sus doncellas convertidas en cisnes
por el hechicero Von Rothbart; el amor que esta mujer-cisne
siente por el príncipe Sigfrido, que le promete
eterna fidelidad, para luego romper sus votos cuando
se cree enamorado de la perversa Odile, quien es en
realidad hija del hechicero. Si bien los llamados actos
blancos de la obra (II y IV) tratan de mantener el formato
de la coreografía original acreditada a Lev Ivanov,
los compuestos por Marius Petipa (I y III) son los que
más cambios han sufrido. En conclusión:
en vez de haber cuatro actos con tres intermedios, ahora
hay solo dos, divididos en dos escenas cada uno, con
un descanso entre ellos.
Este nuevo "Lago" no es una versión
poética, aunque la historia es la misma de siempre,
con una moraleja diferente para complacer todos los
gustos. Los cisnes no surcan un lago al fondo del escenario,
lo que hace perder la ambientación necesaria,
como tampoco existe esplendor en los salones del reino
imaginario. En la decoración de Per Kikerby,
sobresalen los colores oscuros, con trazos de líneas
claras entrelazadas sobre los telones que sugieren raíces
muertas. El vestuario, también del propio escenógrafo,
por el contrario, exhibe tonos estridentes, aunque la
Reina Madre y los cortesanos visten austeros modelos
de acuerdo con la época en que se supone los
hechos sucedieron.
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| Buen desempeño del cuerpo
de baile femenino en esta nueva versión de
Peter Martins de un clásico por excelencia.
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Hay mucha coreografía nueva para contemplar
no siempre relevante- que, no obstante, ofrece
oportunidad de lucimiento a distintos miembros del amplio
elenco, entre los que hay varias parejas de encantadores
niños que casi se roban el show. Los roles principales
estuvieron a cargo de Wendy Whelan, en el doble rol
de Odette/Odile, de Damian Woetzel como Sigfrido, así
como se destacaron Tom Gold, como el Bufón, y
James Fayette, como Von Rothbart, el hechicero.
De Whelan puede decirse que es la típica "ballerina"
Balanchine: gran técnica pero poca emoción
interior, notablemente ausente en las escenas de más
ternura, así como impresiona su extrema delgadez.
Por su parte, Woetzel es siempre el virtuoso por excelencia
y un magistral compañero. Tom Gold convirtió
sus travesuras repletas de todo tipo de vueltas
en las delicias del público, y James Fayette,
imprimió la malevolencia necesaria a su rol.
En el pas de trois del primer acto se ganaron innumerables
aplausos Abi Stafford y Janie Taylor junto a Sébastien
Marcovici, un trío delicioso que llenó
la escena de juventud y buena danza. Respecto al tercer
acto, éste resultó un "divertissement"
más largo que de costumbre, donde además
del Cisne Negro por la pareja central que muy
poco se cambió a la coreografía,
apareció un pas de quatre con Philip Neal como
solitario caballero, que sirve de respaldo a las exquisitas
Alexandra Ansanelli, Jennie Somogyi y Pascal von Kipnis,
como también a una pareja de rusos compuesta
por Yvonne Borree y el imponente Nicolaj Hübbe.
Tampoco podían faltar la danza húngara,
la española y la napolitana, esta última
con Antonio Carmena y Amanda Edge a la cabeza. La mazurka
fue entregada a los miembros de la corte que danzaban
sus acordes mientras Von Rothbart discutía con
Sigfrido y le exigía que jurara amor eterno a
Odile.
A pesar del buen trabajo del reparto en general, con
especial mención del cuerpo de baile femenino
en los llamados actos blancos, por su unidad y precisión,
la ambivalencia del desenlace impone un anticlímax
a la obra. Si bien el hechicero es vencido al final
por la fuerza del amor de Odette y su príncipe,
el engaño perpetrado por Sigfrido, que juró
en vano dos veces, hace imposible que el maleficio sea
destruido. En fin de cuentas, Sigfrido pierde a Odette
para siempre quien se marcha de la escena en un
trémulo y extendido pas de bourée,
en tanto las doncellas tienen que conformarse a vivir
como cisnes durante toda la eternidad.
La orquesta, a cargo de Andrea Quinn, rindió
una magnífica labor de acompañamiento,
merecedora de los cálidos aplausos de un teatro
abarrotado hasta el tope.
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Wendy Whelan y Damian Woetzel
asumen los roles principales de Odette y Sigfrido
en "El lago de los cisnes".
Fotos: Paul Kolnik. Gentileza del NYCB. |
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