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NASHVILLE BALLET
El héroe de la revolución
Por Maritza Gueler (USA)
   
     
  Matthew Christensen, Jennifer McNamara y Christopher Mohnani componen los personajes principales del "Robin Hood" de Paul Vasterling realizado para el Nashville Ballet.
Foto: Marianne Leach. Gentileza del NB.
 

Mito indiscutible de la justicia social, héroe romántico y modelo casi extinguido dentro de una sociedad que progresivamente se transforma en el adalid del individualismo. Las hazañas de Robin Hood, convertidas hoy en piezas de la literatura para niños, formaron parte de una serie de baladas que fueron transmitiéndose en forma oral durante varios siglos. Esas baladas anónimas, cantadas o recitadas por los juglares, fueron hilvanando la historia de este enigmático héroe que robaba a los ricos para ayudar a los pobres. En el caso de Robin Hood, sus hazañas se narran en más de treinta baladas que formaron un poema épico titulado "The gest of Robin Hood". Paul Vasterling, director del Nashville Ballet, recuperó a este bello personaje en "Robin Hood", ballet en dos actos estrenado en 1998 y repuesto por la compañía en el final de esta temporada.

La obra, impresa alrededor del año 1500, agrupa los distintos episodios sobre la vida del héroe que posteriormente inspiraron varias piezas de la literatura universal como "Ivanhoe" (1819), de Walter Scott. Asimismo, la vida del héroe de Sherwood llegó al cine en diferentes versiones. Cuenta la leyenda –de la cual existen muchas versiones–, que a principios del siglo XIV, por las profundidades del bosque de Sherwood vagaba un proscrito cuyas hazañas lo convirtieron en el principal héroe popular de su época. Algunos historiadores creen que los relatos del héroe-duende están vinculados con el espíritu de los bosques, que forma parte de la mitología pagana, dado que Robin era un nombre que los paganos solían atribuir a los seres sobrenaturales. También se especula con la teoría según la cual Robin Hood era sencillamente uno de los personajes de las antiguas ceremonias del primer día de mayo, convertido a través de los años en un presunto personaje histórico.

Sin embargo, las pruebas documentales indican que entre los siglos XIII y XIV un hombre llamado Robin Hood vivió en Wakefield, en el condado de York; él puede haber sido el proscrito de la romántica leyenda. Paul Vasterling se interna en la narración de las hazañas del héroe a través de la estructura argumental más conocida. De manera directa, sencilla y lineal, describe los personajes que integran esta trama con arcos y flechas, con bravos espadachines, y con situaciones pícaras y sugestivas que dejan espacio a la imaginación y a la fantasía. El coreógrafo, desde su punto de vista, busca un lenguaje claro para plantear las diferencias entre opuestos: la pobreza y la riqueza, la justicia y la injusticia, la bondad y la maldad. Esos universos también se describen con sutileza a través de un vestuario austero pero imaginativo, creado por David Heuvel y Meter Cazalet.

El primer acto comienza cuando el malvado Sheriff de Nottingham está contando el dinero que logró sacar a los pobres campesinos como pago de sus impuestos. A partir de allí se plantea el conflicto entre Robin Hood y sus seguidores frente al lascivo sheriff que pretende apropiarse de todo lo que se la cruza ante sus ojos. De esta forma se van incorporando los personajes emblemáticos de la historia –ya tradicional– de Robin Hood, como Little John, su amigo incondicional, y Marian. Atractivos despliegues coreográficos realizados por los integrantes de la compañía, sirven de nexo entre las diferentes situaciones que determinan la trama. A través de un pas de deux de gran intensidad lírica, Marian y Robin describen su amor. Jennifer McNamara (Marian), bailarina de exquisita línea, delicado port de bras y grandes condiciones actorales, da vida a este personaje con la intensidad justa en cada una de las secuencias. Matthew Christensen, un Robin al que tal vez le falte algo de encanto y seducción, dada la envergadura de su personaje, es un excelente partenaire, cuidadoso y atento.

Ya en el segundo acto, cuando Marian cae bajo las garras del Sheriff, Vasterling hace hincapié en otra dinámica coreográfica –más cercana al lenguaje cinematográfico–, que sólo se distiende a través del patetismo del pas de deux entre Marian y Robin, sustentado con soberbia convicción por McNamara, bailarina-actriz que se lleva las palmas. Desde la visión opuesta, pero igualmente válida, Christopher Mohnani, el maligno Sheriff de Nottingham, hace una fantástica composición de su personaje, le agrega un toque sarcástico y cómico que lo convierte en una de las estrellas de la obra. Estupenda interpretación, justo y medido en el desarrollo de sus secuencias. Mientras tanto, la compañía, compenetrada con la propuesta, realizó un muy buen desempeño, con especial énfasis en el trabajo del grupo femenino.

Vasterling apela en esta coreografía a elementos de la danza clásica con una fuerte impronta de la expresividad exigida por la danza contemporánea. Ambos lenguajes se funden en perfecta armonía. La música de Erich Wolfgang Korngold, con arreglos de Vasterling y de Joseph Irrera forma parte de esta acertada realización que, ajena a los efectos especiales y a los trucos escenográficos, apela al buen sentido estético, a la austeridad y a la supremacía de la creatividad.

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