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En una de sus frecuentes giras por Alemania, el Ballet Kirov
del Teatro Mariinsky de San Petersburgo ofreció una
gala en la Ópera de Frankfurt. La quizá más
prestigiosa compañía de ballet del planeta y,
sin duda, la históricamente más significativa,
presentó piezas de Mikhail Fokine, Marius Petipa y
George Balanchine.
La gala abrió con "Las Sílfides"
(Fokine-Chopin-Glazunov), obra en la que cuerpo de baile hizo
un trabajo de gran pureza y homogeneidad. La primera sílfide
estuvo a cargo de Irina Shelonkina, quien, como es habitual
en ella, realizó una versión muy refinada y
de limpio estilo clásico. A su lado, Danila Koruntsev,
como poeta, resultó poco convincente, en particular
por su técnica que no va más allá de
la corrección y por una cierta debilidad en el trabajo
de pies. Majestuosa, poética y exquisitamente ingrávida,
Daria Pavlenko (preludio) demostró ser una de las bailarinas
más interesantes de la joven generación.
La segunda parte del espectáculo estuvo dedicada a
pas de deux, de Petipa y Balanchine y a "La muerte del
cisne", de Fokine. En "Arlekinada" (Petipa,
Drigo) Andrei Ivanov, junto a Yelena Sheshina, hizo una demostración
de virtuosismo en la que sobresalieron sus vertiginosas piruetas
y "tours en lair" ejecutados sobre ejes de
gran precisión. Faruk Ruzimatov no logró en
el pas de deux de "El corsario" alcanzar la excelencia
que lo hizo famoso como intérprete de esta pieza. Los
años no pasan en vano y, si bien Ruzimatov sigue siendo
un bailarín elegante y de muy buen estilo, ya no está
en condiciones de repetir sus prestaciones de otros tiempos
en una pieza de bravura como ésta. Aún más
decepcionante fue la actuación de su compañera
Irma Nioradse, cuya labor sólo puede ser calificada
de anémica, tanto por la falta de ataque, como por
el mediocre "port de bras" y los muy vacilantes
ejes. Shanna Ayupova, en cambio, lució hermosa línea,
brillantes fouettés, bello estilo lírico y fluido
"port de bras" en "Tchaikowsky pas de deux",
de Balanchine, elegantemente acompañada por Andrian
Fadeyev, un "danseur" noble con muy buen "ballon".
Máxima perfección técnica e irreprochable
buen gusto fueron los rasgos más destacables de la
aparición de Svetlana Zakharova en "La muerte
del cisne" (Fokine-Saint-Saens). La joven bailarina posee
unas dotes físicas, una sensibilidad estética
y un dominio técnico incomparables, pero le faltan
carisma e instinto dramático. Sus actuaciones, y ésta
no fue una excepción, son admirables por su belleza
formal, pero al mismo tiempo resultan distantes, tediosas
y carentes de vida. A "La muerte del cisne" siguió
el pas de deux de "Don Quijote" (Petipa-Minkus),
en el que Elvira Tarasova y Leonid Sarafanov pasaron sin pena
ni gloria.
La última parte de la velada estuvo ocupada por el
Grand Pas Classique de "Paquita" (Petipa-Minkus).
En el cuerpo de baile fueron evidentes gruesos errores de
coordinación: líneas torcidas, sincronización
muy relajada, imprecisiones en la ejecución. Sofía
Gumerova no estuvo ni técnica ni expresivamente a la
altura del papel protagonista. Es sorprendente que se encomiende
una parte de esa talla a una bailarina con tales déficits
en el "aplomb". Yekaterina Kondaurova, Yelena Sheshina
y, sobre todo, una muy débil Irma Nioradse (respectivamente
segunda, tercera y cuarta variación) no hicieron sino
profundizar en los fallos de que adoleció la representación.
Las sobresalientes actuaciones de Irina Shelonkina (primera
variación) e Igor Zelensky, así como de algunos
miembros aislados del cuerpo de baile, no bastaron para borrar
la mala impresión dejada por sus compañeros.
El balance, pues, es muy decepcionante. Un nivel semejante
puede tolerarse en compañías de segunda categoría,
pero en una de primerísima, como el Kirov, resulta
verdaderamente alarmante. Se diría que el primer conjunto
de danza de Rusia se está convirtiendo en una troupe
itinerante con fines puramente comerciales. El hecho de que
la función se realizara con música grabada (por
cierto, con tiempos y acentos que causaron más de un
problema a los bailarines) es síntoma de un serio descenso
en el nivel artístico de una compañía
que, por su historia y sus fantásticas prestaciones
en el pasado, debería ser considerada patrimonio cultural
de la humanidad y tratada como tal. Ojalá que los responsables
tomen conciencia de esta situación y le pongan remedio.
El futuro de la gran tradición clásica no sólo
en Rusia está en juego.
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