|
Untitled Document
|
|
| |
|
SEMANA DEL BALLET EN MÚNICH
Sin novedades
pero con glamour
Por Juan-Gastón Messerschmidt (Alemania)
En Munich, la Semana del Ballet (Balletwoche)
es uno de los puntos culminantes del calendario
teatral, así como uno de los festivales
de danza clásica más representativos
de la Europa Central. Este año, la semana
muniquesa de la danza, organizada por el Ballet
del Estado de Baviera y celebrada entre el 23
y el 29 de marzo, tuvo unas dimensiones bastante
más modestas que en otras ediciones. La
crisis económica que vive Alemania se está
reflejando, en primer lugar, en el campo de la
cultura y en el de los servicios sociales. No
hubo ningún estreno ni nueva producción
propiamente dichos, sino sólo la incorporación
al repertorio del Ballet del Estado de Baviera
de tres piezas del coreógrafo norteamericano
John Neumeier ("Crepúsculo",
"En el jardín azul" y "Sinfonía
Júpiter", de los años 1972,
1994 y 1991 respectivamente), tituladas "Retrato
de John Neumeier".
Las lesiones sufridas por miembros de la compañía
local plantearon algunas dificultades adicionales
que, sin embargo, fueron exitosamente solventadas,
en parte gracias a la colaboración de la
Academia de Ballet de la Escuela Superior de Música
de Munich (Fundación Bosl). Como es ya
tradicional, el festival contó con la actuación
de una compañía invitada, en este
caso los Ballets de Monte-Carlo, que ofrecieron
dos funciones de "La Cenicienta", en
la versión de su director, Jean-Christoph
Maillot.
La visita del conjunto monegasco convirtió
a la Semana en un punto de interés para
los medios de comunicación, en mayor medida
de lo que suele ocurrir habitualmente, pues los
bailarines llegaron acompañados por su
principal promotora, la princesa Carolina de Mónaco
y Hannover, su hermano, el príncipe heredero
Alberto, y su marido, el príncipe de Hannover,
quienes asistieron a la función del 25
de marzo desde el palco real del Teatro Nacional
de la Ópera de Munich. La presencia de
la princesa y sus acompañantes convirtió
al teatro en lugar de cita de numerosas personalidades
y añadió brillo al ambiente festivo
del evento. En algunos momentos, la atención
de los asistentes al espectáculo pareció
concentrarse más en el palco real que en
el escenario.
El programa de la Semana de la Danza también
estuvo integrado por "El lago de los cisnes",
en la versión de Ray Barra del año
1995, y un espectáculo titulado "Retrato
de Jirí Kylián", producciones
ambas que forman parte del repertorio habitual
del Ballet del Estado de Baviera.
"Retrato de John Neumeier" presentó
tres obras que, en principio, debían ser
representativas del estilo de su autor. De hecho,
no se trata de lo mejor del norteamericano, que
en su ballet "La dama de las camelias"
consiguió acercarse, hasta por lo que respecta
a la calidad, a su maestro John Cranko. "Dämmerung"(Crepúsculo)
es un ballet sobre estudios y preludios para piano
de Alexander Scriabin. En conjunto, y pese a un
comienzo poco ortodoxo (los bailarines ensayan
en el escenario a la vista del público
que va entrando en la sala), puede decirse que
se trata de un ejercicio de escuela de corte neoclásico.
Los diversos números están concebidos
para pequeños grupos de bailarines (pas
de deux, pas de trois y pas de six) y, en algún
caso, como solos. Dos de ellos son para un cuerpo
de baile más amplio (trece personas). Los
miembros del Ballet del Estado de Baviera realizaron
un trabajo correcto, que no llega a compensar
las limitaciones de una obra en la que el paso
del tiempo ha dejado huellas poco halagüeñas.
La única bailarina que es capaz de sacudir
el tedio de un lenguaje coreográfico tan
trillado es la suiza Kusha Alexi, sin duda la
más dotada de las solistas de la compañía.
En la segunda pieza de la velada, "En el
jardín azul", Neumeier adopta modos
propios del Tanztheater y los combina con elementos
clásicos para narrar una historia onírica,
hecha de imágenes evocadoras y no de argumentos,
un experimento que no funciona por lo trivial
y tópico de algunos elementos y por la
general falta de consistencia tanto dramática
como coreográfica del ballet. Lo único
destacable fueron las apariciones de Lucía
Lacarra y María Eichwald, quienes demostraron
un excelente nivel.
La "Sinfonía Júpiter"
es un ejemplo canónico de aquello que se
conoce como "ballet sinfónico",
con un primer movimiento en el que aparecen cuatro
parejas solistas y un pequeño cuerpo de
baile; un segundo, consistente en cuatro pas de
deux simultáneos; un tercero, que regresa
al esquema del primero, y un movimiento final
en el que a todos los participantes se añade
un cuerpo de baile reforzado. Se trata de una
coreografía sin pretensiones de originalidad,
un buen trabajo de artesano, en el que se muestran
las posibilidades de un lenguaje neoclásico
abstracto. Desde luego, una gran parte del efecto
de la obra se basa en la calidad de la música.
Los bailarines trabajan con eficacia y entusiasmo,
si bien, como últimamente viene siendo
habitual en el conjunto bávaro, falta mayor
homogeneidad.
|
| |
 |
| |
"La Cenicienta",
de Jean Christoph Maillot, interpretada
por el Ballet de Montecarlo.
Foto: Hans Gerritsen. Gentileza
de Les Ballets de Montecarlo. |
| |
| |
| |
|
Una cenicienta
especial
"Cendrillon"(La cenicienta)
de Jean Christoph Maillot es, por
encima de todo, un "producto"
francés, de esa Francia de
las exquisiteces culinarias, la moda
parisiense, el champagne, los perfumes,
los intelectuales extravagantes, las
vacaciones en la Costa Azul y, por
supuesto, el ballet. Es decir, la
Francia que Balanchine evocaba en
la primera parte de su ballet "Jewels",
la titulada "Esmeraldas".
Esto no quiere decir que entre ambas
obras haya nexos estilísticos
o conceptuales. La una es una evocación
subjetiva de un determinado ambiente;
la otra, un producto de éste.
Allí terminan las semejanzas.
Maillot trabaja con un lenguaje ecléctico,
en el que no es difícil descubrir
huellas, y aun citas casi textuales,
de coreógrafos tan diversos
como Petipa, Fokin y Graham, entre
otros (hasta Pina Bausch parece estar
presente), así como ciertos
elementos visuales que recuerdan a
la pintura de Dalí y al cine
de Cocteau. El influjo de Petipa,
y en particular de "La bella
durmiente", queda patente en
el personaje del hada, cuya coreografía
es, en determinados pasajes, un calco
de ciertos números del citado
ballet. El concepto de Maillot es
simple: no se trata de profundizar
en el mito, sino de trasladar un viejo
cuento de hadas a un mundo frívolo,
en el que la moda tiene un papel destacado.
La escenografía, la iluminación
y el vestuario, elegantes, refinadamente
sencillos y de hermoso cromatismo
responden perfectamente a este propósito.
La danza fluye sin dificultades, precisa,
plástica, algo distante y fría,
superficial, pero nunca tediosa. No
hay momentos muertos, pero tampoco
caracterización psicológica
de los personajes, que son tipos más
bien planos y sin individualidad.
El punto más débil
es precisamente Cenicienta, una figura
desdibujada, que tanto por lo que
respecta a la danza y a los elementos
mímicos como al vestuario,
se queda en eso, en una figura gris
y "cenicienta". La verdadera
protagonista es el hada, que al mismo
tiempo es la madre muerta de Cenicienta.
En general, Maillot aprovecha bien
el fluir de la partitura de Serge
Prokofiev, pero falla precisamente
en los momentos de más intensidad
emotiva. Por lo que respecta al cuerpo
de ballet, lo primero que llama la
atención es la excelente forma
en que se encuentran sus miembros,
reflejo, sin duda, de un acertado
entrenamiento. La coordinación
entre los bailarines no deja nada
que desear, todos aparecen identificados
con el estilo y los personajes interpretados,
todos cumplen serena y brillantemente
su cometido, sin tensiones, dificultades
técnicas o incomodidades. Desgraciadamente,
la falta de perfil del papel de Cenicienta
impide emitir un juicio fundamentado
sobre su intérprete, Aurélia
Schaefer. Algo similar ocurre con
el príncipe, interpretado por
Asier Uriagereka. Impecable es el
trabajo de Carole Pastorel (madrastra),
Chris Roelandt (padre), Francesca
Dolci y Geneviève von Quaquebeke
(hermanastras), quienes, sin embargo,
no tienen demasiada oportunidad de
afirmar personalidades propias. Quien
sí lo hace es Bernice Coppieters
(hada y madre muerta), cuyo personaje
es el más mimado por el coreógrafo.
Técnicamente es irreprochable:
puntas de gran firmeza, port de bras
dinámico, ejecución
segura y limpia, precisión
en los ejes y un cierto atletismo
no reñido con una presencia
seductora y refinadamente erótica.
La Orquesta del Estado de Baviera,
bajo la dirección de Nicolas
Brochot, ofrece una versión
convincente de la partitura de Prokofiev.
La dirección de Brochot está
en plena concordancia con la parte
danzada: elegante, precisa, dinámica
y sin desmayos, con tiempos bien marcados,
pero también superficial, con
acentos no siempre acertados y pobre
en emoción.
|
|
|
|
|
Volver al
principio |
|
|
|