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NEW
YORK CITY BALLET
Richard Rodgers: In
memoriam
Por Célida
P. Villalón (USA)
Al
cumplirse el pasado año el centenario del nacimiento
del compositor norteamericano, Richard Rodgers, se concertaron
centenares de tributos a su memoria. El New York City
Ballet (NYCB) no podía ser menos y Peter Martins,
director artístico de la compañía,
creó un ballet sobre la base de distintas composiciones
del recordado músico.
"Thou
Swell", basada en dieciséis de las melódicas
canciones de Rodgers, es el título que Martins
le dio a su trabajo, estrenado oficialmente el día
22 de enero, fecha en que el maestro Balanchine hubiera
cumplido 99 años. La obra se repitió en
cuatro ocasiones más: una en la gala de apertura,
en noviembre, y en otras tres funciones realizadas al
finalizar enero. En la última presentación,
no resultó difícil comprender el entusiasmo
del público al abrirse el telón al comienzo
de la obra, después de haber visto anteriormente
esa tarde, tres piezas de Balanchine totalmente desprovistas
de escenografía y utilería, en el usual
estilo austero del insigne maestro ruso.
El
escenario del State Theatre quedó convertido
para "Thou Swell" en una elegante pista de
cabaret al aire libre. A la izquierda del proscenio
aparece un trío de músicos -al piano,
Dick Archer; en el contrabajo, John Beal, y en la batería,
Paul Pizzuti-, y dos cantantes, Debbie Gravitte y Jonathan
Dokuchitz. Un espejo enorme cuelga del techo; un ciclorama
negro salpicado de lentejuelas que brillan como si fueran
estrellas en una noche estival; escalones iluminados
que llevan a los intérpretes a las mesas que
aparecen sobre tres plataformas; de todo lo cual es
responsable el diseñador Robin Wagner.
Las
cuatro parejas que llegan al cabaret, están formadas
por Yvonne Borree y Nilas Martins, Darci Kistler y Jock
Soto, Maria Korowski y Charles Askegard, y Rachel Rutherford
-quien sustituyó a otra bailarina que estaba
lastimada-, con James Fayette. Los hombres visten sencillos
esmoquins, aunque a veces desechan las chaquetas y bailan
en camisa. Las mujeres lucen elegantes atuendos originales
de Julius Lumsdem, de época indefinida, pero
de acuerdo con las canciones, parecen recordar los llamativos
atuendos de la mitad del siglo anterior. No podían
faltar cuatro coristas-camareras, que simulan llevar
bandejas imaginarias en la palma de la mano, pero que
en vez de bailar "Tap", hacen "entrechats"
en zapatillas de punta. Chistoso, ¿no?
¿Qué
puede decirse de las aplaudidas piezas de Rodgers, si
toda una generación de estadounidenses creció
con ellas y fue a la guerra tarareándolas? Los
tres músicos sobre la escena tuvieron el respaldo
de la gran orquesta en el foso, dirigida por Paul Gemignani,
y los compases y las letras de las canciones harto conocidas,
hicieron vibrar al público y posiblemente recordar
épocas mejores. Sin embargo, las danzas, que
no aludían a las palabras expresadas por los
cantantes, salvo en contadas ocasiones, después
de ver seis o siete de ellas -con muchos "arabesques
penché" y "grand battements a la seconde"-,
parecen una repetición de lo anterior. O faltaba
"sabor" popular o sentido de "ballroom
dancing"
. La más parecida a una "gypsy"
de Broadway fue, sin duda alguna, Rutherford, dúctil
y picaresca, sin olvidar su gran línea clásica.
La nota final, sin embargo, fue graciosa: después
de que las parejas se marchan, las cuatro camareras,
acompañadas por otros tantos subalternos, suben
a las plataformas y se sientan en las mesas vacías
a soñar que quizás algún día
puedan llegar a ser ricos parroquianos como los que
se acaban de marchar.
Los
otros tres ballets que antecedieron a ese estreno, eran
todos de Balanchine. "Serenade", con el que
dio comienzo el programa, no necesita introducción:
está considerado la "tarjeta de presentación"
de la compañía. Compuesto en 1934 para
la recién inaugurada Escuela de Ballet Americana,
sirvió para establecer en América al gran
maestro como el continuador de Petipa y el genio coreográfico
del Siglo XX. Basado en la "Serenata para Cuerdas"
de Tchaikovski, es bailada por un coro de diecisiete
bailarinas, cuatro bailarines y cinco solistas. En este
último caso, Kyra Nichols, gran dama del NYCB,
Jenny Somogyi, dinámica y efectiva, Sofiane Sylve,
visitante de Holanda que parece que nació para
el estilo balanchiniano y que ha conquistado al público
y a los críticos por igual. Junto a ellas, los
correctos Philip Neal y James Fayette. Las danzarinas,
ataviadas en tutús largos transparentes, color
azul pálido, de Karinska, y el pelo recogido
en un "chignon" alto, parecen sauces que se
mueven al unísono con la brisa vespertina. Esta
obra que puede llamarse sublime, y ese día fue
bailada magistralmente, no tiene argumento, sin embargo,
al final, una figura masculina, que parece indicar tragedia,
separa a la pareja que baila unida y la mujer es obligada
a partir
¿Hacia dónde? No se aclara,
pero Nichols es transportada al fondo del escenario
en los brazos elevados de tres hombres, como si marchara
al infinito.
El
segundo ballet de la tarde, "Le Tombeau de Couperin",
incluye dos cuadrillas de ocho parejas, que bailan los
agradables acordes de Ravel, y evocan bailes cortesanos
del siglo XVIII, en diversidad de patrones de todas
formas y concepciones. Fue una encantadora presentación,
refrescante y deliciosa, ejecutada en sencillos trajes
de práctica, blanco y negro, para todos. El tercero
fue un impresionante solo titulado "Pavane",
sobre la conocida "Pavana para una Infanta Difunta",
también de Ravel. Kyra Nichols llenó la
escena con su mágica presencia y elegante personalidad.
Su única compañía -y no necesitaba
más- fue una larga tela de chiffón blanco
con la que aparece cubriéndose la cara, y que
luego usa constantemente como si fuera un escudo que
la protege, un manto que la envuelve, o le sirve para
evocar a un ser querido que ya partió. Hermoso,
muy hermoso. La orquesta contó con la magnífica
dirección de Hugo Fiorato y, como siempre, sonó
a pura maravilla.
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