BALLET BOLSHOI
Sencillamente indestructible
Por Martiza Gueler (USA)

Más allá de la crisis posterior a la caída de la Unión Soviética, más allá de las dificultades económicas por las que atravesó la compañía durante la década del ’90, más allá de los cambios de dirección y de la incertidumbre que ello implica, el Ballet Bolshoi sigue siendo uno de los mejores del mundo. Una escuela única e irrepetible, el Bolshoi da cátedra de la mejor danza. Luego de 15 años de ausencia en el área de la Bahía de San Francisco (California) -tiempo excesivo para una región que se precia de promover la danza-, la compañía rusa llegó al escenario del Zellebach Hall de UCBerkeley con uno de los principales títulos del repertorio clásico, "El lago de los cisnes".

La primera versión incompleta de esta obra se presentó en 1877 en el Teatro Bolshoi con Pauline Karpakova en el rol principal. Este fue el primer ballet de la trilogía de clásicos compuesta por Piotr Ilych Tchaikovsky ("Cascanueces", 1892 y "La bella durmiente", 1890). Sin embargo, la obra completa recién se estrenó, con coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov, en 1895 en el Teatro Mariinskii de San Petersburgo. Entonces, la célebre Pierina Legnani fue la protagonista del doble rol de Odette-Odile y Pavel Gerdt fue el príncipe Sigfrido. La obra realizada por la irrebatible dupla Petipa-Ivanov se convirtió inmediatamente en uno de los grandes éxitos del ballet. Diversas modificaciones posteriores, siempre sobre la base de la original de 1895, alzaron vuelo a lo largo de estos dos siglos.

La versión de Yuri Grigorovich, alma máter del Ballet Boshoi durante tres décadas, tuvo sus bemoles y contradicciones ideológicas. Más inclinado a la visión impuesta por Tchaikovsky en su partitura, Grigorovich basó su coreografía en la de Petipa-Alexander Gorsky (1901) y puso un sello trágico al final conciliador de ciertas versiones anteriores. No obstante, el gobierno soviético censuró esa puesta, en busca de una resolución feliz para esta historia que pone en juego el bien y el mal como ejes simbólicos del argumento. Finalmente, el estreno llegó en diciembre de 1969. En los roles principales: Natalia Bessmertnova, Nikolai Fadeyechev y Boris Akimov, actual director artístico de la compañía.

El Ballet Bolshoi recuperó la versión original de Grigorovich. Con una atractiva y moderna puesta en escena, ingenioso vestuario y una armónica combinación de colores propuesta por Simon Virsaladze, la obra lució en todo su esplendor. Excelente desempeño del cuerpo de baile que exhibe, en el primer acto, la destreza de sus integrantes a través de los bailes de salón y "divertissement"que se desarrollan durante la celebración del cumpleaños del príncipe Sigfrido. Cabe destacar el magnífico desempeño, a través de "pirouettes" y saltos acrobáticos a una velocidad sobrehumana -perfectamente a "tempo"- del bufón, Morihiro Ivata. Fantástico en su papel. Por su parte, Elena Andrienko y Marianna Alexandrova, mostraron sutileza y alto nivel interpretativo en el "pas de trois" con el príncipe. María Alexandrova hizo una seductora y atractiva princesa española que intentaba, en vano, seducir al príncipe.

En la escena segunda del primer acto, Sigfrido, seguido por el "Genio maléfico" -nombre con el que Grigorovich bautiza al malvado mago Rothbart de las versiones anteriores-, descubre un misterioso lago donde moran las jóvenes-cisnes. El acto blanco, donde el príncipe descubre a Odette y le promete amor y fidelidad eterna, es una extraordinaria muestra de la perfección que siempre caracterizó al Bolshoi. Su sello indiscutible. El cuerpo de baile es, sencillamente, impecable. Una sola mano, una sola línea, una sola bailarina. Sincronización, perfecta simetría y delicadeza. La serenidad y la precisión con la que el director de orquesta, Alexander Sotnikov, conduce a los músicos de la Berkeley Symphony Orchestra en este acto, es una clase de dirección de orquestal para ballet. Una maravillosa fusión entre la danza y la música.

Espléndida, Nadezhda Gracheva en la temblorosa Odette y su estático abandono de mujer-cisne. Lejos de buscar el efectismo fácil, esta delicada y fina bailarina -de la más pura escuela rusa- hace una conmovedora interpretación y, al mismo tiempo, una magnífica muestra de precisión técnica y sutileza interpretativa. Maravillosos brazos -que por momentos, parecen alas reales- y brillante composición actoral. Su frío y distante personaje de mujer encantada se transforma en malévolo fuego cuando, con su traje negro, entra en el palacio como una seductora y desafiante Odile, en la escena tres del segundo acto. Arrolladora destreza y refinada interpretación en el pas de deux que es la piedra angular para cualquier bailarina.

Por su parte, Andrey Uvarov, como Sigfrido, es un bailarín que se destaca por la facilidad con que realiza sus saltos, la precisión en sus caídas y su excelente desempeño como partenaire. Como bailarín, crece y se reafirma en su papel cuando encuentra a Gracheva. Dmitry Belogolovtsev es un fantástico genio maligno cuyo rol se desarrolla a medida que transcurre la obra.

Si bien la versión de Grigorovich puede tener ciertos aspectos coreográficos y argumentales cuestionables, quizás lo más desconcertante sea el final, donde deja al príncipe solo en su condenado destino de vivir después de haber traicionado su promesa de fidelidad a Odette. En esta síntesis perfecta de danza académica, donde se pone en juego el virtuosismo de los bailarines, se ensambla la poética historia que trasciende el mundo de la fantasía y se introduce en el terreno del mito. Una obra de extraordinaria belleza, que el Ballet Bolshoi se encarga de convertirla en una invalorable joya.

 
 
Nadezhda Gracheva y Andrey Uvarov al más puro estilo ruso encarnan los personajes principales de "El lago de los cisnes".
Fotos gentileza del Teatro Bolshoi y de Cal Performances
 
 
 
Los cuadros blancos de este clásico del ballet cobran una dimensión diferente a través de los intérpretes del Ballet Bolshoi.
Volver al principio
 
 
  Limon Dance Company, obras de diferentes coreógrafos para una muestra de puro estilo y tradición renovadora.
Foto Doug Cody. Gentileza de Limón Dance Company.
 

LIMON DANCE COMPANY
Hacia el futuro
Por Patricia Aulestia (Desde Nueva York)

La Limón Dance Company (1946) bajo la dirección artística de Carla Maxwell y la dirección ejecutiva de Mark W. Jones realizó un ensayo abierto a beneficio de la The Limón Company Dancers' Fundation. Una experiencia enriquecedora que permitió al público acercarse -fuera del escenario- a excelentes intérpretes y a coreografías representadas sin artificios teatrales como pueden ser el vestuario, la escenografía y la iluminación. Espléndida danza y arte coreográfico en plenitud.

"The Moor's Pavane. (Variaciones sobre un tema de Otelo)" (1949), obra maestra que mantiene viva la creatividad excepcional de José Limón y que, aún hoy, sigue siendo la inolvidable coreografía que impactó la cultura sentimental de generaciones de aficionados a la danza. Sus actuales intérpretes: Raphaël Boumaïla, Kimiye Corwin, Kurt Douglas, Kristen Foote, Mary Ford, Roxane D'Orléans Juste, Ryoko Kudu, Brenna Monroe-Cook, Dante Puleio, Robert Regala, Jonathan Riedel, Francisco Ruvalcaba, Charley Scott, Roel Seeber. El protagónico cayó sobre Francisco Ruvalcaba, como El Moro, en un excelente trabajo donde se funden magníficamente la interpretación y sus cualidades como bailarín. Ruvalcaba impone sutileza e inteligencia para abordar un personaje complejo con una fuerte impronta psicológica. Raphaël Boumaïla, como Su Amigo; Roxane D'Orléans Juste, como La Esposa del Amigo y Kimiye Corwin, como La Esposa del Moro encarnan los trágicos personajes y les imprimen un atractivo toque personal a cada uno de ellos. El celoso Otelo contrasta su fuerza pasional con la sutil inocencia de Desdémona y con el suspicaz Iago que trama, implacable, la traición con su cómplice Emilia. Amor y muerte condensados en una pavana shakesperiana.

Indudablemente los bailarines de la Limón Dance Company, conocedores de un repertorio significativo de la historia corporal, pueden asumir brillantemente otros estilos coreográficos. Así lo hace Roxane D'Orléans Juste en el breve y gracioso solo de "Heartbeats (Oneero)" (1997) de Donald McKayle. Lo mismo ocurre con Jonathan Riedel cuando impecablemente domina el "Etude" (2002) de Carla Maxwell inspirado en movimientos de Limón. Vitalidad, sensibilidad, vigor, limpieza, son las características de estos entregados artistas que hacen de cada obra una creación diferente, como en "Phantasy Quintet" de Adam Hougland y "The Unsightful Nanny" de Jonathan Riedel (2002). Ritmo, velocidad y musicalidad, imprimen a las secuencias "jazzísticas" de "In Winter" (2001) de Billy Siengenfeld. Un programa ecléctico y fascinante. La Limón Dance Company es pues, un legado que apunta hacia el futuro.

 
 
 
Ángel Corella en el tributo al Beatle George Harrison, obra compuesta por los coreógrafos Stanton Welch, Ann Reinking, NatalieWeir y David Parsons.
Foto de Marty Sohl. Gentileza del ABT.
 
 
 

AMERICAN BALLET THEATRE
De Bizet a The Beatles
Por Célida P. Villalón (USA)

Varias novedades anunció el American Ballet Theatre (ABT) para su acostumbrada corta temporada otoñal del City Center. Con cuatro estrenos, dos reposiciones ("Orpheus in the Underworld" y "The Garden of Villandry"), tres obras de repertorio ("Fancy Free", "Clear" y "Symphony in C") y variados Pas de Deux, no es de extrañar que el teatro estuviera lleno en casi todas las funciones, aunque se hizo notar la ausencia de algunas de las principales estrellas regulares de la compañía.

Sobre los estrenos, "Sin and Tonic", el primero de la temporada, es una nueva composición de James Kudelka, actual director del Ballet Nacional de Canadá y poseedor de un currículum impecable en ese campo. La obra está montada sobre el "Concierto para Volín" de Edgar Meyer (ese día fue interpretado por la violinista Bonnie Terry Warner), y cuenta con vestuario de Scott Zelinski. "Sin and Tonic" tiene un texto escondido que resulta ser complicado y que el público debe discernir por su cuenta: Una pareja, Julie Kent y Marcelo Gomes, se encuentran fortuitamente y son inducidos al amor por un Cupido habilidoso y romántico, que además, llevaba sobre la espalda unas alas que fueron motivo de risa para el público menos sofisticado.

Este personaje le dio oportunidad a su intérprete, ese dinamo humano que se llama Ángel Corella, a girar vertiginosamente como muy pocos pueden hacerlo, y a elevarse por los aires como si estuviera en su morada natural, mientras trataba de unir a los presuntos amantes. Hay otros dos personajes identificados con el título de la obra, a cargo de Carlos López y el recién llegado Craig Salstein, que personifican a un par de traviesos sátiros responsables también por la coreografía más estelar y sobre quienes recae la desagradable tarea de desunir a los amantes, aparte de bailar magníficamente. Aparecen además otras cinco figuras masculinas, lúgubres en sus atavíos de color negro, Julio Bragado Young, David Hallberg, Carlos Molina, Dartanion Reed y Ricardo Torres, que el programa describe como La Pared, y se mueven con la lentitud de una cinta fílmica rodada en cámara lenta. En resumidas cuentas, "Sin and Tonic" es una pieza con insinuaciones de ballet, pero enfrascada en problemas psicológicos de resoluciones violentas, que termina con una silenciosa bofetada que la Kent planta en la cara de Gomes. Con esto, se apagan los reflectores y cae el telón.

"Within You Without You: a tribute to George Harrison", el llamado Beatle silencioso, es el sugestivo título que los coreógrafos Stanton Welch, Ann Reinking, NatalieWeir y David Parsons concertaron para entregar al magnífico reparto –vestidos por Catherine Zuber–, rutinas trémulas y vertiginosas que de pronto cambian a pura ensoñación amorosa. Para ello usaron las composiciones de Harrison y de los otros miembros del fabuloso cuarteto durante la era de sus mayores triunfos.

En solos, dúos, tríos y conjuntos de todos los tamaños, ya fuera en estilo "funky", "rock’n roll", "hip.hop", o como simples actos de acrobacia, ya que hubo pocas muestras de ballet en su más puro estado, los que más se destacaron fueron, sin duda alguna, Ángel Corella, Joaquín De Luz, Herman Cornejo y la pareja formada por Sandra Brown y José Manuel Carreño. La excelencia de las técnicas individuales de estos portentosos bailarines ha servido para darle la pauta al coreógrafo para idear una pieza de gran intensidad, muy "a lo Broadway". No obstante, se utilizan algunos movimientos demasiado vulgares que no lucen bien ni en lo moderno, y mucho menos en una compañía de ballet. Al final, sin convertirlo en melodrama, la cara de Harrison se proyecta sobre el telón de fondo, para ser saludada por Julie Kent con un gesto sencillo de la mano: un simple tributo de afecto al Beatle menos famoso que, donde quiera que ahora se encuentre, debe haber recibido con extrema simpatía.

Las melosas inspiraciones de Richard Rodgers han dominado las ondas sonoras y los corazones de los estadounidenses desde la tercera década del siglo XX. En esta instancia, unidas a las galas que se llevan a cabo en todo el país para celebrar el centenario de su nacimiento, el coreógrafo Lar Lubovitch concertó una serie de danzas al estilo de bailes de salón que ha titulado "…smile with my heart". Un grupo de seis bailarines en parejas que, a través de sus movimientos, entregan al público las palabras que no se vocalizan de las más gustadas composiciones de Rodgers. El acompañamiento musical, compuesto por un sexteto formado por tres violonchelos, flauta, oboe y piano, fue situado en una plataforma sobre el escenario, y los arreglos musicales sonaron a música de cámara. El vestuario de Ann Whitley es contemporáneo, lo cual permite situar a los bailarines en una era indefinida. No obstante, el resultado es agradable y elegante, y las parejas en cuestión, Sandra Brown y Marcelo Gomes (en un "My Funny Valentine" para la historia), Erica Cornejo y Ángel Corella (tan deliciosos como "The Sweetest Sounds"), al igual que Elisabeth Gaither con Ethan Stiefel (quienes recuerdan momentos idos en "Where or When"), llevaron el montaje a una feliz realización. No en balde los asistentes no solo aplaudieron a rabiar, sino que al final se hicieron oír varios bravos estruendosos. Charles Barker, David Lamarche y Ormsby Wilkins se intercambiaron la batuta durante el curso de la temporada.

 
Volver al principio
 
 

TANGO A MEDIA LUZ
Lección de tango
Por Martiza Gueler (USA)

Desde el gran "boom" del tango en los Estados Unidos -a principios de los ’80 con el espectáculo "Tango Argentino"-, pocos, o mejor dicho, casi nadie, osó escaparse de la veta comercial de este tipo de propuesta. La taquilla cerraba con "localidades agotadas" y cifras atractivas para los productores. Cambiar el repertorio frente a un público totalmente embriagado por la sensualidad de esta danza implicaba e implica aún hoy, un riesgo que pocos empresarios están dispuestos a correr. Ahondar en las raíces más profundas del tango y, como consecuencia, de las danzas tradicionales argentinas, representa un gran desafío a la hora de pensar en las cifras.

Pampa Cortés, reconocido bailarín y gran maestro de tango y folklore, cuya experiencia se remonta a la época de los grandes maestros de la danza argentina como Santiago Ayala "El Chúcaro", Mario Machaco y hasta el mismísimo Juan Carlos Copes, supo encontrar esta síntesis con acabado estilo. "¡Argentina! Tango y malambos" es una conjunción delicada y respetuosa donde se funden el tango y el folklore de manera inteligente y atractiva. Cada una de las danzas se instala en el escenario con su carácter distintivo, con su encanto y su diafanidad.

El espectáculo, dividido en dos partes, hace un recorrido histórico sutil por las diferentes etapas por las que transitó el tango y también, por los ritmos tradicionales que aún hoy, prevalecen en el interior del país. Bellas danzas, poco conocidas en el exterior -también en el propio país, dada la desvinculación de las nuevas generaciones con el folklore-, muestran a un grupo de bailarines entrenado para abordar diferentes géneros. Cortés diagramó un show que comienza con una escena en la que un gaucho desarrolla las frases de un malambo para luego transformarse en un compadrito que baila el tango. Un símbolo interesante e ingenioso para introducir al espectador en los orígenes de las danzas argentinas. Así comienza una sucesión de escenas, algunas con cierta ambientación y secuencias semi teatrales, que permiten pintar el espíritu de la sociedad de la época. Otras, en cambio, están dedicadas específicamente a la danza, sin metáforas ni simbolismos.

Por allí desfilan las milongas del 1900 y los estilos tangueros que evolucionaron a través de las diferentes décadas entre los años ’20 y los ’40; épocas en las que el tango tuvo su evolución desde el punto de vista musical y, al mismo tiempo, fue ganando mercados internacionales para, luego, caer en un misterioso ostracismo. Escenas de conjunto, parejas de baile y trabajos individuales, permiten advertir diferentes estilos. Sabio maestro de ceremonias, director del espectáculo y coreógrafo de los trabajos grupales, Cortés permite el lucimiento de cada uno de sus bailarines, enaltece su trabajo y sus habilidades y logra un espectáculo armónico, equilibrado, con toques de humor y un espíritu muy especial.

Las parejas formadas por Fabián y Marión Acosta, Gastón Cena y Gloria Otero, Claudio Otero y Elizabeth Rochella y Alde Sarmiento y Lisette Perelle, se inclinan hacia un tango más acrobático y efectista que apela más al llamado "tango fantasía". No obstante, Pampa y Valeria Cortés, optan por un estilo más sobrio, profundo, masticado desde la esencia original del tango. La sensualidad de esta danza está puesta a partir de la forma en que Cortés lleva a su compañera, la deja lucir como bailarina en todo su esplendor femenino, mientras cumple el magnífico rol del "varón" en el más puro lenguaje del tango.

En la primera parte de "¡Argentina! Tango y Malambos", el director introduce una fantástica e irónica presentación: tres bailarinas americanas expertas en boleadoras. Demostración de habilidad y destreza que sólo era privativa de los hombres de las pampas argentinas durante el siglo XIX. Una bella zamba bailada por Pampa Cortés y Gloria Otero muestra la delicada sensualidad de los bailes tradicionales. Un contrapunto de malambo (zapateado) pone en juego la destreza de los bailarines y la pureza del estilo. En el final de la primera parte, Cortés plantea una coreografía grupal basada en "La Cumparsita", famosa partitura escrita por Gerardo Matos Rodríguez en 1917. Los bailarines inician sus movimientos sin tocarse, con desplazamientos "canyengues" y minuciosos, para luego lanzarse en una atractiva rueda de habilidades. Interesante despliegue coreográfico.

Malambo de danzas, malambo de poncho (realizado con habilidad y gracia por Gloria Otero), malambo de bombos y malambo de boleadoras, inician la segunda parte de este espectáculo que incluye una gran diversidad de elementos. El virtuosismo de Guillermo Gomez ("Forever Tango" y "Malambo") en su malambo acompañado por el guitarrista Enrique Coria, marcó otro punto atractivo de este espectáculo. En el final, Cortés da paso a cada una de las parejas a través de propuestas musicales más renovadoras, lideradas por música de Astor Piazzolla, el célebre Horacio Salgán y Lalo Schiffrin. "La era moderna del tango y el folklore", tal como la denomina el director en el programa de mano, es una magnífica síntesis de la evolución del tango. La iluminación, sobria, sin efectos especiales ni trampas escénicas, permite que la danza y los bailarines sean los protagonistas de este espectáculo que bien merece una larga temporada en los teatros de la ciudad.

 
 
Pampa y Valeria Cortés y el tango de la década del ’40 en el espectáculo "¡Argentina! Tango y Malambos".
Foto: Marty Sohl. Gentileza de Tango a Media Luz.
 
 
Volver al principio
 
 
 
El grupo catalán Roseland Musical presenta una historia de amor entre muñecos de trapo que culmina con final feliz.
Foto gentileza de Dantzaldia.
 
 
 

ROSELAND MUSICAL
Intrépidos juguetes
Por Iratxe de Arantzibia (España)

La compañía catalana Roseland Musical presentó su espectáculo "El país sin nombre" dentro de la jornada para público familiar organizada por el festival Dantzaldia, una iniciativa novedosa dentro de la muestra coreográfica bilbaína. Fantasía y magia en partes iguales, destinadas a endulzar el acercamiento de los ‘peques de la casa’ al mundo de la danza y el teatro. El patio de butacas de la Sala-Teatro A1 del Palacio Euskalduna, rebosante de padres e hijos expectantes ante el desenlace de este cuento bailado, rondó el ‘no hay entradas’ con un aforo de 550 personas. Tras una hora de incertidumbre, la historia de amor entre la muñeca Florencia y el muñeco Valentín culminó con el final feliz tan anhelado. Y todos comieron perdices, vivieron felices y obtuvieron el aplauso unánime de los ‘temidos’ críticos infantiles, satisfechos con su primer contacto con las bambalinas.

Dice la leyenda que las noches de luna llena son tan mágicas que hasta la ocurrencia más disparada puede convertirse en realidad. Aquella era una noche donde la señora Luna lucía toda su redondez. En un almacén de juguetes, una tímida muñeca de trapo, Florencia, emprende una valerosa cruzada para encontrar a su amado Valentín. Para conseguir su objetivo deberá sortear innumerables obstáculos. Desde la cadena de montaje hasta el área de almacenamiento y distribución de los juguetes más variopintos, intentarán que desista de su empeño. Únicamente contará con la inestimable ayuda del reloj parlanchín (David Pinto), quien a modo de maestro de ceremonias la guiará por la senda correcta en su heroica misión.

Ciertamente, la idea de los juguetes que cobran vida durante la noche no es novedosa, no obstante, el tratamiento del tema y la exquisita minuciosidad de cada detalle hablan de la calidad del trabajo de la compañía liderada por la coreógrafa Marta Almirall. Admirables los esfuerzos en la adecuación al castellano -su lengua original era el catalán- de la música original de José Manuel Pagán y, sobre todo, es digno de felicitaciones el estupendo equipo de vestuario y "atrezzo". Los trajes de vistosos e irreales colores resultan, desde el punto de vista óptico, muy adecuados a la estética del cuento, y a la vez, atraen la atención de los niños.

Pocas son las compañías españolas que crean productos coreográficos dedicados al público infantil. Grupos como Ananda Dansa, Aracaladanza o Nats Nus (en su última etapa) construyen espectáculos guiados, principalmente, por el espíritu pedagógico, para iniciar un primer contacto infantil con la danza. En este sentido, la compañía catalana Roseland Musical cuenta en su haber con seis montajes infantiles en su dilatada carrera artística de casi 20 años sobre los escenarios. Toda una sólida y respetable trayectoria de la que hacen gala en este liviano cuento. Cuestión aparte es el desarrollo coreográfico de "Un país sin nombre", donde la danza de los bailarines -David Pinto, Inma Vicente, Marta Medina, Mónica Monge, Anna Marín, Norma Ros y Fiona Rycroft- brilla casi por su ausencia. Se abusa del monólogo y de la voz en off en el aspecto narrativo, y deja como un simple entretenimiento la danza gestual y mecánica de los muñecos.

"Un país sin nombre", cuento con ingredientes de danza, música y teatro, es una tierna historia de amor entre muñecos de trapo que apela a la imaginación de un nutrido grupo de pequeños que rió, sufrió y suspiró con la dulce Florencia y su apasionado amor por Valentín. Sin duda, un buen espectáculo para iniciar a los potenciales espectadores del futuro en el mundo de la danza. Por otra parte, es una interesante iniciativa de Dantzaldia en su afán de abrirse a públicos de todas las edades. Y así, con la compañía satisfecha por la estupenda acogida de su trabajo, con los niños encantados con su visita al teatro y los mayores, que disfrutaron de la alegría de sus vástagos, colorín, colorado, este cuento ha terminado.

Volver al principio
 
 

PANTXIKA TELLERIA
Expulsados del Paraíso
Por Iratxe de Arantzibia (España)

El programa "Eden" es un tríptico con el que la coreógrafa vascofrancesa Pantxika Telleria inauguró la programación conjunta de Donostia Kultura (Patronato Municipal de Cultura) y la Diputación Foral de Gipuzkoa (organismo provincial) para el curso escolar 2002-2003 en San Sebastián. El espacio de Gazteszena en la donostiarra Casa de Cultura de Egia, acogió la puesta de Telleria que incluyó un trío de piezas de corte principalmente neoclásico. Un espectáculo de gran belleza y rigor académico que gustó a los amantes del clasicismo y supo a poco para los espectadores más vanguardistas.

Pantxika Telleria (San Juan de Luz, 1972), seleccionada por su trabajo "Firua" en la VI Muestra de Jóvenes Coreógrafos Vascos, confecciona un extenso programa de hora y media de duración, donde ahonda más en su investigación de los caminos que transitan conjuntamente el ballet clásico y la danza contemporánea. A partir de la dualidad del término "Eden"- paraíso en hebreo y veneno en el dialecto vizcaíno del euskera-, crea tres breves coreografías donde narra diferentes estadios de la bíblica expulsión del Paraíso a esta dura vida de hipocresía y mentira.

"Andante", primera visión del edén arrebatado por la maldita manzana, constituye un bellísimo poema de danza exquisita y técnicamente muy precisa en su ejecución. Sébastien Bertaud- bailarín de la Ópera de Paris- y Claire Massias en el papel de un Adán y una Eva cualquiera, bailan de manera pulcra esta historia de relaciones humanas, de amor y desamor sobre la magnífica música de Franz Schubert. Sin duda, su gran formación clásica se delata en cada preciso movimiento. Además, la propia Telleria gusta del clasicismo en la construcción de su personal vocabulario coreográfico. Por ello, la elección de estos estupendos bailarines desde el punto de vista técnico no hace sino reafirmar su declaración de principios como creadora.

Una mujer misteriosa, sibilina y enigmática protagoniza el solo "Eden", una pieza muy visual con claras influencias del montaje cinematográfico. Flashes de luz que se encienden y apagan en breves instantes y fundidos en negro, son algunos recursos de iluminación que hacen de esta coreografía una especie de videoclip con reminiscencias del Séptimo Arte. La bailarina Mélisande Carre, enfundada en un atuendo rojo-pasión, encarna a esta "femme" fatal, una mezcla venenosa entre la serpiente y la manzana del Paraíso. Su danza, menos académica que la del tándem Bertaud-Massias, se acerca más al estilo contemporáneo, con movimientos sinuosos y electrizantes.

La maldición recae sobre el ser humano en el instante en que una sabrosa manzana se cruza en su camino. Expulsado del edén, habrá de padecer enfermedades, sufrimientos y necesidades antes ignoradas. La mentira y la hipocresía, hermanas de una misma madre, tomarán carta de naturaleza en el nuevo mundo del Adán y Eva post-paraíso. Y precisamente, las infinitas máscaras sociales son el punto de partida de "Exquise exubérance", una visión sarcástica de las relaciones humanas. Primer trabajo largo de la compañía EliralE presentado en el último festival de Carcassone, esta pieza incluye cuatro bailarines -quizás descendientes de los primeros pobladores-, enfrentados contra los espejismos distorsionados de sus roles sociales. El cuarteto fluirá en movimientos de convergencia (coordinación) y alejamiento (descoordinación) para sucumbir por el peso de su propia máscara.

Mayor hondura de planteamiento coreográfico donde Telleria da libertad a sus personajes para vagar por diferentes registros: desde la plasticidad de algunos movimientos cercanos a la esencia clásica hasta el libertino vigor contemporáneo. Esta pieza adolece, eso sí, de una excesiva duración que deja al descubierto algunos pequeños abismos creativos. No obstante, es una coreografía con rigurosos planteamientos y seria ejecución. "Eden", representa una síntesis perfecta de las diferentes esencias de las que se compone el vocabulario coreográfico de la joven creadora Pantxika Telleria. Clásico paraíso terrenal.

 
 
“Eden” es un tríptico que retrata la condición humana a través de la mirada de la coreógrafa vascofrancesa Pantxika Telleria.
 
 

 

 
Volver al principio
 
 
  "The Vertiginous Thrill of Exactitude", obra de William Forsythe que requiereextrema velocidad.
Foto: Marty Sohl. Gentileza del SFB.
 

SAN FRANCISCO BALLET
Los visitantes del oeste
Por Célida P. Villalón (USA)

Una nueva visita del Ballet de San Francisco -la compañía de danza más antigua de los Estados Unidos-, permitió al público neoyorquino admirar una vez más el interesante grupo que está bajo la égida de Helgi Tomasson desde 1985. Integrado en el presente por variados talentos; todos ellos, sin llegar al virtuosismo que tanto atrae y deslumbra al público, pueden proclamar a viva voz, ser dueños de una excelente escuela. Por otra parte, la programación presentada contenía obras para todos los gustos.

El joven coreógrafo Christopher Wheeldon ya está consolidado como una de las grandes promesas en ese campo. Llamado promesa, más por su juventud que por sus variados triunfos que ya lo sitúan entre las realidades del presente. "Continuum" es la segunda obra -la tercera fue montada recientemente por el New York City Ballet- en la que Wheeldon trabaja con el compositor húngaro, György Ligeti, que en esta instancia es música de estructura polifónica, mayormente para piano, aquí a cargo de Michael McGraw, secundado por Daniel Waite en los pasajes a cuatro manos. El magnífico cuarteto que la interpretó esa noche, Julie Diana y David Arce, Kristin Long y Gonzalo García, Yuan Yuan Tan y Damian Smith, con Muriel Maffre y Benjamin Pierce, ataviados en simples "leotards", exponen durante los primeros quince minutos patrones totalmente neoclásicos (que incluyen pies no punteados en demasía) mientras las bailarinas se enredan como reptiles en sus compañeros. Después, los pasos continúan repitiéndose al igual que los sonidos, y la monotonía se adueña de la escena.

La conocida tragedia de "Medea", en un intento coreográfico demasiado ambicioso de Yuri Possokhov, bailarín principal del conjunto, fue llevada a la escena con el Corps de Ballet que simulaba un coro del teatro clásico griego. La escenografía -un árbol carente de ramas y rastrojos de hierba mala- y el vestuario, acreditado a Thyra Hartshorn, así como la música, de Ravel -Pavana para una Infanta Difunta y Concierto en Re Mayor para la mano izquierda- aportan las dos ambientaciones diferentes que la obra requiere: languidez y romanticismo, seguido por furia disonante. Sin embargo, Guennadi Nedviguine y Nicole Starbuck como Jason y la Princesa, no ofrecieron apasionada definición al gran amor que había entre ellos, causa principal que da al traste con la razón de Medea. El rol de esa trágica figura de la mitología, entregado a la bailarina cubana Lorena Feijóo, salió adelante gracias al apasionamiento inherente de quien ha nacido y crecido bajo el sol del trópico. Ese día el programa terminó con el divertido "Sandpaper Ballet", producto de la fértil imaginación de Mark Morris, una estampa pletórica de filas y travesuras inspiradas en la conocida música de Leroy Anderson. (¿Quién, entre los asistentes a la función, no ha tarareado alguna vez "Sleigh Ride" o "The Tyepewriter"?). Si a esto se añade el llamativo vestuario de Isaac Mizrahi (unitards con blusas en blanco y un estridente color verde del torso hacia la punta de los pies), no es difícil adivinar el agradable resultado.

Dos piezas harto conocidas en esta ciudad resaltaron en los otros programas: "Rubies" del binomio Balanchine-Stravinsky, y "Paquita", de Petipa y música de Minkus y otros compositores, montado con gran meticulosidad por Natalia Makarova. Entre las obras nuevas se hicieron notar "Chi-Lin" de Tomasson y música de Bright Sheng, "Solo" de Hans van Manen sobre Bach, "Chaconne for Piano and Two Dancers", con Roy Bogas, quien interpretó la música de Handel en otra coreografía de Tomasson, así como "The Vertiginous Thrill of Exactitude", del impredecible William Forshythe, con música de Schubert, y exótico vestuario femenino de Stephen Galloway.

"Chi-Lin" es una fantasía sin importancia que incluye un unicornio (Yuan Yuan Tan, la heroína del título), un dragón (Sergio Torrado), una tortuga (Pierre Francois Vilanoba) y el ave fénix (Parrish Maynard), además de cinco doncellas que agitan pañuelos al aire, y cuatro abanderados que portan banderines con insignias. El propio compositor, Sheng, dirigió la orquesta esa noche, y el solo de violín estuvo a cargo de Roy Malan. Los asistentes, a juzgar por los aplausos, quedaron muy complacidos con el montaje, aunque un público totalmente infantil hubiera sido más apropiado para esta puesta en escena. Por otra parte, aplausos muy especiales deben tributarse por igual a las obras y a los intérpretes de las tituladas "Solo" (en realidad un trío de espectaculares bailarines, compuesto por Peter Brandenhoff, Stephen Legate y Guennadi Nedviguine, todos llenos de gran vitalidad), "Chaconne" (con la magnífica pareja formada por Kristin Long y Yuri Possokhov, un estudio neoclásico del arte de bailar en pareja), al igual que "The Vertiginous Thrill…" (Lorena Feijóo, Katita Waldo, Vanessa Zahorian, Parrish Maynard y Gonzalo García, cuyos pasos llegaban al límite de la velocidad). Cada una de estas piezas es interesante en sí, y la coreografiada por Forsythe especialmente, obliga a sus intérpretes a moverse en tiempos extremadamente rápidos que alcanzaron, en esta instancia, sin ningún tropiezo. La orquesta estuvo bajo la batuta acertada de Neal Stulberg.

 
Volver al principio
 
 

MAXIMILIANO GUERRA Y EL BALLET DEL MERCOSUR
Más moderno que clásico
Por Enrique Honorio Destaville (Argentina)

Maximiliano Guerra -indiscutido bailarín estrella que triunfó en el repertorio clásico- ha virado 180† para adentrarse exclusivamente en el campo de lo contemporáneo. También volcó el acervo artístico del Ballet del Mercosur -que dirige- hacia ese estilo. El nuevo ciclo de presentaciones tuvo lugar en el Teatro Broadway, sala que por años se había dedicado también al cine. Allí el público pudo admirarlo nuevamente en algunas obras que se han convertido en "caballitos de batalla" de sus espectáculos. "Arms" y "Con Gloria Morir", ballets que, sin duda, podrían considerarse "menores" de dos coreógrafos bien conocidos: el italiano Mauro Bigonzetti y el argentino Oscar Araiz. Bigonzetti parece estar "de moda" en estos tiempos al lucir su producción en compañías italianas o en el Ballet Argentino de Julio Bocca.

Ambas obras ponen de manifiesto plasticidad en el movimiento y en la expresión corporal, a lo que debe adicionarse la carga emotiva que sabe imprimir Guerra a la obra de Araiz. Todo coronado -claro está- por su viril estampa y notable físico. No obstante, el sustento coreográfico y sus "partenaires", deben seleccionarse con mayor cuidado y evitar otras intrascendencias y obras de escaso valor musical como se observan en este ciclo. Ciertamente, al lado del bailarín corresponde una figura con presencia escénica y artística.

Entre tanto, en la compañía del Mercosur se observan bailarines valiosos como Carolina Capriati, Leandro Ferreira y Germán Esquibel, entre otros, pese a que aún falta expresividad en general. Técnica no falta, pero los rostros impávidos y sin expresión no aportan calor ni color a lo que se está bailando. De allí que se desnaturalizara la sabrosa pieza paródica -de fino humor- "Paso a Tres" de Mauri-Alberto Méndez, repuesta por Loipa Araujo. Una realización que halló gran repercusión en Buenos Aires hace muchos años, en ocasión de giras del Ballet Nacional de Cuba. Relevante -en cambio- el estreno de "Fratres" de Arvo Part-Miguel Robles. Obra contemporánea de equilibrada musicalidad y notable plástica del movimiento, de estética belleza, muy bien interpretada por un grupo de integrantes del Ballet del Mercosur. Miguel Robles es un joven coreógrafo argentino a tener muy presente, por la trascendencia de su producción, siempre con mensaje, y su nivel artístico.

 

Volver al principio

 
© 2002 - Todos los derechos reservados.