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BALLET BOLSHOI
Sencillamente
indestructible
Por Martiza
Gueler (USA)
Más
allá de la crisis posterior a la caída
de la Unión Soviética, más
allá de las dificultades económicas
por las que atravesó la compañía
durante la década del 90, más
allá de los cambios de dirección
y de la incertidumbre que ello implica, el Ballet
Bolshoi sigue siendo uno de los mejores del mundo.
Una escuela única e irrepetible, el Bolshoi
da cátedra de la mejor danza. Luego de
15 años de ausencia en el área de
la Bahía de San Francisco (California)
-tiempo excesivo para una región que se
precia de promover la danza-, la compañía
rusa llegó al escenario del Zellebach Hall
de UCBerkeley con uno de los principales títulos
del repertorio clásico, "El lago de
los cisnes".
La
primera versión incompleta de esta obra
se presentó en 1877 en el Teatro Bolshoi
con Pauline Karpakova en el rol principal. Este
fue el primer ballet de la trilogía de
clásicos compuesta por Piotr Ilych Tchaikovsky
("Cascanueces", 1892 y "La bella
durmiente", 1890). Sin embargo, la obra completa
recién se estrenó, con coreografía
de Marius Petipa y Lev Ivanov, en 1895 en el Teatro
Mariinskii de San Petersburgo. Entonces, la célebre
Pierina Legnani fue la protagonista del doble
rol de Odette-Odile y Pavel Gerdt fue el príncipe
Sigfrido. La obra realizada por la irrebatible
dupla Petipa-Ivanov se convirtió inmediatamente
en uno de los grandes éxitos del ballet.
Diversas modificaciones posteriores, siempre sobre
la base de la original de 1895, alzaron vuelo
a lo largo de estos dos siglos.
La
versión de Yuri Grigorovich, alma máter
del Ballet Boshoi durante tres décadas,
tuvo sus bemoles y contradicciones ideológicas.
Más inclinado a la visión impuesta
por Tchaikovsky en su partitura, Grigorovich basó
su coreografía en la de Petipa-Alexander
Gorsky (1901) y puso un sello trágico al
final conciliador de ciertas versiones anteriores.
No obstante, el gobierno soviético censuró
esa puesta, en busca de una resolución
feliz para esta historia que pone en juego el
bien y el mal como ejes simbólicos del
argumento. Finalmente, el estreno llegó
en diciembre de 1969. En los roles principales:
Natalia Bessmertnova, Nikolai Fadeyechev y Boris
Akimov, actual director artístico de la
compañía.
El
Ballet Bolshoi recuperó la versión
original de Grigorovich. Con una atractiva y moderna
puesta en escena, ingenioso vestuario y una armónica
combinación de colores propuesta por Simon
Virsaladze, la obra lució en todo su esplendor.
Excelente desempeño del cuerpo de baile
que exhibe, en el primer acto, la destreza de
sus integrantes a través de los bailes
de salón y "divertissement"que
se desarrollan durante la celebración del
cumpleaños del príncipe Sigfrido.
Cabe destacar el magnífico desempeño,
a través de "pirouettes" y saltos
acrobáticos a una velocidad sobrehumana
-perfectamente a "tempo"- del bufón,
Morihiro Ivata. Fantástico en su papel.
Por su parte, Elena Andrienko y Marianna Alexandrova,
mostraron sutileza y alto nivel interpretativo
en el "pas de trois" con el príncipe.
María Alexandrova hizo una seductora y
atractiva princesa española que intentaba,
en vano, seducir al príncipe.
En
la escena segunda del primer acto, Sigfrido, seguido
por el "Genio maléfico" -nombre
con el que Grigorovich bautiza al malvado mago
Rothbart de las versiones anteriores-, descubre
un misterioso lago donde moran las jóvenes-cisnes.
El acto blanco, donde el príncipe descubre
a Odette y le promete amor y fidelidad eterna,
es una extraordinaria muestra de la perfección
que siempre caracterizó al Bolshoi. Su
sello indiscutible. El cuerpo de baile es, sencillamente,
impecable. Una sola mano, una sola línea,
una sola bailarina. Sincronización, perfecta
simetría y delicadeza. La serenidad y la
precisión con la que el director de orquesta,
Alexander Sotnikov, conduce a los músicos
de la Berkeley Symphony Orchestra en este acto,
es una clase de dirección de orquestal
para ballet. Una maravillosa fusión entre
la danza y la música.
Espléndida,
Nadezhda Gracheva en la temblorosa Odette y su
estático abandono de mujer-cisne. Lejos
de buscar el efectismo fácil, esta delicada
y fina bailarina -de la más pura escuela
rusa- hace una conmovedora interpretación
y, al mismo tiempo, una magnífica muestra
de precisión técnica y sutileza
interpretativa. Maravillosos brazos -que por momentos,
parecen alas reales- y brillante composición
actoral. Su frío y distante personaje de
mujer encantada se transforma en malévolo
fuego cuando, con su traje negro, entra en el
palacio como una seductora y desafiante Odile,
en la escena tres del segundo acto. Arrolladora
destreza y refinada interpretación en el
pas de deux que es la piedra angular para cualquier
bailarina.
Por
su parte, Andrey Uvarov, como Sigfrido, es un
bailarín que se destaca por la facilidad
con que realiza sus saltos, la precisión
en sus caídas y su excelente desempeño
como partenaire. Como bailarín, crece y
se reafirma en su papel cuando encuentra a Gracheva.
Dmitry Belogolovtsev es un fantástico genio
maligno cuyo rol se desarrolla a medida que transcurre
la obra.
Si
bien la versión de Grigorovich puede tener
ciertos aspectos coreográficos y argumentales
cuestionables, quizás lo más desconcertante
sea el final, donde deja al príncipe solo
en su condenado destino de vivir después
de haber traicionado su promesa de fidelidad a
Odette. En esta síntesis perfecta de danza
académica, donde se pone en juego el virtuosismo
de los bailarines, se ensambla la poética
historia que trasciende el mundo de la fantasía
y se introduce en el terreno del mito. Una obra
de extraordinaria belleza, que el Ballet Bolshoi
se encarga de convertirla en una invalorable joya.
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Nadezhda
Gracheva y Andrey Uvarov al más puro estilo
ruso encarnan los personajes principales de "El
lago de los cisnes".
Fotos gentileza del Teatro Bolshoi y de Cal Performances
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Los cuadros blancos de este clásico del
ballet cobran una dimensión diferente a través
de los intérpretes del Ballet Bolshoi. |
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Limon
Dance Company, obras de diferentes coreógrafos
para una muestra de puro estilo y tradición
renovadora.
Foto Doug Cody. Gentileza de Limón Dance
Company. |
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LIMON
DANCE COMPANY
Hacia el futuro
Por Patricia
Aulestia (Desde Nueva York)
La
Limón Dance Company (1946) bajo la dirección
artística de Carla Maxwell y la dirección
ejecutiva de Mark W. Jones realizó un ensayo
abierto a beneficio de la The Limón Company Dancers'
Fundation. Una experiencia enriquecedora que permitió
al público acercarse -fuera del escenario- a
excelentes intérpretes y a coreografías
representadas sin artificios teatrales como pueden ser
el vestuario, la escenografía y la iluminación.
Espléndida danza y arte coreográfico en
plenitud.
"The
Moor's Pavane. (Variaciones sobre un tema de Otelo)"
(1949), obra maestra que mantiene viva la creatividad
excepcional de José Limón y que, aún
hoy, sigue siendo la inolvidable coreografía
que impactó la cultura sentimental de generaciones
de aficionados a la danza. Sus actuales intérpretes:
Raphaël Boumaïla, Kimiye Corwin, Kurt Douglas,
Kristen Foote, Mary Ford, Roxane D'Orléans Juste,
Ryoko Kudu, Brenna Monroe-Cook, Dante Puleio, Robert
Regala, Jonathan Riedel, Francisco Ruvalcaba, Charley
Scott, Roel Seeber. El protagónico cayó
sobre Francisco Ruvalcaba, como El Moro, en un excelente
trabajo donde se funden magníficamente la interpretación
y sus cualidades como bailarín. Ruvalcaba impone
sutileza e inteligencia para abordar un personaje complejo
con una fuerte impronta psicológica. Raphaël
Boumaïla, como Su Amigo; Roxane D'Orléans
Juste, como La Esposa del Amigo y Kimiye Corwin, como
La Esposa del Moro encarnan los trágicos personajes
y les imprimen un atractivo toque personal a cada uno
de ellos. El celoso Otelo contrasta su fuerza pasional
con la sutil inocencia de Desdémona y con el
suspicaz Iago que trama, implacable, la traición
con su cómplice Emilia. Amor y muerte condensados
en una pavana shakesperiana.
Indudablemente
los bailarines de la Limón Dance Company, conocedores
de un repertorio significativo de la historia corporal,
pueden asumir brillantemente otros estilos coreográficos.
Así lo hace Roxane D'Orléans Juste en
el breve y gracioso solo de "Heartbeats (Oneero)"
(1997) de Donald McKayle. Lo mismo ocurre con Jonathan
Riedel cuando impecablemente domina el "Etude"
(2002) de Carla Maxwell inspirado en movimientos de
Limón. Vitalidad, sensibilidad, vigor, limpieza,
son las características de estos entregados artistas
que hacen de cada obra una creación diferente,
como en "Phantasy Quintet" de Adam Hougland
y "The Unsightful Nanny" de Jonathan Riedel
(2002). Ritmo, velocidad y musicalidad, imprimen a las
secuencias "jazzísticas" de "In
Winter" (2001) de Billy Siengenfeld. Un programa
ecléctico y fascinante. La Limón Dance
Company es pues, un legado que apunta hacia el futuro.
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Ángel
Corella en el tributo al Beatle George Harrison,
obra compuesta por los coreógrafos Stanton
Welch, Ann Reinking, NatalieWeir y David Parsons.
Foto de Marty Sohl. Gentileza del ABT. |
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AMERICAN
BALLET THEATRE
De Bizet a The
Beatles
Por Célida
P. Villalón (USA)
Varias
novedades anunció el American Ballet Theatre
(ABT) para su acostumbrada corta temporada otoñal
del City Center. Con cuatro estrenos, dos reposiciones
("Orpheus in the Underworld" y "The
Garden of Villandry"), tres obras de repertorio
("Fancy Free", "Clear" y "Symphony
in C") y variados Pas de Deux, no es de extrañar
que el teatro estuviera lleno en casi todas las
funciones, aunque se hizo notar la ausencia de
algunas de las principales estrellas regulares
de la compañía.
Sobre
los estrenos, "Sin and Tonic", el primero
de la temporada, es una nueva composición
de James Kudelka, actual director del Ballet Nacional
de Canadá y poseedor de un currículum
impecable en ese campo. La obra está montada
sobre el "Concierto para Volín"
de Edgar Meyer (ese día fue interpretado
por la violinista Bonnie Terry Warner), y cuenta
con vestuario de Scott Zelinski. "Sin and
Tonic" tiene un texto escondido que resulta
ser complicado y que el público debe discernir
por su cuenta: Una pareja, Julie Kent y Marcelo
Gomes, se encuentran fortuitamente y son inducidos
al amor por un Cupido habilidoso y romántico,
que además, llevaba sobre la espalda unas
alas que fueron motivo de risa para el público
menos sofisticado.
Este
personaje le dio oportunidad a su intérprete,
ese dinamo humano que se llama Ángel Corella,
a girar vertiginosamente como muy pocos pueden
hacerlo, y a elevarse por los aires como si estuviera
en su morada natural, mientras trataba de unir
a los presuntos amantes. Hay otros dos personajes
identificados con el título de la obra,
a cargo de Carlos López y el recién
llegado Craig Salstein, que personifican a un
par de traviesos sátiros responsables también
por la coreografía más estelar y
sobre quienes recae la desagradable tarea de desunir
a los amantes, aparte de bailar magníficamente.
Aparecen además otras cinco figuras masculinas,
lúgubres en sus atavíos de color
negro, Julio Bragado Young, David Hallberg, Carlos
Molina, Dartanion Reed y Ricardo Torres, que el
programa describe como La Pared, y se mueven con
la lentitud de una cinta fílmica rodada
en cámara lenta. En resumidas cuentas,
"Sin and Tonic" es una pieza con insinuaciones
de ballet, pero enfrascada en problemas psicológicos
de resoluciones violentas, que termina con una
silenciosa bofetada que la Kent planta en la cara
de Gomes. Con esto, se apagan los reflectores
y cae el telón.
"Within
You Without You: a tribute to George Harrison",
el llamado Beatle silencioso, es el sugestivo
título que los coreógrafos Stanton
Welch, Ann Reinking, NatalieWeir y David Parsons
concertaron para entregar al magnífico
reparto vestidos por Catherine Zuber,
rutinas trémulas y vertiginosas que de
pronto cambian a pura ensoñación
amorosa. Para ello usaron las composiciones de
Harrison y de los otros miembros del fabuloso
cuarteto durante la era de sus mayores triunfos.
En
solos, dúos, tríos y conjuntos de
todos los tamaños, ya fuera en estilo "funky",
"rockn roll", "hip.hop",
o como simples actos de acrobacia, ya que hubo
pocas muestras de ballet en su más puro
estado, los que más se destacaron fueron,
sin duda alguna, Ángel Corella, Joaquín
De Luz, Herman Cornejo y la pareja formada por
Sandra Brown y José Manuel Carreño.
La excelencia de las técnicas individuales
de estos portentosos bailarines ha servido para
darle la pauta al coreógrafo para idear
una pieza de gran intensidad, muy "a lo Broadway".
No obstante, se utilizan algunos movimientos demasiado
vulgares que no lucen bien ni en lo moderno, y
mucho menos en una compañía de ballet.
Al final, sin convertirlo en melodrama, la cara
de Harrison se proyecta sobre el telón
de fondo, para ser saludada por Julie Kent con
un gesto sencillo de la mano: un simple tributo
de afecto al Beatle menos famoso que, donde quiera
que ahora se encuentre, debe haber recibido con
extrema simpatía.
Las
melosas inspiraciones de Richard Rodgers han dominado
las ondas sonoras y los corazones de los estadounidenses
desde la tercera década del siglo XX. En
esta instancia, unidas a las galas que se llevan
a cabo en todo el país para celebrar el
centenario de su nacimiento, el coreógrafo
Lar Lubovitch concertó una serie de danzas
al estilo de bailes de salón que ha titulado
"
smile with my heart". Un grupo
de seis bailarines en parejas que, a través
de sus movimientos, entregan al público
las palabras que no se vocalizan de las más
gustadas composiciones de Rodgers. El acompañamiento
musical, compuesto por un sexteto formado por
tres violonchelos, flauta, oboe y piano, fue situado
en una plataforma sobre el escenario, y los arreglos
musicales sonaron a música de cámara.
El vestuario de Ann Whitley es contemporáneo,
lo cual permite situar a los bailarines en una
era indefinida. No obstante, el resultado es agradable
y elegante, y las parejas en cuestión,
Sandra Brown y Marcelo Gomes (en un "My Funny
Valentine" para la historia), Erica Cornejo
y Ángel Corella (tan deliciosos como "The
Sweetest Sounds"), al igual que Elisabeth
Gaither con Ethan Stiefel (quienes recuerdan momentos
idos en "Where or When"), llevaron el
montaje a una feliz realización. No en
balde los asistentes no solo aplaudieron a rabiar,
sino que al final se hicieron oír varios
bravos estruendosos. Charles Barker, David Lamarche
y Ormsby Wilkins se intercambiaron la batuta durante
el curso de la temporada.
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TANGO A MEDIA LUZ
Lección
de tango
Por Martiza
Gueler (USA)
Desde
el gran "boom" del tango en los Estados
Unidos -a principios de los 80 con el espectáculo
"Tango Argentino"-, pocos, o mejor dicho,
casi nadie, osó escaparse de la veta comercial
de este tipo de propuesta. La taquilla cerraba
con "localidades agotadas" y cifras
atractivas para los productores. Cambiar el repertorio
frente a un público totalmente embriagado
por la sensualidad de esta danza implicaba e implica
aún hoy, un riesgo que pocos empresarios
están dispuestos a correr. Ahondar en las
raíces más profundas del tango y,
como consecuencia, de las danzas tradicionales
argentinas, representa un gran desafío
a la hora de pensar en las cifras.
Pampa
Cortés, reconocido bailarín y gran
maestro de tango y folklore, cuya experiencia
se remonta a la época de los grandes maestros
de la danza argentina como Santiago Ayala "El
Chúcaro", Mario Machaco y hasta el
mismísimo Juan Carlos Copes, supo encontrar
esta síntesis con acabado estilo. "¡Argentina!
Tango y malambos" es una conjunción
delicada y respetuosa donde se funden el tango
y el folklore de manera inteligente y atractiva.
Cada una de las danzas se instala en el escenario
con su carácter distintivo, con su encanto
y su diafanidad.
El
espectáculo, dividido en dos partes, hace
un recorrido histórico sutil por las diferentes
etapas por las que transitó el tango y
también, por los ritmos tradicionales que
aún hoy, prevalecen en el interior del
país. Bellas danzas, poco conocidas en
el exterior -también en el propio país,
dada la desvinculación de las nuevas generaciones
con el folklore-, muestran a un grupo de bailarines
entrenado para abordar diferentes géneros.
Cortés diagramó un show que comienza
con una escena en la que un gaucho desarrolla
las frases de un malambo para luego transformarse
en un compadrito que baila el tango. Un símbolo
interesante e ingenioso para introducir al espectador
en los orígenes de las danzas argentinas.
Así comienza una sucesión de escenas,
algunas con cierta ambientación y secuencias
semi teatrales, que permiten pintar el espíritu
de la sociedad de la época. Otras, en cambio,
están dedicadas específicamente
a la danza, sin metáforas ni simbolismos.
Por
allí desfilan las milongas del 1900 y los
estilos tangueros que evolucionaron a través
de las diferentes décadas entre los años
20 y los 40; épocas en las
que el tango tuvo su evolución desde el
punto de vista musical y, al mismo tiempo, fue
ganando mercados internacionales para, luego,
caer en un misterioso ostracismo. Escenas de conjunto,
parejas de baile y trabajos individuales, permiten
advertir diferentes estilos. Sabio maestro de
ceremonias, director del espectáculo y
coreógrafo de los trabajos grupales, Cortés
permite el lucimiento de cada uno de sus bailarines,
enaltece su trabajo y sus habilidades y logra
un espectáculo armónico, equilibrado,
con toques de humor y un espíritu muy especial.
Las
parejas formadas por Fabián y Marión
Acosta, Gastón Cena y Gloria Otero, Claudio
Otero y Elizabeth Rochella y Alde Sarmiento y
Lisette Perelle, se inclinan hacia un tango más
acrobático y efectista que apela más
al llamado "tango fantasía".
No obstante, Pampa y Valeria Cortés, optan
por un estilo más sobrio, profundo, masticado
desde la esencia original del tango. La sensualidad
de esta danza está puesta a partir de la
forma en que Cortés lleva a su compañera,
la deja lucir como bailarina en todo su esplendor
femenino, mientras cumple el magnífico
rol del "varón" en el más
puro lenguaje del tango.
En
la primera parte de "¡Argentina! Tango
y Malambos", el director introduce una fantástica
e irónica presentación: tres bailarinas
americanas expertas en boleadoras. Demostración
de habilidad y destreza que sólo era privativa
de los hombres de las pampas argentinas durante
el siglo XIX. Una bella zamba bailada por Pampa
Cortés y Gloria Otero muestra la delicada
sensualidad de los bailes tradicionales. Un contrapunto
de malambo (zapateado) pone en juego la destreza
de los bailarines y la pureza del estilo. En el
final de la primera parte, Cortés plantea
una coreografía grupal basada en "La
Cumparsita", famosa partitura escrita por
Gerardo Matos Rodríguez en 1917. Los bailarines
inician sus movimientos sin tocarse, con desplazamientos
"canyengues" y minuciosos, para luego
lanzarse en una atractiva rueda de habilidades.
Interesante despliegue coreográfico.
Malambo
de danzas, malambo de poncho (realizado con habilidad
y gracia por Gloria Otero), malambo de bombos
y malambo de boleadoras, inician la segunda parte
de este espectáculo que incluye una gran
diversidad de elementos. El virtuosismo de Guillermo
Gomez ("Forever Tango" y "Malambo")
en su malambo acompañado por el guitarrista
Enrique Coria, marcó otro punto atractivo
de este espectáculo. En el final, Cortés
da paso a cada una de las parejas a través
de propuestas musicales más renovadoras,
lideradas por música de Astor Piazzolla,
el célebre Horacio Salgán y Lalo
Schiffrin. "La era moderna del tango y el
folklore", tal como la denomina el director
en el programa de mano, es una magnífica
síntesis de la evolución del tango.
La iluminación, sobria, sin efectos especiales
ni trampas escénicas, permite que la danza
y los bailarines sean los protagonistas de este
espectáculo que bien merece una larga temporada
en los teatros de la ciudad.
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Pampa
y Valeria Cortés y el tango de la década
del 40 en el espectáculo "¡Argentina!
Tango y Malambos".
Foto: Marty Sohl. Gentileza de Tango a Media Luz.
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El
grupo catalán Roseland Musical presenta una
historia de amor entre muñecos de trapo que
culmina con final feliz.
Foto gentileza de Dantzaldia. |
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ROSELAND
MUSICAL
Intrépidos juguetes
Por Iratxe
de Arantzibia (España)
La
compañía catalana Roseland Musical presentó
su espectáculo "El país sin nombre"
dentro de la jornada para público familiar organizada
por el festival Dantzaldia, una iniciativa novedosa
dentro de la muestra coreográfica bilbaína.
Fantasía y magia en partes iguales, destinadas
a endulzar el acercamiento de los peques de la
casa al mundo de la danza y el teatro. El patio
de butacas de la Sala-Teatro A1 del Palacio Euskalduna,
rebosante de padres e hijos expectantes ante el desenlace
de este cuento bailado, rondó el no hay
entradas con un aforo de 550 personas. Tras una
hora de incertidumbre, la historia de amor entre la
muñeca Florencia y el muñeco Valentín
culminó con el final feliz tan anhelado. Y todos
comieron perdices, vivieron felices y obtuvieron el
aplauso unánime de los temidos críticos
infantiles, satisfechos con su primer contacto con las
bambalinas.
Dice
la leyenda que las noches de luna llena son tan mágicas
que hasta la ocurrencia más disparada puede convertirse
en realidad. Aquella era una noche donde la señora
Luna lucía toda su redondez. En un almacén
de juguetes, una tímida muñeca de trapo,
Florencia, emprende una valerosa cruzada para encontrar
a su amado Valentín. Para conseguir su objetivo
deberá sortear innumerables obstáculos.
Desde la cadena de montaje hasta el área de almacenamiento
y distribución de los juguetes más variopintos,
intentarán que desista de su empeño. Únicamente
contará con la inestimable ayuda del reloj parlanchín
(David Pinto), quien a modo de maestro de ceremonias
la guiará por la senda correcta en su heroica
misión.
Ciertamente,
la idea de los juguetes que cobran vida durante la noche
no es novedosa, no obstante, el tratamiento del tema
y la exquisita minuciosidad de cada detalle hablan de
la calidad del trabajo de la compañía
liderada por la coreógrafa Marta Almirall. Admirables
los esfuerzos en la adecuación al castellano
-su lengua original era el catalán- de la música
original de José Manuel Pagán y, sobre
todo, es digno de felicitaciones el estupendo equipo
de vestuario y "atrezzo". Los trajes de vistosos
e irreales colores resultan, desde el punto de vista
óptico, muy adecuados a la estética del
cuento, y a la vez, atraen la atención de los
niños.
Pocas
son las compañías españolas que
crean productos coreográficos dedicados al público
infantil. Grupos como Ananda Dansa, Aracaladanza o Nats
Nus (en su última etapa) construyen espectáculos
guiados, principalmente, por el espíritu pedagógico,
para iniciar un primer contacto infantil con la danza.
En este sentido, la compañía catalana
Roseland Musical cuenta en su haber con seis montajes
infantiles en su dilatada carrera artística de
casi 20 años sobre los escenarios. Toda una sólida
y respetable trayectoria de la que hacen gala en este
liviano cuento. Cuestión aparte es el desarrollo
coreográfico de "Un país sin nombre",
donde la danza de los bailarines -David Pinto, Inma
Vicente, Marta Medina, Mónica Monge, Anna Marín,
Norma Ros y Fiona Rycroft- brilla casi por su ausencia.
Se abusa del monólogo y de la voz en off en el
aspecto narrativo, y deja como un simple entretenimiento
la danza gestual y mecánica de los muñecos.
"Un país sin nombre", cuento con ingredientes
de danza, música y teatro, es una tierna historia
de amor entre muñecos de trapo que apela a la
imaginación de un nutrido grupo de pequeños
que rió, sufrió y suspiró con la
dulce Florencia y su apasionado amor por Valentín.
Sin duda, un buen espectáculo para iniciar a
los potenciales espectadores del futuro en el mundo
de la danza. Por otra parte, es una interesante iniciativa
de Dantzaldia en su afán de abrirse a públicos
de todas las edades. Y así, con la compañía
satisfecha por la estupenda acogida de su trabajo, con
los niños encantados con su visita al teatro
y los mayores, que disfrutaron de la alegría
de sus vástagos, colorín, colorado, este
cuento ha terminado.
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PANTXIKA TELLERIA
Expulsados del Paraíso
Por Iratxe
de Arantzibia (España)
El
programa "Eden" es un tríptico con
el que la coreógrafa vascofrancesa Pantxika Telleria
inauguró la programación conjunta de Donostia
Kultura (Patronato Municipal de Cultura) y la Diputación
Foral de Gipuzkoa (organismo provincial) para el curso
escolar 2002-2003 en San Sebastián. El espacio
de Gazteszena en la donostiarra Casa de Cultura de Egia,
acogió la puesta de Telleria que incluyó
un trío de piezas de corte principalmente neoclásico.
Un espectáculo de gran belleza y rigor académico
que gustó a los amantes del clasicismo y supo
a poco para los espectadores más vanguardistas.
Pantxika
Telleria (San Juan de Luz, 1972), seleccionada por su
trabajo "Firua" en la VI Muestra de Jóvenes
Coreógrafos Vascos, confecciona un extenso programa
de hora y media de duración, donde ahonda más
en su investigación de los caminos que transitan
conjuntamente el ballet clásico y la danza contemporánea.
A partir de la dualidad del término "Eden"-
paraíso en hebreo y veneno en el dialecto vizcaíno
del euskera-, crea tres breves coreografías donde
narra diferentes estadios de la bíblica expulsión
del Paraíso a esta dura vida de hipocresía
y mentira.
"Andante",
primera visión del edén arrebatado por
la maldita manzana, constituye un bellísimo poema
de danza exquisita y técnicamente muy precisa
en su ejecución. Sébastien Bertaud- bailarín
de la Ópera de Paris- y Claire Massias en el
papel de un Adán y una Eva cualquiera, bailan
de manera pulcra esta historia de relaciones humanas,
de amor y desamor sobre la magnífica música
de Franz Schubert. Sin duda, su gran formación
clásica se delata en cada preciso movimiento.
Además, la propia Telleria gusta del clasicismo
en la construcción de su personal vocabulario
coreográfico. Por ello, la elección de
estos estupendos bailarines desde el punto de vista
técnico no hace sino reafirmar su declaración
de principios como creadora.
Una
mujer misteriosa, sibilina y enigmática protagoniza
el solo "Eden", una pieza muy visual con claras
influencias del montaje cinematográfico. Flashes
de luz que se encienden y apagan en breves instantes
y fundidos en negro, son algunos recursos de iluminación
que hacen de esta coreografía una especie de
videoclip con reminiscencias del Séptimo Arte.
La bailarina Mélisande Carre, enfundada en un
atuendo rojo-pasión, encarna a esta "femme"
fatal, una mezcla venenosa entre la serpiente y la manzana
del Paraíso. Su danza, menos académica
que la del tándem Bertaud-Massias, se acerca
más al estilo contemporáneo, con movimientos
sinuosos y electrizantes.
La
maldición recae sobre el ser humano en el instante
en que una sabrosa manzana se cruza en su camino. Expulsado
del edén, habrá de padecer enfermedades,
sufrimientos y necesidades antes ignoradas. La mentira
y la hipocresía, hermanas de una misma madre,
tomarán carta de naturaleza en el nuevo mundo
del Adán y Eva post-paraíso. Y precisamente,
las infinitas máscaras sociales son el punto
de partida de "Exquise exubérance",
una visión sarcástica de las relaciones
humanas. Primer trabajo largo de la compañía
EliralE presentado en el último festival de Carcassone,
esta pieza incluye cuatro bailarines -quizás
descendientes de los primeros pobladores-, enfrentados
contra los espejismos distorsionados de sus roles sociales.
El cuarteto fluirá en movimientos de convergencia
(coordinación) y alejamiento (descoordinación)
para sucumbir por el peso de su propia máscara.
Mayor
hondura de planteamiento coreográfico donde Telleria
da libertad a sus personajes para vagar por diferentes
registros: desde la plasticidad de algunos movimientos
cercanos a la esencia clásica hasta el libertino
vigor contemporáneo. Esta pieza adolece, eso
sí, de una excesiva duración que deja
al descubierto algunos pequeños abismos creativos.
No obstante, es una coreografía con rigurosos
planteamientos y seria ejecución. "Eden",
representa una síntesis perfecta de las diferentes
esencias de las que se compone el vocabulario coreográfico
de la joven creadora Pantxika Telleria. Clásico
paraíso terrenal.
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Eden es un tríptico que retrata
la condición humana a través de la
mirada de la coreógrafa vascofrancesa
Pantxika Telleria. |
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"The
Vertiginous Thrill of Exactitude", obra de
William Forsythe que requiereextrema velocidad.
Foto: Marty Sohl. Gentileza del SFB. |
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SAN
FRANCISCO BALLET
Los visitantes del
oeste
Por Célida
P. Villalón (USA)
Una
nueva visita del Ballet de San Francisco -la compañía
de danza más antigua de los Estados Unidos-,
permitió al público neoyorquino admirar
una vez más el interesante grupo que está
bajo la égida de Helgi Tomasson desde 1985. Integrado
en el presente por variados talentos; todos ellos, sin
llegar al virtuosismo que tanto atrae y deslumbra al
público, pueden proclamar a viva voz, ser dueños
de una excelente escuela. Por otra parte, la programación
presentada contenía obras para todos los gustos.
El
joven coreógrafo Christopher Wheeldon ya está
consolidado como una de las grandes promesas en ese
campo. Llamado promesa, más por su juventud que
por sus variados triunfos que ya lo sitúan entre
las realidades del presente. "Continuum" es
la segunda obra -la tercera fue montada recientemente
por el New York City Ballet- en la que Wheeldon trabaja
con el compositor húngaro, György Ligeti,
que en esta instancia es música de estructura
polifónica, mayormente para piano, aquí
a cargo de Michael McGraw, secundado por Daniel Waite
en los pasajes a cuatro manos. El magnífico cuarteto
que la interpretó esa noche, Julie Diana y David
Arce, Kristin Long y Gonzalo García, Yuan Yuan
Tan y Damian Smith, con Muriel Maffre y Benjamin Pierce,
ataviados en simples "leotards", exponen durante
los primeros quince minutos patrones totalmente neoclásicos
(que incluyen pies no punteados en demasía) mientras
las bailarinas se enredan como reptiles en sus compañeros.
Después, los pasos continúan repitiéndose
al igual que los sonidos, y la monotonía se adueña
de la escena.
La
conocida tragedia de "Medea", en un intento
coreográfico demasiado ambicioso de Yuri Possokhov,
bailarín principal del conjunto, fue llevada
a la escena con el Corps de Ballet que simulaba un coro
del teatro clásico griego. La escenografía
-un árbol carente de ramas y rastrojos de hierba
mala- y el vestuario, acreditado a Thyra Hartshorn,
así como la música, de Ravel -Pavana para
una Infanta Difunta y Concierto en Re Mayor para la
mano izquierda- aportan las dos ambientaciones diferentes
que la obra requiere: languidez y romanticismo, seguido
por furia disonante. Sin embargo, Guennadi Nedviguine
y Nicole Starbuck como Jason y la Princesa, no ofrecieron
apasionada definición al gran amor que había
entre ellos, causa principal que da al traste con la
razón de Medea. El rol de esa trágica
figura de la mitología, entregado a la bailarina
cubana Lorena Feijóo, salió adelante gracias
al apasionamiento inherente de quien ha nacido y crecido
bajo el sol del trópico. Ese día el programa
terminó con el divertido "Sandpaper Ballet",
producto de la fértil imaginación de Mark
Morris, una estampa pletórica de filas y travesuras
inspiradas en la conocida música de Leroy Anderson.
(¿Quién, entre los asistentes a la función,
no ha tarareado alguna vez "Sleigh Ride" o
"The Tyepewriter"?). Si a esto se añade
el llamativo vestuario de Isaac Mizrahi (unitards con
blusas en blanco y un estridente color verde del torso
hacia la punta de los pies), no es difícil adivinar
el agradable resultado.
Dos
piezas harto conocidas en esta ciudad resaltaron en
los otros programas: "Rubies" del binomio
Balanchine-Stravinsky, y "Paquita", de Petipa
y música de Minkus y otros compositores, montado
con gran meticulosidad por Natalia Makarova. Entre las
obras nuevas se hicieron notar "Chi-Lin" de
Tomasson y música de Bright Sheng, "Solo"
de Hans van Manen sobre Bach, "Chaconne for Piano
and Two Dancers", con Roy Bogas, quien interpretó
la música de Handel en otra coreografía
de Tomasson, así como "The Vertiginous Thrill
of Exactitude", del impredecible William Forshythe,
con música de Schubert, y exótico vestuario
femenino de Stephen Galloway.
"Chi-Lin"
es una fantasía sin importancia que incluye un
unicornio (Yuan Yuan Tan, la heroína del título),
un dragón (Sergio Torrado), una tortuga (Pierre
Francois Vilanoba) y el ave fénix (Parrish Maynard),
además de cinco doncellas que agitan pañuelos
al aire, y cuatro abanderados que portan banderines
con insignias. El propio compositor, Sheng, dirigió
la orquesta esa noche, y el solo de violín estuvo
a cargo de Roy Malan. Los asistentes, a juzgar por los
aplausos, quedaron muy complacidos con el montaje, aunque
un público totalmente infantil hubiera sido más
apropiado para esta puesta en escena. Por otra parte,
aplausos muy especiales deben tributarse por igual a
las obras y a los intérpretes de las tituladas
"Solo" (en realidad un trío de espectaculares
bailarines, compuesto por Peter Brandenhoff, Stephen
Legate y Guennadi Nedviguine, todos llenos de gran vitalidad),
"Chaconne" (con la magnífica pareja
formada por Kristin Long y Yuri Possokhov, un estudio
neoclásico del arte de bailar en pareja), al
igual que "The Vertiginous Thrill
" (Lorena
Feijóo, Katita Waldo, Vanessa Zahorian, Parrish
Maynard y Gonzalo García, cuyos pasos llegaban
al límite de la velocidad). Cada una de estas
piezas es interesante en sí, y la coreografiada
por Forsythe especialmente, obliga a sus intérpretes
a moverse en tiempos extremadamente rápidos que
alcanzaron, en esta instancia, sin ningún tropiezo.
La orquesta estuvo bajo la batuta acertada de Neal Stulberg.
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MAXIMILIANO
GUERRA Y EL BALLET DEL MERCOSUR
Más moderno
que clásico
Por Enrique
Honorio Destaville (Argentina)
Maximiliano
Guerra -indiscutido bailarín estrella que triunfó
en el repertorio clásico- ha virado 180† para
adentrarse exclusivamente en el campo de lo contemporáneo.
También volcó el acervo artístico
del Ballet del Mercosur -que dirige- hacia ese estilo.
El nuevo ciclo de presentaciones tuvo lugar en el Teatro
Broadway, sala que por años se había dedicado
también al cine. Allí el público
pudo admirarlo nuevamente en algunas obras que se han
convertido en "caballitos de batalla" de sus
espectáculos. "Arms" y "Con Gloria
Morir", ballets que, sin duda, podrían considerarse
"menores" de dos coreógrafos bien conocidos:
el italiano Mauro Bigonzetti y el argentino Oscar Araiz.
Bigonzetti parece estar "de moda" en estos
tiempos al lucir su producción en compañías
italianas o en el Ballet Argentino de Julio Bocca.
Ambas
obras ponen de manifiesto plasticidad en el movimiento
y en la expresión corporal, a lo que debe adicionarse
la carga emotiva que sabe imprimir Guerra a la obra
de Araiz. Todo coronado -claro está- por su viril
estampa y notable físico. No obstante, el sustento
coreográfico y sus "partenaires", deben
seleccionarse con mayor cuidado y evitar otras intrascendencias
y obras de escaso valor musical como se observan en
este ciclo. Ciertamente, al lado del bailarín
corresponde una figura con presencia escénica
y artística.
Entre
tanto, en la compañía del Mercosur se
observan bailarines valiosos como Carolina Capriati,
Leandro Ferreira y Germán Esquibel, entre otros,
pese a que aún falta expresividad en general.
Técnica no falta, pero los rostros impávidos
y sin expresión no aportan calor ni color a lo
que se está bailando. De allí que se desnaturalizara
la sabrosa pieza paródica -de fino humor- "Paso
a Tres" de Mauri-Alberto Méndez, repuesta
por Loipa Araujo. Una realización que halló
gran repercusión en Buenos Aires hace muchos
años, en ocasión de giras del Ballet Nacional
de Cuba. Relevante -en cambio- el estreno de "Fratres"
de Arvo Part-Miguel Robles. Obra contemporánea
de equilibrada musicalidad y notable plástica
del movimiento, de estética belleza, muy bien
interpretada por un grupo de integrantes del Ballet
del Mercosur. Miguel Robles es un joven coreógrafo
argentino a tener muy presente, por la trascendencia
de su producción, siempre con mensaje, y su nivel
artístico.
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