|
Por
Maritza Gueler
(USA)
Este
artículo está dedicado a Mario Giromini
Droz, uno de los primeros colaboradores de Danza en
español.
enía
cinco años cuando vi por primera vez a Mario
Giromini Droz. Era una noche de verano. Calor sofocante,
como el de todos los veranos santafesinos. El escenario
estaba instalado en el patio del Club Macabi, Santa
Fe, Argentina. Los bailarines comenzaron a describir
figuras, la iluminación creaba climas especiales
y la música se ensamblaba mágicamente
con el movimiento. En las imágenes de aquella
noche había algo diferente. No podía despegar
mis ojos del escenario. Efectos de luces, mallas de
colores, personajes que pretendían contar una
trama que, tal vez por mi edad, no alcanzaba a entender.
Tiempo después, descubrí que se trataba
de un espectáculo de danza contemporánea.
Todo
era deslumbrante. En aquel momento percibí, de
una manera muy intuitiva, la fuerza del cuerpo como
camino expresivo y el lenguaje de la danza en una cristalina
pureza de formas. En un costado del escenario, un bailarín
enmascarado se quitó su máscara, se detuvo,
encontró la mirada del público y, con
voz grave, vibrante y pausada, comenzó a decir
un poema. Esa voz maravillosa, su entonación,
su cadencia y la esbeltez de su figura, quedaron en
mis ojos y en mi corazón para siempre. Danza,
poesía, música, se fundían con
una puesta en escena de gran belleza y armonía.
Tenía
10 años cuando encontré nuevamente a ese
hombre de voz grave, porte romano, alto, delgado y de
mirada penetrante, que con su cuerpo lograba una expresividad
difícil de describir. Mario Giromini Droz tenía
grabadas en su cuerpo y en su alma las enseñanzas
de los más reconocidos maestros de la escuela
alemana. En aquel momento, ese bailarín cuyo
talento me había deslumbrado hacía cinco
años estaba ante mí como profesor. Intenso,
vital, enérgico, comenzó a iniciarnos
en los secretos de la colocación del cuerpo.
Aún hoy recuerdo paso a paso cada una de sus
indicaciones.
Por
estar más cerca de él y seguir bebiendo
de su sabiduría, opté por acercarme aún
más a la danza contemporánea. Con él
aprendí técnicas del movimiento, y el
misterioso placer de sentir y pensar cada estiramiento,
cada vértebra colocada en el lugar justo. También
gocé de la censura rotunda a la haraganería.
Estricto, pero tan adorable.
El
maestro se convirtió poco a poco en amigo entrañable,
casi hermano, compinche. Largas charlas rodeadas por
el humo de sus cigarrillos que, uno tras otro, encendía
como un autómata. Confesiones mutuas. Caminatas
tomados de la mano después de ver algún
trabajo de Pina Bausch o de Urs Dietrich. Reflexiones
sobre la danza y la vida. Emociones compartidas, secretos,
pasiones, y también, dolores.
Estaba
en los Estados Unidos cuando me enteré de su
enfermedad: cáncer. Tuve la esperanza de volver
a verlo. Mario murió en Santa Fe, el 22 de julio,
con la sensación de que ya había cumplido
con su paso por este mundo, que siempre le resultó
hostil e injusto.
Discípulo
de Otto Werberg, Kurt Joos, Sigurd Leeder, Lisa Ullmann,
Boris Kniaseff, Alexander Sakharoff, Ana Itelman, Harald
Kreutzberg y Patricia Stokoe, Mario dejó de lado
el éxito convencional y prefirió permanecer
en el anonimato. Volvió a la ciudad donde había
nacido, Santa Fe. Pequeña, asfixiante, miserable,
mezquina, donde su talento quedaba demasiado grande.
Quedó oprimido en una talla demasiado estrecha.
Optó por la docencia, generosa tarea que hizo
con devoción. Creó el Ballet Estable del
Liceo Municipal, el primero en la historia de ese lugar.
También ideó y puso en marcha los programas
de expresión corporal para el departamento infantil
del Liceo Municipal de Santa Fe y las bases curriculares
para los profesorados de expresión corporal y
danza contemporánea de esa institución.
Mario Giromini Droz fue el artífice de la danza
en esa ciudad. Allí dejó su vida.
Obras
de gran belleza escénica y espectáculos
innovadores fueron parte de ese legado que sólo
conocen unos pocos privilegiados. Con su humor sarcástico,
su ternura, su exigencia implacable y su amor, Mario
fue guiando a cada uno de sus alumnos por ese espacio
tan personal de encontrarse con el propio cuerpo.
Más
allá de la vida y de la muerte, estamos caminando
juntos. Y no pude ni quiero decir adiós.
En
la sección Opinión
publicamos el último artículo enviado
por Mario Giromini Droz a Danza en español.
|
|
 |
| |
|
Mario Giromini Droz fue uno de los pioneros de
la danza contemporánea en Santa Fe, Argentina.
|
|