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Clásicos para
un clásico
Por Célida
P. Villalón
Decir
Ballet Kirov es conjurar la perfección del mundo
del ballet clásico. Cuando era el Ballet Imperial
Ruso del Teatro Mariinsky, o igualmente cuando fue llamado
Kirov durante la era soviética y en el presente,
esta compañía no dejó de ser el
epítome de la danza de escuela. Su presencia
en la "Gran Manzana de Nueva York" -este año
como parte del Festival de Verano 2002 del Lincoln Center-
es siempre motivo de regocijo, y a la vez, de curiosidad,
dado que en cada visita se descubren figuras nuevas
de gran valor; además de tener oportunidad de
admirar una vez más a quienes ya vinieron en
viajes anteriores.
La
compañía dirigida por Makharbek Vaziev,
incluyó en su programación tres de las
obras más aclamadas, "La Bayadera",
"El Lago de los Cisnes" y "Don Quijote",
así como también, "Jewels",
de Balanchine. La temporada comenzó con una nueva
producción de "La Bayadera" (de cuatro
horas de duración, cuatro actos, siete escenas
y una apoteosis final), considerada la revisión
final que Marius Petipa, el gran coreógrafo francés,
hiciera en Rusia a su trabajo original en 1900.
Esta
trama de bayaderas, odaliscas y faquires, con una buena
dosis de infamia, que transcurre en el esplendor de
la India del pasado y en un sueño de opio que
traslada al protagonista masculino, Solor, al reino
de las sombras, ofrece gran oportunidad de lucimiento
a varios personajes. No obstante, cualquiera sean los
cambios aplicados a través de los años
-las versiones de Natalia Makarova para el American
Ballet Theatre, o de Rudolf Nureyev para la Opera de
París, figuran entre las más conocidas
en el mundo occidental-, la escena original de las "Sombras",
que incluye a treinta y dos bailarinas en albos tutús,
que van descendiendo lenta y meticulosamente, una a
una, por una pasarela inclinada, es uno de los grandes
portentos de la historia del ballet y, hasta el presente,
nadie ha cambiado.
En
esta versión, a pesar de alterarse el orden de
la historia y de añadir pantomima en demasía,
algunas secuencias bailables antiguas fueron eliminadas,
entre ellas, lamentablemente, la variación del
Ídolo de Bronce. El vestuario actual se acredita
a Evgeni Ponomarev, y los distintos escenarios llevan
las firmas de Kvapp, Ivanov, Lambin y Allegri. Por lo
demás, la mímica adicional convierte la
obra en un melodrama demasiado extenso, donde no pasa
nada en los dos primeros actos.
No
obstante, la actuación de tres de los solistas
en una de las presentaciones, Diana Vishneva (Nykia),
Elvira Tarasova (Gamzatti) y Andrian Fadeyev (Solor),
fue de primera categoría. Vishneva es delicada
y al mismo tiempo posee brillantez, además de
saber insuflar el dramatismo necesario a los pasajes
de gran emoción sin caer en estridencias. Tarasova,
por su parte, es precisa, aunque su personalidad no
llega a ser estelar, mientras que Fadeyev tiene buen
"ballon", los "assemblés"
con giros dobles en el aire no representan un problema
para él y termina siempre los pasos en correcta
posición. Sin embargo, hay que insistir en que
lo extraordinario de las funciones fue el gran "Corps
de Ballet", que específicamente como "sombras",
bailó como si fuera una sola persona. No hubo
un pie más alto que otro, ni una posición
que no estuviera perfectamente delineada. Tampoco hubo
titubeos en los "arabesques" sostenidos que
abundan en la escena. La disciplina de este Corps es
casi milagrosa. Al mismo tiempo, los tutús de
las bailarinas (solistas y coro), alargados hasta las
rodillas, las situaron, muy apropiadamente, en la época
del estreno, a fines del siglo XIX. La orquesta de músicos
rusos sonó grandiosa bajo la dirección
de Mikhail Sinkevich.
"El
lago de los cisnes" ha sufrido también distintas
revisiones sobre el original de Petipa y Lev Ivanov
(estrenado en 1895), aunque la actual -también
la más convencional- se debe a Konstantin Sergeyev,
a quien el programa igualmente acredita el montaje escénico.
Los decorados llevan la firma de Igor Ivanov y el vestuario
es original de Galina Solovieva.
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Diana
Vishneva y Andrian Fadeyev, en una escena del Acto
II de "La Bayadere"
Foto: Stephanie Berger. Gentileza del Festival
2002 del Lincoln Center. |
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El
doble papel de Odette/Odile estuvo a cargo de varias
artistas durante la serie, entre ellas Sofia Gumerova,
bailarina de bellas facciones y largas piernas (la "tarjeta
de presentación" de la compañía
en el presente), que posee además, magníficos
balances. La bailarina supo diferenciar claramente el
rol de la Princesa-Cisne, del de la malvada Odile; por
lo demás, sus "fouetttés" en
el acto tercero, si bien no fueron "dobles",
estuvieron ejecutados a velocidad casi meteórica.
El Sigfrido de Danila Korsuntev, un buen compañero,
no pasa de mostrar una técnica discreta, por
más que su pasión (o falta de ella) no
gane el corazón de ninguna doncella encantada.
El Cuerpo de baile femenino volvió a estar sublime
en los actos blancos (segundo y cuarto), se movió
como si una sola bailarina se convirtiera en treinta
y dos a través de la magia de un espejo múltiple.
El
Pas de Trois del primer acto, con Tarasova, Ekaterina
Osmolkina y Vasili Scherbakov, fue ejecutado brillantemente,
así como el Bufón de Kiril Simionov, quien
logró desplegar fácilmente el dinamismo
que el simpático papel requiere. El apoteósico
final tiene lugar cuando Sigfrido le arranca un ala
al maligno hombre-lechuza, Dmitri Zavalishin, y con
ello destruye el maleficio sobre los cisnes. Después,
solo resta a Odette y a su príncipe vivir felices
para siempre jamás. La batuta de la suntuosa
partitura fue responsabilidad de Boris Gruzin.
En
el resumen de la temporada resulta necesario mencionar
a Svetlana Zakharova, estrella, cuya silueta quedó
aprisionada en la imaginación de los espectadores.
Su "Odette", de "El lago de los cisnes",
quedó situada muy alto en el escalafón
de los favoritos, gracias a sus piernas que pueden tocar
el firmamento, a su extraordinario braceo que encierra
una continuidad líquida, su precisa musicalidad,
además de su intensa emoción.
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Svetlana
Zakharova, una Odette que quedó en la memoria
de los espectadores por su alto nivel y sutileza.
Foto: V. Baranovsky. Gentileza del Festival
2002 del Lincoln Center.
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Kitri
y Basilio: ¡Qué pareja!
Por Fátima Nollén
(Londres)
En
su temporada de verano el Royal Ballet, presentó
entre otros, el clásico "Don Quijote",
en la versión que Rudolf Nureyev montara sobre
la de Marius Petipa en 1966 para el Ballet de la Opera
de Viena, con subsecuentes arreglos hasta llegar a esta
versión definitiva para el Australian Ballet
en 1970. Esta puesta contó a su vez, con la escenografía
de Anne Fraser, la iluminación de John Read y
el vestuario de Barry Kay. El célebre conjunto
inglés, a cargo desde hace un año del
director Ross Stretton (ex Australian Ballet), dejó
un halo de duda en la primera noche de presentación
de esta obra, con excepción de los bailarines
principales, el cubano Carlos Acosta y la argentina
Marianela Núñez.
La
apretada agenda de presentaciones y tours internacionales
de la troupe, con la consecuente seguidilla de bailarines
lesionados, tuvo como resultado un cuerpo de baile agotado.
Si no se estuviera al tanto de lo anterior, se podría
decir que, por lo menos, faltó ensayo, debido
a la ausencia de precisión, ajuste musical, armonía
grupal y peor aún, algún que otro tropiezo
de pies propios y con los compañeros. Hasta el
cuerpo técnico pareció descuidado cuando,
al cambiar de la escena de los gitanos a la del ensueño
del Quijote en el segundo acto, dejó ver las
camisetas blancas de la gente que movía la utilería
(¿no dice el manual que deben ser negras para
ocultarse?). Mientras, el telón de fondo, fuera
de tiempo, dejaba ver claramente la puerta con el signo
de salida de emergencia, lo cual rompía todo
el encanto de la pantomima en la que el Quijote desvaría
luego de confundir el molino con un monstruo. Imperdonable.
Así
y todo, William Tucket como el Quijote, Philip Mosey
como Sancho, David Drew como Lorenzo y Luke Heydon como
Gamache hicieron lo suyo en sus papeles de comedia,
y lograron arrancar la risa del público. Las
amigas de Kitri, Leire Ortueta y Zenaida Yanowsky, se
desempeñaron decentemente, aunque sus trajes
de color beige arratonado se confundían con los
del pueblo.
Fue una desilusión Mara Galeazzi como la bailarina
callejera. Se la vio insegura y sin fuerzas en un papel
que, aunque no es más que complemento de la obra,
resulta siempre un punto fuerte de sensualidad por el
desafío de la sociedad representada. El espada
y los toreros, lamentablemente, no lograron la interacción
con Galeazzi, ni la ceremonia requerida por el espectáculo
típico de los matadores.
Sin
embargo, el talentoso Carlos Acosta con saltos estratosféricos,
baterías impecables y giros virtuosos, jamás
descuidó la parte actoral y asumió un
Basilio divertido, descarado, lisonjero y enamorado.
El pero es que, al menos esa noche, su "partnering"
no fue todo lo brillante que fueron sus solos, ya que
dejó un par de veces a su suerte a su compañera
en el primer acto. Todo quedó olvidado al tiempo
de la coda final del tercero, con sus saltos casi inhumanos
y en la que complementó bien a su pareja. Una
verdadera estrella.
Por
su parte, la hasta ese día, primera solista Marianela
Núñez, quien asumió el rol de Kitri
en reemplazo de la primera bailarina Tamara Rojo que
estaba lesionada, sorprendió con su técnica,
puntas de acero, giros interminables y una sonrisa pícara
pero coqueta. Su chispeante salero en las partes de
carácter español, contrastaron eficazmente
con la delicada y precisa ejecución de la Dulcinea
del segundo acto, donde también se destacaron
Belinda Hatley como reina de las Dríadas y la
eléctrica Laura Morera como Cupido.
El
moreno primer bailarín Acosta y la veinteañera
Núñez, definitivamente, hacen una buena
pareja. El pas de deux del tercer acto, cuya coda ambos
ejecutaron vertiginosamente, así lo confirma.
Muy pronto se podrán ver más trabajos
de ambos en el mismo escenario, ya que la promisoria
Núñez fue promovida al rango de primera
bailarina después de esta serie de funciones
veraniegas. Promoción merecida que le augura
un futuro tal vez tan brillante como el del fantástico
Acosta.
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Fátima
Nollén
Es
periodista y locutora. Estudió ballet y
se graduó como Profesora Superior de Danzas.
Dejó de bailar para dedicarse al periodismo
en medios gráficos, radio y televisión.
Escribió para publicaciones especializadas
como la Revista Ballet y Magazine Danza &Ballet,
de la que fue Jefa de Redacción y por la
que recibió el "Premio al Merito Profissional"
del concurso Bento em Danca en Brasil. Participó
de la organización de concursos de danza
en la Argentina y también fue jurado en
el Festival de Danza de Joinville, Brasil, país
donde residió cuatro años como corresponsal
de la estación televisiva ATC de la Argentina.
Desde allí comenzó a escribir para
la revista BalletinDance, tarea que continuó
desde Nueva York -donde trabajó como periodista
de Radio Única-, y ahora desde Londres.
En el 2002 se unió al equipo de Danza en
Español como corresponsal en la capital
del Reino Unido.
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Réquiem
Por Tito
Barbón (Uruguay)
El
país atraviesa por la peor crisis financiera
de su historia. La noche del 1† de agosto Montevideo
era una ciudad desierta. Sólo se veían
grupos policiales dispuestos a impedir cualquier intento
de alteración del orden y a proteger la propiedad
privada. El día anterior hubo saqueos en más
de treinta supermercados de la periferia. Ese mismo
día, rumores que presagiaban tragedias sacudieron
a la población. Era noche de estreno. Después
de meses de trabajo los bailarines del ballet del SODRE
veían fracasar tanto esfuerzo. Sin embargo, casi
por milagro, el telón se alzó y a sala
llena. Fue un hecho poderosamente significativo. La
danza tuvo la virtud de convocar a personas con la común
valoración por el arte que sólo a través
del movimiento eleva al individuo y lo sobrepone a las
angustias materiales.
En
su cuarto trabajo para el ballet oficial el coreógrafo
rumano-francés Gigi Caciuleanu, presentó
"Verdi Réquiem, Espectáculo Coreográfico
en 24 Rituales y una palabra susurrada, dedicado a André
Malraux". Una obra basada en "Messa di Réquiem"
de Guiseppe Verdi (1833-1901). Casi toda la música
escrita por el compositor está devotamente dedicada
a la ópera. En los últimos años
de su vida compuso algunas obras de carácter
religioso: "Messa di Réquiem", "Laudi
a la Virgine", "Stabat Mater" y "Tedeum".
La "Misa de Réquiem", o de Difuntos,
está dedicada al escritor Alessandro Manzoni,
autor de la célebre novela romántica "I
promessi sposi". La primera audición pública
fue en la Iglesia de San Marco de Milán, el 22
de mayo de 1894. Alejado de la polifonía y con
el bagaje de su experiencia teatral, Verdi evoluciona
el género hacia un estilo dramático, de
brillante orquestación, y la visión de
un Dios que el hombre acepta, cuestiona o niega. Su
segunda esposa, Giuseppina Strapponi, creyó ver
en la Misa señales de la conversión religiosa
del maestro que, sin ser ateo, nunca fue creyente. Por
eso el "Réquiem" más que una
Misa de Difuntos que proclama ante todo la Gloria de
la Resurrección, es la afirmación de rebeldía
ante el hecho inexorable. Son muchos los que ven en
esta Misa, una más de sus óperas. Esta
vez el libreto se ciñe al "texto litúrgico".
En
principio, parecería incoherente acumular escenas
de contenido ambiguo, sin relación con la liturgia;
pero Gigi Caciuleanu conforma un amplio fresco, sugerente
y atractivo. Esta misma obra de Verdi, despojada de
las "voces celestiales", probablemente hubiese
sido un marco más adecuado a la dramaturgia propuesta
por Caciuleanu.
Como
en sus obras anteriores, la estructura está bien
resuelta en planos, contrastes y desplazamientos. Pero
el andamiaje precisa de revestimientos más ricos
y expresivos que el estilo ecléctico del coreógrafo,
a medio camino entre el Ballet y la Danza Contemporánea.
Estilo que si bien tiene instancias de fuerza y lirismo,
abusa de posiciones con las piernas en alto, extendidas
o no, a lo largo de su extenso discurso coreográfico.
Hay
escenas o "rituales", como él los denomina,
de genuina belleza, que coinciden con los puntos altos
de la coreografía. Entre ellos, dos solos que
Sofía Sajac interpreta con asombrosa madurez.
Entregada a la música que condiciona su accionar
en la mesa primero y la escalera después, esas
intervenciones fueron un disfrute mayor. La fragilidad
o la pasión que transmite esta bailarina, no
tiene par en la danza nacional del momento.
En
otro nivel, pero igualmente sobresaliente, Ismael Arias,
el último en la lista de "bailarines extras",
conduce la obra con autoridad y presencia; notable su
solo "El cielo cuadrado". Sebastián
Arias, multiplicado en diversas escenas, fue otro pilar
valioso de este particular "Réquiem".
Junto a Arias, dieron carácter a un dúo
sin mayor atractivo coreográfico. Otro tanto
sucedió con Daniel Galarraga en "Soledad
de un rey".
No
es la primera vez que Caciuleanu interpone en la partitura
el recitado de poemas. Aquí la travesura corre
por su cuenta. Es suyo el poema y es suya la voz que
lo dice. Después del silencio, que parece llegar
de las profundidades del Averno, con sutiles matices,
misteriosa y lentamente dejó rodar los versos
escritos como "Texto para el Requiem". (Valió
la pena entrecerrar los párpados y dejarse seducir
por el encanto de esa voz) Caciuleanu es un gran seductor.
A esa seducción respondieron los bailarines con
entrega ejemplar. Consustanciados con la propuesta fueron
los artífices de un espectáculo esencialmente
atractivo. Sandra Giacosa, quien años atrás
fue una de las bailarinas predilectas del coreógrafo,
es ahora su fiel asistente y repositora. Ella aportó
experiencia y cuidados a la puesta en escena.
Por
razones económicas muy atendibles, la sastrería
del SODRE se vio obligada a desempolvar parte de sus
reliquias. La mayoría, de obras anteriores de
Caciuleanu firmadas por Carlos Carvalho. Volvieron a
aparecer, otra vez, los ya pasados pollerones "unisex",
complementados por piezas en las que predominaban el
rojo, el negro y sobre todo el blanco. Correcto el diseño
de luces de Dan Mastacan realizado por Batlle Da Cunha.
Sobrios en color y forma los paneles decorativos ideados
por el coreógrafo.
La
rebeldía de Gigi Caciuleanu y la forma libertaria
de expresarse, ofrecieron otra visión del "Réquiem"
de Verdi, menos profunda, más decorativa; acorde
con los cánones de la actualidad.
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Tito
Barbón
Durante
23 años fue primer bailarín del
Ballet del SODRE de Montevideo, Uruguay. Realizó
sus estudios de danza en Buenos Aires (Argentina),
Londres, Nueva York y París. Su debut profesional
fue en la Compañía Argentina de
Ballet y luego fue solista del Ballet del Teatro
Argentino de la Plata. Desempeñó
una activa labor docente en la Escuela Municipal
de Arte Dramático y fue profesor fundador
de la Escuela Nacional de Danza de Uruguay. Como
coreógrafo puso en escena obras como "La
Peri", "Opus ll", "Medea"
y "El enviado"; que se presentaron en
la Argentina, Brasil, Paraguay, los Estados Unidos
y Uruguay. Como crítico de danza, escribió
en Diario El Día y revista Sinfónica.
Tito Barbón es Presidente fundador del
Consejo Uruguayo de la Danza y actual miembro
del Conseil International de la Danse, CID-UNESCO.
En el año 2001 publicó el libro
"La Danza en Uruguay" (Ver Danza
en español
No 2, Actualidad, Novedades)
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Nickemil
Concepción, en una iluminada estampa de "Behold
the Man".
Foto: Ellen Crane. Gentileza del Ballet Tech.
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Tech
en verano
Por Célida
P. Villalón (USA)
Eliot
Feld, director artístico del Ballet Tech, y único
coreógrafo del conjunto, congregó una
vez más a su grupo en el escenario del teatro
Joyce, para ofrecer la acostumbrada temporada veraniega
que incluyó un estreno: "Pianola: Indigo",
con música de Conlon Nancarrow. La compañía
también revivió una obra que data de 1991,
"Endsong", compuesta originalmente sobre canciones
de Richard Strauss. En esta instancia, por una nueva
disposición de los herederos del compositor,
tuvo que ser bailada en silencio. También subió
a escena nuevamente, "Behold the Man", con
música de David Lang y Brian Eno, un tributo
de Feld al joven bailarín Nickemil Concepción,
que se estrenó en la primavera pasada.
El
piano eléctrico (o pianola) usado como acompañamiento
en "Pianola: Indigo", obra que resulta hermana
melliza de "Pianola: Raven" -vista hace algunos
meses-, recibe la misma atención que las cuatro
bailarinas que aparecen en escena, ataviadas en bañadores
negros, con mallas y zapatillas de punta del mismo color.
Patricia Tuthill, Jaquelyn Scafidi, Andrea Emmons y
Maria Feliciano, sacuden los hombros, se estremecen,
se estiran y encogen, y dejan que el espectador sortee
el mensaje a su gusto, si es que, en fin de cuentas,
hay alguno. La juncal Tuthill insufla gran prestancia
en sus contorsiones y termina sentada en el suelo mientras
se hace un nudo con las piernas. Al finalizar, las cuatro
"ballerinas" saludan con gran reverencia al
antiguo instrumento situado debajo del escenario, al
que un reflector ilumina muy merecidamente.
Las
últimas cuatro canciones compuestas por Richard
Strauss, inspiraron a Feld hace una década a
crear "Endsong", obra distinta -en su lirismo-
de las creaciones más recientes del coreógrafo.
La pieza es para un coro de nueve mujeres y una pareja
solista -Patricia Tuthill y Patrick Lavoie-, que danzan
como si la brisa los moviera cadenciosamente en espacios
abiertos. Las largas y flotantes túnicas diseñadas
por Willa Kim, ayudan a la ambientación y, a
pesar de rozar el suelo, no limitan los giros de las
bailarinas que parecen estar unidas en una mística
sororidad. Con un brazo extendido hacia el firmamento,
como si quisieran tocar las estrellas, estas doncellas
evocan la primavera, el mes de septiembre, se acurrucan
a dormir en compañía, y por último,
dan la bienvenida al crepúsculo, mientras Tuthill,
que ha hechizado a Lavoie, finalmente lo abandona y
regresa al rebaño femenino. Fue lamentable que
tan bella estampa tuviera que ser bailada en silencio,
de acuerdo con las nuevas decisiones de los herederos
del compositor, quienes objetan que se les añada
coreografía a estas canciones póstumas
de Strauss. No obstante, aún sin acompañamiento,
la plasticidad de los movimientos llenó el ambiente
de suave dulzura.
"Behold
the Man" puede traducirse como "He aquí
el hombre" o "Ecce Homo", frase de Poncio
Pilatos, según el evangelio. Concepción,
bailarín de fuerte musculatura y una juventud
esplendorosa que se advierte no sólo en las facciones,
sino también, en la ductilidad de su cuerpo,
pudo haber sido utilizado más ampliamente dentro
de los cánones de la danza de escuela. No obstante,
el coreógrafo optó por echar mano a algunos
trucos llamativos que no tienen nada que ver con la
Sagrada Escritura o con el ballet en sí. Utilizó
recursos como el de adornar el cuerpo semidesnudo del
bailarín con pequeñas bombillas eléctricas,
izarlo con una cuerda invisible que lo paseaba sobre
el escenario mientras lo hacía girar velozmente
por los aires, o "coronarlo" al final con
globos que, para mayor asombro, los inflaban en plena
escena. No obstante, no logró explorar al máximo
las habilidades del bailarín, que son muchas.
La obra es espectacular, no hay duda, pero
¿es
danza, o se podría llamar acrobacia? En fin de
cuentas, Concepción recibió un muy merecido
aplauso por su esfuerzo, y no cabe duda que este éxito
pueda animar a Feld a continuar asombrando al público
con sus últimos caprichos.
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Butoh:
última Danza
Por Maritza
Gueler (USA)
Luego
de ocho temporadas en las que desfilaron artistas de
diferentes países, el San Francisco Butoh Festival
entregó su última edición. Este
encuentro creado en 1995 por Brechin Flournoy y Takami
Craddock optó por el título "Past
to Future: women in Butoh" (Del pasado al futuro:
la mujer en el Butoh). El cierre del festival convocó
varias propuestas que tal vez podrían considerarse
como una recreación del concepto original, quizás,
excesivamente alejadas de las raíces de esta
bella danza.
El
butoh nació en el Japón de finales de
los 50, plena posguerra, en medio de la devastación
absoluta provocada por las bombas en Hiroshima y Nagasaki.
El quebranto del orden establecido tuvo un profundo
efecto en todas las manifestaciones del arte. En esa
búsqueda de una nueva identidad, inmersa en los
cambios internos del país, surgió una
expresión artística de gran complejidad
conceptual y fuerza expresiva como la danza butoh. Resultado
de la fusión del expresionismo alemán
con elementos de la tradición teatral Japonesa.
Butoh, Danza de la Oscuridad, es la definición
de un trabajo influenciado por el horror de la guerra
y el concepto de la muerte. Sus personajes, con los
cuerpos pintados de blanco, bocas abiertas, movimientos
lentos de gran desempeño corporal y energético,
posturas inspiradas en las posiciones y rictus de los
muertos, son algunos de los recursos expresivos de esta
poética danza.
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"Headless",
obra de la sueca Su-en que participó de la
"gran final" del San Francisco Butoh Festival.
Gentileza Su-en Company. |
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Poco
de estos elementos aparecen en las obras de la "gran
final" del San Francisco Butoh Festival. Kathy
Rose (Nueva York) presentó cuatro obras cuyas
características estéticas son similares,
más allá de que su intencionalidad y contenido
sean diferentes. "Oriental Interplay", "Syncopations",
"She" y "Kleopatra", la última
escena de una obra que dura una hora y quince minutos,
tienen como punto en común proyecciones de animación
que son una suerte de fusión de elementos surrealistas
y posmodernos. Cada uno de estos videos realizados por
Rose sirven como efectos visuales que se funden con
la proyección de la sombra de su propia figura
en la pantalla. Música electroacústica,
percusiva en algunos casos, se integra a este espectáculo
que tiene escasos elementos de butoh y mucho de experimentación
visual.
"Queen
of Hearts", marcó el breve paso de Megan
Nicely (San Francisco) en una realización insustancial,
que se acercó más a un ejercicio propuesto
para una clase que a una pieza para un show. Nicely
trata de utilizar ciertos movimientos del butoh elemental
en su intento por describir una situación -que
no queda clara-, con cierto toque "naif",
música americana de los años 50 y un atuendo
que es una extraña mixtura de pelucas del siglo
XVI y corsets de fines del XIX. Al final, saca un corazón
de peluche, que estaba escondido dentro de una caja
y se lo pega en el pecho. ¿Reina de corazones
al butoh "style"?
En
el final, la sueca Su-en, en "topless" y con
su cabeza envuelta en un pañuelo rojo, inicia
un largo proceso frente a un foco de luz ubicado en
el piso del escenario. "Headless" se inicia
con movimientos lentos -casi estáticos- alrededor
de ese foco de luz, hasta que, finalmente, se desplaza
hacia un ángulo opuesto del escenario y comienza
a echar barro sobre sus pechos desnudos. Corte. La protagonista
se pone un vestido ceñido a su cuerpo e inicia
un periplo por el escenario en lo que podría
llamarse la segunda parte de esta obra. Si bien en el
trabajo de Su-en se advirtió un manejo diferente
de la energía y de los movimientos, la poética
propia del butoh estuvo ausente.
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Kleopatra,
creación de Kathy Rose, donde se incluyen
videos de animación.
Foto: Carolyn Jones. Gentileza de Kathy Rose.
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