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Cuba:
en busca de aire fresco
Por Mercedes Borges Bartutis (Cuba)
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DanzaAbierta, una de las pocas propuestas creativas
dentro de la danza contemporánea de Cuba. |
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iempre
que comienza un nuevo año, surge la pregunta
acerca de lo que va a suceder con las producciones coreográficas
de la danza cubana. Un interrogante que encuentra escasas
respuestas, con limitados ejemplos. La realidad de la
escena actual demuestra que la creación en el
campo de la danza está en un momento sumamente
difícil, con pocos estrenos anuales donde se
observan casos excepcionales que poseen buena factura.
El
gran problema de la danza cubana hoy, es encontrar buenos
creadores que sepan explotar en toda su magnitud el
material humano que egresa de la Escuela Nacional de
Danza.
En
la actualidad hay demasiados grupos, algunos buenos
y otros malos; tantos, que el público está
despistado. Entre los escasos estrenos de danza contemporánea
cubana del año pasado, sobresalió el "Chorus
Perpetuus" de Marianela Boán y DanzAbierta,
único Premio Villanueva de danza del 2001 (este
es un premio que otorga la crítica especializada
en Cuba). Con esta obra Marianela Boán supo mover
cada uno de los elementos de este arriesgado rompecabezas,
para lograr un espectáculo de gran empaque. Los
buenos coreógrafos tienen ese poder excelso.
Para
decirlo claro: la vitalidad de Marianela Boán,
su capacidad de invención, ha dejado a la zaga
al resto de los creadores cubanos en materia de danza.
El caso es que esta mujer investiga argumentos y realidades,
y extrae para la danza un resultado precioso por su
autenticidad y alcance. Sin embargo, al igual que los
otros colectivos, la programación de DanzAbierta
en los teatros locales, todavía es insuficiente.
Ahora,
en Cuba se baila poco y de nada sirve la gran cantidad
de bailarines que se gradúan todos los años
de la Escuela Nacional de Danza y del Instituto Superior
de Arte. Quizás sea necesario crear un festival
de danza contemporánea, que convoque a estrenar
una selección atinada de obras, como un camino
para estimular la creación en el país.
En Los Días de la Danza (una suerte de temporada-festival),
donde cada cual decide qué llevar al escenario,
el público casi siempre asiste a un maratón
de reposiciones vistas hasta el cansancio.
Experimentar,
de las más diversas formas, es una urgencia de
la danza cubana en estos momentos. Se observan con demasiada
frecuencia las mismas poses encadenadas, caídas
y recuperaciones, recursos dramáticos que dibujan
líneas torturadas hasta el infinito. Peligrosamente,
la coreografía se ha convertido en presa de aficionados.
En las escuelas de danza de Cuba no se gradúan
coreógrafos y actualmente, muchos se creen con
talento suficiente para coreografiar. Es por eso que
algunas obras, en lugar de mostrar la grandeza escénica
de la danza, se convierten en un amasijo de mímica,
teatro, luces, sonido, rarezas y excentricidades, incapaces
de hacer sentir la danza ni la gozosa unión de
las artes. Quizás los coreógrafos cubanos
necesiten salir y tomar contacto con el mundo para comparar
su trabajo y también, para tener nuevas experiencias,
algo tan necesario para crear. Pero para los cubanos,
los vínculos con el exterior son algo difícil
de concretar.
Hoy
se llama coreografía a casi todo lo que se mueve.
No importa el estilo que se elija, no importa el enfoque,
ni tampoco si se trata de contar una historia o de crear
una atmósfera. Cabe recordar que lo importante
para que una puesta se pueda llamar coreografía,
es que el efecto, la sensación o el relato que
se intenta comunicar, se trasmita, necesariamente, a
través de la danza y que no se reemplace por
otro arte, que sólo se complemente.
Asombrosamente,
los espectadores de la danza cubana, un poco maltratados
en los últimos tiempos por experimentaciones
vacías, son fieles seguidores. A pesar de la
inestabilidad de las producciones coreográficas,
el público cubano elige volver al teatro. Ojalá
que no se canse de repetir esta acción y la danza
pueda, con mejores estrenos, guiar a ese público
que aún confía en sus creadores.
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