Temporada para la historia
Por Célida P. Villalón (USA)

 
   
  "If by Chance", de Marissa Barak, uno de los aciertos del Proyecto Diamond del New York City Ballet.
Foto: Paul Kolnik. Gentileza del NYCB.
   
   
   

Los fanáticos de la danza no olvidarán fácilmente las temporadas del New York City Ballet o del American Ballet Theatre que acaban de finalizar en el Lincoln Center. Si bien el NYCB ofreció un total de ocho obras nuevas bajo el Proyecto Diamond, los bailarines principales del ABT brillaron en las grandes obras conocidas que cerraron la temporada.

Dos nuevos coreógrafos del NYCB fueron, de alguna manera, los presentadores de los trabajos más interesantes del Proyecto Diamond: Marissa Barak, de apenas 22 años y miembro del coro de la compañía, y Christopher Wheeldon, otro joven bailarín que recientemente colgó sus zapatillas y se dedicó por entero a la composición coreográfica. "If By Chance", de Barak, inspirado sobre una partitura para piano y cello de Shostakovich, y simples diseños originales de Holly Hynes -túnicas cortas de ejercicio para las mujeres, y camisetas y mallas para los hombres- quizás tenga un texto escondido, pero a simple vista parece solamente un ballet abstracto. En él intervienen dos grupos de bailarines. Uno, formado por cuatro hombres y una solista, (Pascale van Kipnis, con el grupo en negro) y otro, por cuatro mujeres y un bailarín principal (Benjamin Millepied, del grupo en blanco). Ambos aparecen en contraposición, sin llegar a enfrentarse. La culminación es feliz, cuando la pareja principal se une y al final se marcha del escenario en perfecta armonía. La estructura de la danza es puramente clásica, aunque resulta tan árida como la partitura, interpretada por el cellista Fred Zlotkin, con Susan Walters al piano.

Wheeldon, con varios triunfos en su haber que lo han establecido ya como un hábil coreógrafo, volvió a inspirarse en la música de Gyorgy Ligeti (con éste van tres) y tituló su estreno "Morphoses", obra bastante escueta de personajes y pasos. Con dos parejas formadas por Wendy Whelan y Jock Soto, y Alexandra Ansanelli junto al virtuoso Damian Woetzel, el cuarteto se une y desune en bailes de solos, duetos y tríos, moviéndose angularmente, mientras usan pasos donde los pies rara vez son punteados. El inicio y el final son similares: los cuatro bailarines se tienden en el suelo sobre sus espaldas. La música estuvo a cargo del Cuarteto Flux, y el sobrio vestuario (leotards color cobrizo para todos) es también de Holly Hynes. Wheeldon tiene gran imaginación y sabe usar muy acertadamente las cualidades de sus bailarines que a su vez, responden muy bien a sus demandas. En resumen, un ambicioso intento más para añadir a su lista de éxitos.

Clásicos en el Metropolitan

El ABT trajo nuevamente a la escena "El Corsario", obra que tiene algo para todos los gustos -incluido un naufragio-, además de necesitar un equipo numeroso que incluye piratas, odaliscas, esclavas, bandoleros y soldados, para terminar en un jardín encantado. La coreografía se acredita originalmente a Konstantin Sergeyev, sobre la de Petipa, de 1899 (quien a su vez se inspiró en la de Mazilier, de 1856), montada para el ABT por Anne-Marie Holmes en 1998. Con tantas revisiones sufridas a través de los años, hoy es difícil discernir qué es de quién, y algo parecido pasa con la música que incluye fragmentos de varios compositores (Adam, Pugni, Delibes, Drigo y Oldenbourg). Los hermosos diseños de decorados y vestuario llevan la firma de Irina Tibilova.

En uno de los repartos, que no podía ser más estelar, Paloma Herrera, siempre correcta en su pura línea clásica, fue Medora, una joven griega vendida como esclava en un bazar turco. La grácil y encantadora Xiomara Reyes, una perfecta "soubrette", hizo de Gulnare, su amiga igualmente en desgracia. Carlos Acosta fue Conrado, el pirata principal, quien adornó de emoción latina el amor que siente por Medora, además de añadir a sus variaciones pasos de gran "bravura". A Ángel Corella, como Alí, el esclavo, le va como anillo al dedo el virtuosismo que el rol exige; Vladimir Malakhov, interpretó al traficante Lankendem, el dueño del bazar, con tan simpática picardía que resultó fácil perdonarle su maldad. El Birbanto, de Joaquín de Luz, un pirata que traiciona a su jefe, mostró que para él significa lo mismo surcar el aire con saltos fenomenales que disparar un revólver. ¡Vaya trama y vaya elenco!

 
   
"Jardin Animé", escena final de "El Corsario" uno de los grandes triunfos de la temporada del ABT.
Foto: Mira. Gentileza del ABT.
 
   
   
   

Por supuesto que el momento más relevante de la obra es el Paso a Tres del segundo acto, convertido en un Paso a Dos por Rudolf Nureyev, cuando lo extrajo del contenido del ballet y lo hizo famoso como tal. Esta vez, a cargo de Herrera y Corella, con Acosta como un tercero, no en discordia. La rapidez de los giros de Corella en su solo, muy pocas veces se ven en un escenario, especialmente, con tanta perfección. Cabe señalar también, momentos sobresalientes de otros intérpretes, como en el caso de las tres Odaliscas: Maria Riccetto (recientemente ascendida a solista), ligera como una gacela; Gillian Murphy (hoy convertida en bailarina principal), formidable por sus fáciles triples "pirouettes", y la juncal Michele Wilde, siempre elegante y precisa. El sueño del simpático Pashá, Ethan Brown, torna el acto tercero en el deslumbrante "Jardin Animé", donde treinta bailarinas y veintiún niños de ambos sexos, danzan espléndidamente al frente de una saltarina fuente, entre guirnaldas de flores de suaves colores.

En el argumento de la historia, el pirata rapta a Medora y huye con ella en un inmenso galeón que se hunde en una tormenta, pero como todo cuento de hadas tiene un final feliz, los amantes se salvan sobre una roca y el público aplaude delirantemente al caer el telón.

La última semana la ocupó ese caballo de batalla que tanto gusta: "El Lago de los Cisnes", de Tchaikowski, el ballet más taquillero de todos los tiempos, que lleva elegantes y ricos diseños de Zack Brown. La revisión del montaje que Kevin McKenzie, director artístico del ABT, hiciera hace dos años sobre las coreografías de Petipa e Ivanov, le añadió pasajes interesantes a la obra. En esta versión se puede ver que el malvado Von Rothbart, en este reparto a cargo de Ethan Brown (como la maligna lechuza), y Carlos Molina (desdoblado en elegante caballero), hechiza a la princesa Odette, Paloma Herrera, y la convierte en cisne. Las nuevas variaciones que McKenzie diseñó para el Acto I, sitúan en correcta perspectiva la indecisión del príncipe Sigfrido, Marcelo Gomes, para escoger la novia que la Reina Madre demanda de él. No obstante, el Pas de Trois, a cargo de Anna Liceica, Stella Abrera y David Hallberg, mantuvo la conocida coreografía que este trío bailó con gusto y precisión.

En el doble personaje de Odette/Odile, Herrera tuvo momentos gloriosos: En el Acto II -llamado el acto blanco-, el movimiento de sus brazos simulaba un constante suave aleteo, mientras se entregaba en los brazos de Gomes, quien a su vez sucumbía lleno de ardor latino ante los encantos del misterioso cisne humano. Las numerosas doncellas-cisnes que acompañan a Odette en la noche encantada, bailaron en perfecto unísono, convirtiendo la escena en un hermoso cuadro de ensoñación.

Muy acertada resultó la presencia de Molina -el atractivo hechicero convertido en caballero-, en el gran baile palaciego del Acto III, donde tiene a su cargo un solo que él emplea en hechizar a la reina y a las cuatro princesas (y de paso al público). Por supuesto, que la malvada Odile, que quiere emular a Odette y seducir a Sigfrido, culminó la variación de "El Cisne Negro", con los consabidos treinta y dos "fouettés", varios de ellos "dobles", con la perfección que Herrera acostumbra tener. Al tiempo que Gomes surcaba el aire con gran elegancia y giraba como si fuera un trompo. En fin de cuentas, Sigfrido pide perdón a Odette por su infidelidad, y ambos se precipitan al lago en una unión amorosa que destruye los poderes de Von Rothbart, y con ello, las doncellas se liberan del plumaje para siempre.

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Luminescenses, una obra de Nils Christe que vincula vocabulario contemporáneo y clásico.
Fotos gentileza del Teatro San Martín.
 
 
 

A la alta escuela
Por Enrique Honorio Destaville (Argentina)

Al menos la danza en la Argentina proporciona algunas satisfacciones negadas por los críticos y tristes momentos económico-financieros. En esta ocasión, la "rentrée" de la troupe del Teatro General San Martín proporcionó al público gratísima satisfacción artística. Tres estrenos y una reposición confirmaron que el Ballet Contemporáneo de esa sala porteña, llegó al pináculo de su preparación técnica y artística en la especialidad de su repertorio.

Opiniones en tal sentido, como la del creador holandés Nils Christe, sustentan ampliamente esa evaluación. Este notable coreógrafo presentó la obra más bella y atrayente del Ciclo: "Luminescenses", sobre música de Francis Poulenc. Lejos, la más musical, que vincula estrechamente los vocabularios contemporáneo y clásico, que exige de los bailarines un refinamiento especial en sus desplazamientos y de la que dimana auténtica estética de la belleza. La música de Poulenc -traviesa a veces- inspiró a Christe deliciosa y exactamente: sus colores sorprendentes, vivos, alternan con otros extraordinariamente delicados. Ese conjunto lleva al máximo el talento del creador en los pas-de-deux, pas-de-cinq y pas-de-six concebidos con absoluta precisión sobre la música, acompañada su idea por elegante y liviano vestuario del artista diseñador Carlos Gallardo. El desempeño del elenco fue magnífico. Sobresalieron las parejas formadas por Bettina Quintá y Lucas Garcilazo, Elizabeth Rodríguez y Leandro Tolosa, Juan Pablo Ledo y Ana Clara Gossweiler, Wanda Ramírez y Christián Pérez, ambos brillantes y musicalmente notables.

"Gilles" es, por su parte, una interesante coreografía de Ton Wiggers volcada a la dinámica del giro y sobre la música antigua de Jean Gilles. El lenguaje del invitado revela características de estilo vinculado con el neoclásico, aunque la base sea de danza contemporánea. El elenco apareció consustanciado plenamente con el coreógrafo. Cabe señalar a los excelentes bailarines Silvina Cortés y Chacón Oribe, de impecable desempeño. Del mismo Wiggers, "Solo" constituye todo un estudio de la plástica del movimiento corpóreo, con Jack Syzard -poderosa musculatura en perfecto físico- como único y relevante intérprete. Wiggers asoció su nombre a Eli Sirlin en la acertada y cenital iluminación de "Solo".

"Ostacoli" es la reposición de la obra de John Wisman y música de Anders Eliansson, cuyas profundas tensiones se reflejan en la fuerte danza que también tiene aciertos de composición estatuaria, e iluminación (de José Luis Fiorruccio) sugerente y acorde con el dramatismo de la obra. El todo genera hasta momentos de angustiante atmósfera. De sus notables intérpretes exclusivamente masculinos: Francisco Lorenzo, de felinos movimientos y Javier Abeledo en una ajustada interpretación.

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El príncipe encantado
Por Maritza Gueler (USA)

En el siglo X, en tierras eslavas cercanas al río Elba, se desarrolla esta historia elegida por Rimsky-Korsakov para crear una ópera-ballet con características particulares. "Mlada" realización que causó conmoción en la Rusia zarista del siglo XVII, se repuso en una versión semimontada en el Summer Russian Festival, ciclo que duró desde el 13 al 30 de junio en el Davies Symphony Hall de San Francisco. Una loable elección que marcó el regreso al escenario, después de su retiro en 1999, de la primera bailarina del San Francisco Ballet, Evelyn Cisneros, a cargo del rol protagónico en esta ópera.

A la magnífica interpretación de la San Francisco Symphony, bajo la batuta de Michael Tilson Thomas se sumó la participación, con igual nivel de jerarquía y excelencia, del San Francisco Symphony Chorus, dirigido por Vance George. Ljuba Kazarnovskaya (soprano - princesa Voislava), Gegan Gregorian (tenor - príncipe Yaromir), Tigran Martirossian (bajo - príncipe Mstivoy), Susanna Poretsky (mezzo-soprano - Morena/Sviatokhna), Vladimir Glushchak (barítono - Verglasny) y Brian Asawa (contratenor - Lumir), cubrieron los papeles protagónicos.

Cuando Rimsky-Kosrakov estrenó "Mlada" en 1891 en el teatro Mariinsky de San Petersburgo, dejó a la audiencia con cierta consternación, dado el carácter innovador de esta pieza que había comenzado a escribir dos años antes de su primera presentación en público. Uno de los rasgos particulares de la realización se basaba en que la protagonista, la princesa Mlada, era una bailarina silenciosa y no una cantante como tradicionalmente se estila en el género operístico. Otra de las características distintivas de la obra fue la incorporación de numerosas danzas regionales de diferentes etnias.

Los célebres intérpretes de entonces fueron Fyodor Stravisky, padre del compositor, en el rol del príncipe Mstivoy y en el protagónico, la bailarina María Petipa, hija del célebre coreógrafo Marius Petipa. A cargo de la coreografía de las danzas, Lev Ivanov, quien por entonces ya había realizado "El Cascanueces" y la suite de "El lago de los cisnes", y Enrico Cecchetti. Innovadora e inusual, la ópera provocó opiniones encontradas y no tuvo momentos de gran esplendor.

Rimsky-Korsakov cuenta una historia de amor, envidia, ambición y venganza cuyo argumento es simple y carente de un nudo dramático potente. La obra comienza poco después de la muerte de la princesa Mlada, envenenada en el día de su boda con el príncipe Yaromir. La culpable de su muerte, la princesa Voislava pretendía quitar del medio a su rival para conquistar al príncipe. Voislava, atormentada por el desamor de Yaromir, conjura los espíritus de la oscuridad para lograr su objetivo. No obstante, es el fantasma de Mlada el que logrará develar el misterio de su muerte y vengar a los culpables.

 
   
Mlada (Evelyn Cisneros) lleva a Yaromir (Gegan Gregorian) hacia la montaña donde residen las sombras en una brillante interpretación de ambos.  
   
   
   

Esta puesta realizada por Peter McClintock, consta de un escenario elevado en el medio del escenario central donde se ubica la orquesta. En ese espacio se desarrolla la trama. El coro, situado en la parte alta, cantantes y músicos que aparecen y desaparecen de los palcos altos y de la tertulia, forman parte de los ingeniosos recursos que McClintock utiliza para esta obra. Diferentes planos de acción y magníficos efectos de luces creados por Jack Carpenter generan climas, situaciones y hasta permiten imaginar lugares y personajes que no lograron llegar a esta puesta "semimontada".

Dentro de ese planteo, Evelyn Cisneros realiza la mayoría de sus diálogos danzados en el escenario, entra y sale por diferentes corredores y también desde la platea. Sobrecogedora interpretación del fantasma de Mlada a través de cada una de sus apariciones. Ella es la que ayuda a Yaromir a develar la verdad. A veces con acciones mimadas, otras, con desplazamientos, saltos, giros y delicados movimientos de brazos, Cisneros, realza el espíritu del personaje. La coreografía propuesta por Val Caniparoli, tiene ciertas reminiscencias con algunos pasajes del segundo acto de "Giselle". No obstante, lejos de asemejarse a la célebre Willi, el planteo coreográfico apunta a una estética definitivamente moderna y contemporánea y saca partido de la base clásica de Cisneros -esta vez sin sus zapatillas de punta- para componer escenas de gran lirismo. Evanescente, por momentos y con una fuerte presencia dramática, Cisneros, elabora un personaje absolutamente atractivo y dinámico.

McClintock, integra a Cisneros entre los cantantes, el coro y el público y permite crear la ilusión de los lugares en donde se desarrolla la trama. Aprovecha los recursos de la bailarina para hacerle cubrir el doble rol de Cleopatra, en una hierática transformación como enviada de las fuerzas de la oscuridad, que intenta confundir a Yaromir en su búsqueda de la verdad. Precisa y acertada en su interpretación, Cisneros es capaz de encantar a más de un príncipe.

 
 
Cleopatra, personaje también interpretado por Cisneros en esta versión “semimontada”.
Fotos: Terréense McCarthy. Gentileza San Francisco Symphony.
 
 
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En tres dimensiones
Por Patricia Aulestia (México)

"Viaje a la Luna o viaje a la X (de la Luna a la Tierra)", el esperado espectáculo multidisciplinario del Teatro de las Artes en el Centro Nacional de las Artes, comienza con la proyección de imágenes tridimensionales. El público, pertrechado con lentes de mica bicolores, se prepara para ver una versión libre de la famosa película homónima. La realización estuvo a cargo de la Compañía Nacional de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes, dirigida por Cuauhtémoc Nájera.

Un viaje al espacio a través de una escenificación de una hora y diez minutos que incluye introducción, siete cuadros, catorce escenas y epílogo. Hace cien años, otro fue el público que cumplió con el gran sueño de viajar a la luna a través del filme de 14 minutos de Georges Méliès, donde el célebre pionero del cine de ciencia ficción empleó sólo una cámara fija.

En la versión danzada, Méliès entra al escenario con movimientos mesurados, casi imperceptibles, junto a otros hombres con sombreros, vestidos de negro, que se deslizan sutilmente. La escena evoca un cuadro de Magritte. Surgen tres espíritus desplegando contrastantes e impecables gestos corporales: tres bailarinas de indudable destreza técnica. Lo coreográfico se minimiza para dar paso a los estudiados e imaginativos efectos ópticos.

El Cuadro 1 muestra el salón del consejo de astrónomos. El doctor Barbenfouillis, (interpretado por Méliès en 1902 y en esta versión, por Gustavo Sanders) se enfrenta a sus colegas, entre ellos, al inventado doctor Paracelso (Hansell Nadchar), villano de la historia, quien a partir de ese momento pondrá toda clase de obstáculos al protagonista. Todos ellos, junto con los pajes observadores, escudriñarán incesantemente el cielo, "leit motiv" de la representación. Vigoroso sello minimalista marca el lenguaje corpóreo, opacado en los sabios por la indumentaria similar a la de la película. Se fusionan múltiples simbolismos en minuciosos movimientos dislocados, expresiones que pretenden ser casuales, rudimentarias evoluciones espaciales, pequeños saltos.

En el taller de los obreros del Cuadro 2 se produce uno de los momentos más dinámicos de la obra: la escenografía se conjuga con el quehacer mecánico de los trabajadores. Domina la sincronización colectiva. En la plataforma de lanzamiento, que hace recordar la magia de la versión fílmica, el entorno cambia radicalmente y prevalecen los visos de humor.

El clímax de la pieza teatral se produce -Cuadro 3- cuando, en tercera dimensión, irrumpe la imagen más conocida de la travesía de Méliès: la luna con el proyectil incrustado en el ojo. Escena gozosa y lúdica que muestra la forma en que Méliès entró a la tecnología.

En el medio del alunizaje, en el mundo tridimensional, un cometa atraviesa fugazmente el espacio, aparecen en primer plano las estrellas de "Hollywood". En el foro, una selenita en puntas, un planeta en el firmamento, objetos que, como en escenas anteriores, los espectadores ven flotando en el escenario y en diferentes partes de la sala, visibles sólo con lentes especiales.

La luna (Carmen Correa) y las estrellas lunares (Alma Rosa Cota, Martha de Ita) suspendidas desde lo alto de la cornisa observan las maniobras de los invasores. La luna, ataviada con un primoroso traje bordado en perlas y plumas, con un tocado exquisito, desciende para relacionarse con uno de ellos.

La danza se torna competitiva en el Cuadro 5, giros, saltos y desplazamientos deliberados, llenos de dinamismo. Los bailarines se hacen cómplices del coreógrafo. De regreso a la tierra los astrónomos son condecorados. Los celebran con la actuación de músicos y bailarinas de Can-Can. Enjaulada, la Selenita es exhibida como un trofeo. Como epílogo, en la ciudad de Lyon, ante una estatua, un pequeño barco transporta al célebre cohete lunar. Méliès perdido en el olvido lo recoge como si fuera un juguete, mientras el creciente ritmo del Can-Can provoca el aplauso general del público. Finalmente se proyectan los créditos: Idea original, puesta en escena y coreografía de Raúl Parrao, con escenografía virtual en tercera dimensión e iluminación de Alejandro Luna, imagen digital de Raúl Luna, vestuario de Tolita y María Figueroa y música de Marcelo Gaete. Regisséur, Elia Luyando y Carlos López.

El Viaje a la Luna o viaje a la X (de la Luna a la Tierra) inaugurará la décima versión de la Biennale de la Danse de Lyon, en Francia. Un acierto institucional de Héctor Garay, coordinador nacional de danza del INBA, promotor de la participación de la danza de México en ese importante encuentro internacional.

 
Los personajes de "El viaje a la luna" rinden un homenaje al film del mismo nombre creado por Georges Méliès.
Fotos José Jorge Carreón
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Pura fibra
Por Avatâra Ayuso Vigario (España)

Calidad coreográfica y escenográfica, virtud poco frecuente en los actuales shows de flamenco, se funden en "5 Mujeres 5", el último espectáculo que la bailaora Eva Yerbabuena presentó en el Teatro Apolo de Madrid. Ajena al virtuosismo técnico desenfrenado y descontrolado que parece demandar la taquilla, esta propuesta apunta a un flamenco que funde sentimientos y pulcritud técnica, que pretende explorar, a través del baile, la intimidad del ser humano y en este caso concreto, de la mujer.

La trayectoria artística y el éxito de esta bailaora y coreógrafa que nació en Frankfurt en 1970 bajo el nombre de Eva Garrido García, saltaron las fronteras artísticas nacionales con destino a Nueva York, Alemania y Brasil. El Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, a cargo del Ministerio de Educación y Cultura de España, le otorgó el Premio Nacional de Danza 2001 -en la modalidad interpretativa- por su espectáculo "5 Mujeres 5". Una atractiva coreografía donde lo femenino y lo pasional son los ejes de la obra.

¿Dónde está el límite entre el amor y la locura? La bailaora, a través de sus movimientos, se interna en un mundo de sensaciones desgarradoras en el que la mujer se ahoga. Con sutileza, describe el amor de una madre, la pasión del enamoramiento, el desconcierto de la soledad. El grupo de jóvenes bailarinas que la acompañan cumple su cometido técnico y figurativo: son las sombras que la persiguen y la oprimen en su camino hacia la madurez femenina. En ocasiones, la intensidad dramática del argumento pierde su efecto cuando Yerbabuena se desplaza entre las integrantes del cuerpo de baile. Sola sobre las tablas, vuelve a sacar la fuerza expresiva que la caracteriza, con sus impecables vueltas quebradas y claridad en el zapateado. Un rasgo de su estilo.

"5 Mujeres 5" se estructura en cinco movimientos en los que Yerbabuena no sale del escenario, con bailes por soleá, caña, minera, tango y seguiriya. Este último, un verdadero prodigio de técnica e interpretación, donde goza de total libertad para "gritar" la pasión que lleva dentro.

La dirección musical a cargo de Paco Jarama es excepcional. La calidad acústica instrumental y el acompañamiento vocal se traducen en una perfecta simbiosis entre música y danza. El baile se convierte en la expresión explícita del cante flamenco.

Desde el punto de vista coreográfico se puede considerar a Eva Yerbabuena como la representante actual del flamenco más ortodoxo. No obstante, si algo define sus espectáculos es la innovación que, como ella misma afirma: "es ser uno mismo sin olvidar de dónde procedes". El flamenco más recio aprendido de sus maestros Enrique "El Canastero", Angustillas "La Mona", Mariquilla y Mario Maya, son la base sobre la que se asienta la modernidad. Como dice José Manuel Gamboa: "Una vuelta a las esencias desde una perspectiva actual."

La dirección escénica, a cargo de Hansel Cereza (antiguo miembro de la compañía teatral La Fura dels Baus), combina la sencillez escenográfica con efectos de luces e imágenes, apuesta a las simetrías y al color blanco. Escasos elementos en el escenario. Sobriedad absoluta: un sillón blanco y transparencias negras al fondo, que crean un juego interesante de planos superpuestos. El primero de estos planos -el espacio donde se baila-, representa el mundo donde se despliega la crisis sentimental; el segundo, sugiere el estado de transición entre lo real y el delirio; el tercero, queda reservado a los músicos y cantaores. Cada uno de los elementos que integran este espectáculo (vestuario, iluminación, escenografía) están cargados de simbolismo. El diseño de luces de Raúl Perotti, no es un mero soporte para el encuadre de las bailarinas en escena; la iluminación también tiene su protagonismo, crea sensaciones, climas, estados emocionales.

Eva Yerbabuena muestra la imagen del flamenco actual que, sin olvidar la tradición, se adapta a los nuevos tiempos. Cada uno de sus movimientos inducen a mirar el baile desde otra perspectiva, la que apuesta a la esencia del flamenco: la emoción de la vida misma.

 
 
Eva Yerbabuena en "5 mujeres 5", un espectáculo que apunta a una temática puramente femenina.
Fotos: Milla Petrillo. Gentileza de la Compañía de Eva Yerbabuena.
 
 

Avatâra Ayuso Vigario.

Egresó del Conservatorio Profesional de Música y Danza de las Islas Baleares, se formó en danza clásica, escuela bolera y clásico español. En la actualidad estudia con Carmina Ocaña. Perfeccionó su técnica con maestros de la talla de Arcadio Carbonell y Víctor Ullate. Su inquietud por la danza la llevó desde Madrid hasta la American Academy of Ballet de Nueva York, donde habitualmente toma seminarios de verano. Avatâra es una joven entusiasta dedicada a la danza que realiza estudios de filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid.

 
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Group Petit La Croix, de Haití, se contoneó en honor de sus dioses en una atractiva propuesta ritual.
Foto: Marty Sohl. Gentileza de World Arts West.
 
 
 

A sala llena
Por Maritza Gueler (USA)

Tres fines de semana a sala llena es el saldo de la vigésimo cuarta edición del San Francisco Ethnic Dance Festival, una sabia e inteligente iniciativa de World Arts West que permite el encuentro con diferentes culturas. Si bien la modalidad de este encuentro se basa en la presentación de ballet de danzas étnicas que residen en la zona del área de la Bahía de San Francisco, este año se presentaron dos grupos que llegaron del exterior.

Sabjilar, formado por músicos y cantantes que interpretan canciones en lenguaje khakasiano, un idioma compuesto por varios dialectos. A través de una propuesta musical alejada de los cánones ortodoxos, este grupo étnico de Khakas, zona del sureste de Siberia, deleitó con temas de sus tradiciones más antiguas, caracterizados por sonidos vocales cuya técnica de emisión difiere de las utilizadas en mundo occidental.

Desde la península siberiana, también llegó el grupo Elvel con una suerte de bailes y canciones shamánicas pertenecientes a la península de Kamchatka. Esta tribu indígena que recrea los valores de sus ancestros, contó historias plenas de humor y candidez, imitó los sonidos y los movimientos de los animales.

Tres músicos y La Tania, son suficientes para exaltar el espíritu del flamenco, sin pirotecnia ni exageraciones. Medida, reflexiva y pausada, La Tania se adentra en la esencia del baile y por momentos, recuerda a las grandes maestras. En otros, en cambio, impone su personal estilo y aires renovadores que no se alejan del espíritu de la raza calé.

En esta mezcla de nacionalidades y bailes típicos, el grupo Minoan Dancers with Edessa, trajo bellísimas danzas populares del noreste de Grecia. Magníficos trajes y una férrea disciplina, hacen de este grupo uno de los grandes atractivos del festival. Sincronización y fibra mediterránea se unen en esta serie de tres bailes folklóricos originales de la zona de Tracia. Tomados de las manos a través de la cintura en una larga cadena, mujeres y hombres demostraron sus habilidades en la danza popular. Con ellos, un grupo de excelentes músicos en vivo pusieron un toque mayor de algarabía y festejo.

Desde otra perspectiva diferente, el Group Petit la Croix, de Haití, se internó en los bailes rituales africanos originales de Dahomey y Nigeria en honor al dios Danballah. Movimientos localizados en diferentes partes del cuerpo, sinuosos y dinámicos, ponen un toque de energético encantamiento a este grupo dirigido por Blanche Brown. También de Haití, pero con un planteo que apunta a las tradiciones aldeanas, el ensamble Reconnect and Haitian Culture Association se presentó en el segundo fin de semana.

Destreza, agilidad y energía son los elementos que caracterizan al equipo Wushu West, dedicados a wushu, una especie de arte marcial combinada con danza y Kung-fu, propia de las culturas orientales. Desde niños en edad pre-escolar hasta adultos, cada uno a su manera y con diferentes niveles técnicos, hicieron una demostración de esta disciplina donde lo corporal tiene una fuerte presencia, ajena a la violencia. Un espectáculo paralelo son los músicos que acompañan al grupo. Una orquesta integrada por pipa, suona, sheng, dizi, xiao, yanggin, erhu y violoncelo, logra momentos atractivos, consustanciados con la propuesta escénica.

El Ballet Afsaneh, con bailes originales de Persia, hizo una presentación de danzas femeninas, cuyo mayor atractivo consiste en la sincronización de los desplazamientos, la delicadeza del movimiento y la finura del diseño general.

Tradiciones que llegan de Bali, Brasil, México, Argentina, India, África, Medio Oriente, Cuba, Bolivia y los Estados Unidos se reunieron en este mágico encuentro con las raíces que, el año que viene cumple sus bodas de plata.

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Un lago con historia
Por Enrique Destaville (Argentina)

El Teatro Colón de Buenos Aires estrenó nueva versión de "El Lago de los Cisnes" (Tchaicovski-Petipa-Ivánov) montada por Marta García y Orlando Salgado. Viene al lugar que, por treinta y siete años, extraordinariamente ocupó la del inolvidable Jack Carter, quien murió en 1998. García-Salgado, a su vez directora y maestro ensayador del Ballet Estable del Teatro Colón, se inclinaron por una lectura tradicional de la venerable obra académica de 1895, y dejaron de lado interpretaciones psicologistas y sensacionalismos teatrales.

Tres actos y un corto epílogo dan cuenta de la eliminación del prólogo bailado, en tanto que el tercer acto festivo y palaciego apunta al descarte de las danzas de las princesas regionales y de la coda del pas-des-fiancées. Sólo aparecen algunos cortejos de naciones, todo con vistas a la abreviación. Hay otras prescindencias, aunque reapareció el vals del primer acto. Las novedades escenográficas buscaron cierto aligeramiento respecto del peso académico de la obra. Ricardo Reymena acertó con los bellos telones de fondo, aunque algún vestuario de estridente verde, y el correspondiente al bufón desentonan con el clasicismo del ballet. Violáceas construcciones tampoco colaboran en situar la acción fuera o dentro de la morada de Sigfrido.

La coreografía de García-Salgado viene bien inspirada en Petipa-Ivánov. Sin embargo, dieron gran trascendencia al bufón en el acto inicial, al punto de convertirlo en principal protagonista, vehículo de virtuosismo técnico más que de "vis cómica". Impactante el efecto escénico de la aparición aérea de von Rothbart con el doble Matías Santos. La tradición esencial está bien mantenida en el segundo acto con el trabajo de adagio lírico, líneas clásicas, movimientos de brazos. El tercero, en cambio, acusa las pérdidas de bailes principescos pero, ajustadamente, se estilizaron danzas regionales. El pas-de-deux de El Cisne Negro no sólo conserva su vigor dramático: se realzan facetas del príncipe y la simulación de Odile.

El epílogo trasunta el firme y simbólico deseo de García-Salgado de enfatizar el triunfo del amor de los protagonistas sobre la maldad de Rothbart y, consecuentemente, hay final feliz. Ostensible la falta de juego escénico-dramático de Jorge Amarante (Sigfrido) que desniveló la ilación argumental. Su buen porte y excelencia como partenaire no encontraron eco técnico. Verdadera heroína fue Silvina Perillo en doble papel, quien con notable expresividad tradujo la angustia de la princesa cisne y la burlona seducción de Odile. Técnicamente brilló con intensidad estelar y fue ovacionada. Leonardo Reale relevante como el bufón y Martín Miranda muy bien en Rothbart, aunque la presentación emplumada del caballero maléfico no coincida con la leyenda alemana, base del argumento. El cuerpo de baile femenino ajustado y disciplinado, se vio reforzado notablemente con alumnos del Instituto de Arte. Algunas apariciones de bailarines alejados desde hace años perjudicaron la presentación estética del espectáculo, mientras que el estreno trajo consabidos tropiezos propios del inicio. Los solistas, correctos. Cabe destacar resaltar la intervención del grupo masculino.

   
     
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