Obras maestras
Por Célida Villalón (USA)

Las galas, por regla general, siempre inician las series del American Ballet Theater (ABT), y la de esta vez sirvió de introducción a varias de las obras que se presentan durante esta temporada. El énfasis debe ponerse sobre dos joyas coreográficas añadidas al repertorio: "The Dream" (El Sueño) con música de Mendelssohn, sobre la inmortal prosa de Shakespeare, y "La Fille Mal Gardée" (La Hija Mal Cuidada) con música de Herold, ambas de Frederick Ashton, uno de los principales y talentos coreográficos del siglo XX.

El programa de la gala, compuesto mayormente por bailes de parejas y un improvisado trío, fue notable también por la reunión de talentos hispanos que aparecieron en el escenario, junto a otros destacados bailarines de variadas nacionalidades: La cubana Xiomara Reyes, diminuta y ligera, ofreció una variación del primer acto de "La Fille Mal Gardée". Gillian Murphy, magníficamente secundada por el brasileño Marcelo Gomes, bailaron con justeza y brillantez el "Tchaikowski Pas de Deux", de Balanchine; Nina Ananiashvili y el ídolo argentino, Julio Bocca, deleitaron al público con un emocionante Pas de deux del Acto II de "Le Corsaire". Por su parte, el español Ángel Corella, junto a Amanda McKerrow, rindieron una labor que pudiera, muy propiamente, ser catalogada de ensueño, en una escena del acto final de "Giselle". Alessandra Ferri y Ethan Stiefel, ejecutaron límpidamente el estilo de Ashton, en un fragmento de "The Dream". Lo mismo hicieron Ashley Tuttle y el portentoso Vladimir Malakhov en un encantador dúo del primer acto de "Onegin", de Cranko, a lo que hay que añadir una pieza tonta de David Parsons, titulada "Walk This Way", que ciertamente no hizo brillar a Susan Jaffe, acompañada de Guillaume Graffin, en ésta la última temporada de la Jaffe antes del retiro voluntario.

A pesar de ser muy difícil escoger qué o quién fue lo mejor la noche, los más espectaculares fueron los componentes del trío formado por la argentina Paloma Herrera, junto a los cubanos Carlos Acosta (que hacía su esperado debut en la compañía) y José Manuel Carreño, en un Pas de Deux a Trois, del Acto II de "El Corsario", de Petipa, arreglado para la ocasión. El arreglo se debió a intercalar en la pieza un solo del primer acto del ballet, que le dio a Acosta oportunidad de brillar junto a las otras dos figuras. Si bien Acosta dio rienda suelta a su emotividad latina y puso de manifiesto su portentosa técnica, Herrera no se quedó atrás al girar como si fuera un trompo en perfectos dobles "fouettés", manteniendo su pura línea clásica, mientras que Carreño parecía quedar suspendido en el aire en sus saltos portentosos.

El cierre del programa lo ocupó "Symhony in C" de Bizet, otra de las joyas de Balanchine, en la que aparecieron como solistas Joaquín de Luz, Ricardo Torres y Michele Wiles, además de Murphy, Ananiashvili, Reyes, Malakhov y Gomes, junto al magnífico "Corps de Ballet", que ya ataca los rápidos pasos de la difícil pieza en unísona perfección.
"The Dream" y "La Fille Mal Gardée" son parte del legado maravilloso de Ashton (quien no gustaba de señalar la "parte fea de la vida", quería sólo "belleza y fascinación") al mundo de la danza. La primera, "The Dream", obra lírica en extremo, con diseños armoniosos de David Walker, fue entregada a varios repartos. En dos de ellos, los personajes principales del primero estuvieron a cargo de Ethan Stiefel como Oberón, Alessandra Ferri como Titania, Herman Cornejo como Puck y el gracioso Isaac Stappas, como Bottom (el cabeza-de-asno que baila en punta). El segundo, fue compuesto por Carlos Acosta, Julie Kent, Joaquín de Luz, y Julio Bragado Young en los respectivos primeros papeles. La interpretación de Stiefel y la Ferri podría llamarse arrobadora y extremadamente romántica, rayana en lo magistral. La asombrosa técnica de Cornejo situó al duendecillo "en las grandes ligas". Acosta y Kent, por su parte, imprimieron sutilezas diferentes a los reyes del bosque encantado, ciertamente más dramáticas y voluptuosas, pero igualmente estupendas; mientras De Luz añadió algunas travesuras propias muy simpáticas. En el bosque moran además delicadas criaturas aladas: un cuerpo de "ballerinas" que parece flotar, en contraposición a los rudos mortales perdidos en la foresta mágica que se divierten haciéndose maldades mutuamente.

El éxito de la obra no tomó a nadie de sorpresa, ya que no podía ser de otra manera. El montaje se debe a Anthony Dowell, estrella inglesa que estrenó el Oberón en Londres en 1964 con el Royal Ballet, quien viajó especialmente a Nueva York (con Christopher Carr, "balletmaster" del Royal) a preparar el trabajo. Muy merecida fue la ovación que el público estadounidense le tributó cuando salió al escenario del Metropolitan Opera House el día del estreno del ABT.

"La Fille Mal Gardée", uno de los ballets más antiguos de la historia (data de 1789), es simplemente una delicada travesura bucólica que hace reír de buena gana, además de deleitar al "balletómano" más exigente. Esta deliciosa versión de Ashton fue montada aquí por Alexander Grant, Christopher Carr y Grant Coyle, sobre la partitura original de Ferdinand Herold, con música adicional de John Lanchbery y diseños de Osbert Lancaster. Xiomara Reyes y Ángel Corella, en el primer reparto, fueron los perfectos Lisa y Colás, plenos de fogosidad, sana alegría y juventud desbordante. Victor Barbee fue una excelente viuda Mamá Simone -papel siempre interpretado por un hombre para obtener mayor comicidad-, a quien Ashton convierte en la figura principal de un Pas de Cinq que baila con zuecos. El tontito Alain -pretendiente de Lisa-, estuvo a cargo del espectacular Herman Cornejo, quien casi se roba el show con sus bufonadas. Cuando Nina Anianashvili y Carlos Acosta asumieron los roles de Lisa y Colás, fueron novios que se amaban más madura y profundamente. Guillaume Graffin como mamá Simone, se divierte enormemente con sus propias excentricidades y Carlos López, como Alain, mueve a la risa al volar por los aires, amarrado a un cable o al perseguir su inseparable sombrilla roja. El conjunto baila inspirado por la reacción favorable del público a la excelente puesta en escena. Muy afinada y a tiempo, la orquesta dirigida indistintamente por CharlesBarker, David LaMarche y Ormsby Wilkins.

La temporada continúa con una buena dosis de "La Viuda Alegre", "Le Corsaire", "Giselle" y "El Lago de los Cisnes". (Ver recuadro especial en la sección Agenda)

 
 
Julie Kent y Carlos Acosta, reyes de una foresta mágica, en "The Dream".
Foto: Mira.
 
 
 
Xiomara Reyes y Ángel Corella, encantadora pareja de "La Fille Mal Gardée".
Foto: Marty Sohl.
Fotos, gentileza del ABT.
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Maximiliano Guerra y Gabriela Alberti, una imponente pareja para "El lago de los cisnes".
Fotos: Guillermo Genitti. Gentileza del Teatro Argentino de La Plata.
 
 
 

Siempre hay una primera vez
Por Enrique Honorio Destaville (Argentina)

Resulta harto difícil para un coreógrafo emprender la gigantesca tarea de montar la versión integral del famoso ballet "El Lago de los Cisnes" de Petipa-Ivánov, imprimiendo un sello personal y en un nuevo Teatro como es el Argentino de La Plata. A ello se agrega la intervención de una orquesta, también primeriza en el "parto", y una compañía de Ballet integrada -en su mayoría- por gente muy joven no habituada a esas lides, recién iniciada en la versión casi completa de la obra académica. Si sólo se observa la obra con esas salvedades, el estreno resulta un acierto indudable.

Desde otro ángulo más crítico y objetivo, al acierto le faltan numerosos ajustes. "El Lago de los Cisnes" de Mario Galizzi halla su mayor logro en la reproducción fidedigna del segundo cuadro tomado de Lev Ivánov, creador de indelebles danza-imágenes de una musicalidad extraordinaria. Idéntico resultado muestra el homenaje a Jack Carter en el cuarto cuadro, de loable solemnidad emotiva. En ambos, el coreógrafo mantiene una estética marcadamente clásica y bella, con dramático desenlace el cuarto, logrado por solistas y cuerpo de baile femenino que se consustanciaron con la idea del coreógrafo Galizzi.

En cambio, los cuadros primero y tercero son factibles de ajustes coreográfico-interpretativos. Urge ante todo la intervención danzada del príncipe Sigfrido en el primer acto, en el que sólo atiende homenajes y exigencias maternas. Si Marius Petipa casi no hacía bailar a Sigfrido en la producción original, ello se debía a que su bailarín estrella era Pavel Guerdt, quien ya rondaba la cincuentena. Por ese motivo creó el personaje de Benno -amigo del príncipe- quien debía bailar la virtuosa variación del primer acto. Pero esto no ocurrió en esta versión y Sigfrido sólo pone su viril y fuerte presencia.

Urge asimismo que la troupe adquiera la nobleza, el carácter y la personalidad que requieren las princesas de las distintas naciones; la gallardía en los cortesanos, sólo salvada por algunos veteranos de la compañía como Claudio González, Rodolfo Sorbi, Alicia Sawinski (atribulada reina madre). Esto daría, evidentemente, un vuelco de 180† en el resultado final.

Galizzi dividió la obra en cuatro cuadros (como Jack Carter) con un gran intervalo en el medio, y buscó despojar a "su Lago" de los excesos escenográficos. Esto se logró en el tercer cuadro, donde un mínimo de oriflamas y el discreto trono, crean adecuado ambiente de corte. Pero en el primero, desarrollado en aparente terraza palaciega, no se sabe exactamente dónde se está, pese a las lanzas que asoman por el borde. En los cuadros junto al espejo de agua, se advierte una mala elección de líneas ondulantes, más vinculadas con una pantalla de radar en detección constante que con el romántico lago donde se vive la acción del encuentro de la princesa-cisne con Sigfrido. Un cuadro que exige la esencia del ballet de Petipa-Ivánov. Galizzi ha trabajado interesantes nuevas coreografías en el tercer cuadro, sobre todo para la danza española bien "à terre".

En cuanto a la partitura (¡Oh belleza de tan genial compositor: Tchaicovski!) fue encarada con encomio por la Orquesta Estable del Teatro Argentino quien se sobrepasó y obtuvo notable desempeño, con pocos deslices de algunos instrumentos de viento. La batuta de Carlos Calleja resulta ya magistral en ballet: obtiene resultados no habituales en nuestro medio. En resumen: un auténtico éxito si se logran los ajustes y se retoca el primer cuadro.
Gabriela Alberti (invitada del Ballet del Teatro Colón) en el doble papel de Odette-Odile y Maximiliano Guerra (Príncipe Sigfrido), ambos con figuras imponentes. Ella, piernas y brazos excepcionales, de ansiedad contenida en la expresión, no es una "tragedienne", pero sí notable bailarina que mantuvo elevado y digno nivel como Odette. Como Odile seductora en el Cisne Negro reveló notable fuerza técnica en los treinta y dos famosos "fouettées". En cuanto Guerra asoma, ya gravita notoriamente en la obra. Digno, gallardo, enamorado, luce depurada técnica, con desempeño relevante de partenaire (¡y qué partenaire!). Es -con Iñaki Urlezaga- de los pocos bailarines que encaran obras completas en el ámbito de este país, y no de aquéllos que pareciera que "sólo estamos para el tango".

En cuanto al von Rothbart de Mario Silva, deviene una composición "desde adentro". Más que de pérfido personaje, de mago burlón y perverso, con notable intervención danzada. Fabiana Bianchi y Stefanía Vallone bien en el pas-de-trois, algo apagado el ruso Filimónov pese a su noble presentación. Excelentes los tres grandes cisnes (Bernabei-Rojas-Colombo) y los cisnecitos de Mazzuca-Burgos-Vincelli-Fabiana Bianchi. Impecable el bufón de Erick Erlés.

 
Una compañía joven que encara por primera vez la versión integral de este clásico junto a Guerra y Alberti.

Cisnes por todas partes

Dos estrenos relacionados con un mismo título de ballet, "El Lago de los Cisnes", se verán este año. El puntapié inicial se dio en el Argentino de La Plata, en la primera versión integral para la compañía de la flamante sala. En julio, el Ballet del Teatro Colón tendrá su propia nueva versión coreografiada por su directora Marta García en colaboración con Orlando Salgado.
El coreógrafo Mario Galizzi, quien tuvo a cargo la versión que se presentó en La Plata confesó su entusiasmo al concretar este viejo proyecto. Su experiencia como bailarín -con gran éxito en Alemania-, la labor docente, y la dirección que ejerció en años anteriores en el Ballet del Teatro Colón, llevaron a que acompañara al actual director, Oscar Araiz, como subdirector artístico del ballet del Teatro Argentino de La Plata.
"Mi deseo era crear una versión integral que respetara mucho de lo tradicional -afirma-, pero con partes nuevas de mi autoría y un homenaje final a Jack Carter, quien nos legó la magnífica producción que tuvo el Teatro Colón. De él se reprodujo fielmente el cuarto acto."
La producción de Jack Carter se estrenó en 1963 en el Colón de Buenos Aires y permaneció en su repertorio durante 37 años. Criticada por unir aldeanos con nobles en el primer acto, mezclar cortesanos con danzas de carácter en el baile de elección de esposa para el príncipe y otros controvertidos puntos referidos a la concepción del coreógrafo inglés. Sin embargo, tenía una teatralidad y una magnificencia que la hacían admirable.

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La última mirada de Orfeo
Por Noemí Sabaté (Canadá)

La puesta en escena costó alrededor de 175,000 dólares, una inversión considerable para el presupuesto anual de 2 millones de dólares que maneja el Ballet British Columbia (BBC). "Orpheus", es una espectacular puesta en escena dirigida por John Alleyne, director artístico del BBC de Vancouver desde 1992, quien posee una destacada trayectoria en compañías internacionales. Coreógrafo reconocido por su habilidad para combinar técnicas clásicas y contemporáneas.

John Murell, director del centro de arte de Banff, realizó la adaptación de la historia al lenguaje de movimientos. La escenografía y el vestuario estuvieron a cargo del director artístico del Great Canadian Theatre Company de Ottawa, Kim Nielsen. Por su parte, Mark Stanley, del New York City Ballet, se encargó de la iluminación.

El principal objetivo de Alleyne y Murrell es abordar el mito a través de un ballet de acción en el que también se incluye la narración. Para alcanzar tal propósito, se toman ciertas libertades en la adaptación de la historia. Otorgan mayor protagonismo a Eurídice, interpretada en la noche del estreno por Acacia Schachte y a Perséfone (Emily Molnar), lo cual deja en un segundo plano el papel de Orfeo (Edmond Kilpatrick). La segunda, y no menos importante innovación, aparece al representar a Cerbero, el perro de tres cabezas, con tres bailarines (James Russell, Chengwin Wei, Justin Peck), cuya actuación merece ser destacada por su técnica y expresividad corporal.

El mito griego acerca de Orfeo y Eurídice cuenta la historia del joven músico y poeta -hijo del dios Apolo y la musa Calíope- que desciende a los infiernos en busca de su esposa Eurídice, quien murió a causa de la mordedura de una serpiente. Inconsolable, Orfeo emprende su camino armado con su voz y su lira. Su música logra calmar a los monstruos infernales y a Cerbero, el perro salvaje de tres cabezas. Hades y Perséfone aceptan devolver a Eurídice al mundo de los vivos con la condición de que Orfeo regrese a la luz, seguido por Eurídice, sin volver la mirada hasta que no haya abandonado el reino de los muertos. Orfeo acepta y se pone en marcha, pero cuando está a punto de llegar a la superficie lo invade la duda de haber sido engañado. Vuelve su cabeza hacia atrás y Eurídice muere por segunda vez, y en esta ocasión, para siempre.

Este mito ha llegado hasta nuestros días por diferentes medios. En literatura existen numerosas referencias al mito de Orfeo y Eurídice, "El marido más firme" de Lope de Vega y "El divino Orfeo" de Calderón de la Barca pusieron a este personaje en el teatro español. El poeta alemán Rainer Maria Rilke escribió en 1922 los "Sonetos a Orfeo". Años más tarde Temessee Williams publicó el "Descenso de Orfeo".

En el ámbito del cine, Jean Cocteau creó "Orfeo" en 1949. Más adelante, Marcel Camus con la película "Orfeo negro" (1959), recrea el mito griego adaptado a la realidad brasilera dentro del ámbito de los carnavales de la gran ciudad. Kim Brandstrup realizó la coreografía de "Orfeo" para el London Contemporary Dance y ganó, en 1989, el premio Laurence Olivier. Actualmente la está representando el Arc Dance Company.

En cuanto a la música, el compositor alemán Cristopher W. von Gluck (1714-1787) marcó una ruptura relevante en la forma de componer y encarar el drama lírico, reforma que no se igualaría en magnitud hasta el siglo XX. Von Gluck otorgó relevancia a la música a través de partituras de alto contenido emocional y de personajes más cercanos al público.

Michael Bushnell y Owen Underhill son los compositores que adaptaron la ópera "Orpheus ed Eurídice" de von Gluck para una orquesta de 14 instrumentos que sirvió de base musical para el segundo ballet de larga duración realizado por Alleyne.

Frente a la magnificencia de este estreno y a la intensidad de los personajes de esta historia, dos artistas locales, el escultor Chris Rose y la pintora Pnina Granirer, inspirados en la sensualidad y la expresividad del Ballet de British Columbia, crearon una colección basada en "Orpheus". La muestra permaneció hasta fines del mes pasado en el Queen Elizabeth Theatre .

En la obra de Alleyne se plantea una sucesión de fluidos pas de deux en los cuales los bailarines ejecutan sus movimientos con docilidad, ligereza y robustez, lo cual permite crear figuras de gran belleza. Una coreografía atractiva y una escenografía innovadora, consigue captar la atención de una audiencia muy amplia, incluso de aquellos más reacios a técnicas contemporáneas.

 
 
Dúo entre Orfeo y Eurídice, interpretado por Acacia Schachte y Edmond Kilpatrick en "Orpheus", puesta del Ballet British Columbia.
Fotos: Chris Randle. Gentileza del Ballet British Columbia 
 
 
 
James Russell Toth y Justin Peck en esta versión del mito griego realizada por el coreógrafo John Alleyne.
 
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"Largo", de la coreógrafa Lucinda Childs, un monólogo danzado, pleno de sutilezas, hecho a la medida de Mikhail Baryshnikov.
Fotos: Scott Schuman. Gentileza de Cal Performances UCBerkeley.
 
 
 

Con brillo propio
Por Maritza Gueler (USA)

Una luz comienza a brillar en el escenario vacío. Mikhail Baryshnikov, pantalón negro y camisa de igual tono desprendida íntegramente, recorre el espacio al compás de la música de "Concerto Grossi Op. 6" de Arcangelo Corelli. Su magnetismo estelar se hace patente a través de sutiles y meticulosos movimientos localizados en cada parte de su cuerpo. Gestos, desplazamientos, saltos leves, se funden en "Largo", de la coreógrafa Lucinda Childs. Esta obra fue estrenada por su creadora en junio del 2001 en la Brooklyn Academy of Music como parte de un programa del White Oak Dance Project, compañía creada por Baryshnikov y el coreógrafo Mark Morris en 1990.

Un monólogo danzado, casi una suerte de confesión pública en la que la virtud consiste en la sobriedad y la delicadeza, "Largo" parece ser una obra hecha a la medida de Baryshnikov. Con una fuerte impronta minimalista, muestra al bailarín en la cumbre de la sabiduría corporal e intelectual. Impecable manejo de la energía, precisión y sincronización, forman una conjunción casi perfecta donde la danza se convierte en una búsqueda del lenguaje interior. Privado de artificios innecesarios Baryshnikov establece un conmovedor diálogo consigo mismo. Un juego de tensiones y distensiones elaborado con precisión analítica que, sin embargo, parece casual.

La segunda realización que presentó el White Oak Dance Project en el Zellebach Hall de UCBerkeley, como parte de la gira que comenzó en mayo (Ver recuadro), tuvo como protagonistas a la mayoría de los integrantes de la compañía dirigida por Baryshnikov. "Early Floating", de Erick Hawkins (1909-1994) es una obra creada en 1961 cuyo planteo estético logra un perfecto balance entre la dinámica y la estructura. Bajo un móvil diseñado por Ralph Dorazio, con cierta reminiscencia a las creaciones de Alexander Calder en la década del ’50, los bailarines Zane Broker, Emily Coates, Roger C. Jeffrey y Baryshnikov, desarrollan secuencias individuales y grupales dentro de un discurso que apela a las simetrías y a los cambios de texturas del movimiento. La música de Lucia Dlugoszewski ("Five Curtains of Timbre"), con gran predominio de elementos electroacústicos y de percusión, permite que los intérpretes elaboren una suerte de figuras esculturales, casi estáticas, que se alternan con secuencias de una sugerente y delicada sensualidad.

El humor y una estética variopinta que rompe con los cánones tradicionales, convierte a "The Experts" (2002) en una realización ligada específicamente con el trabajo experimental. Una pantalla en la parte de arriba de la boca del proscenio muestra, en forma repetitiva, la imagen de un auto de carrera en plena acción. La coreógrafa inglesa Sarah Michelson presenta un collage de personajes que se desplazan o se detienen, enajenados en su propio mundo, casi como si estuvieran bajo los efectos de narcóticos. La voz también forma parte de esta obra y aparece a través de gemidos o alaridos de distintas intensidades. Barysnikov, con una falda de color marrón semitransparente, se planta en el medio del escenario, ata sus manos y comienza a moverlas a una velocidad tal que parece que estuvieran separadas de su cuerpo.

En esta pieza, rica en simbolismos y con cierta intencionada desarticulación, Baryshnikov saca a relucir sus fantásticas dotes de comediante. Sus expresiones, sus gestos, sus gemidos y su forma de plantarse en el escenario muestran al bailarín-actor en su mejor forma. Sólo un gran intérprete como Baryshnikov es capaz de no caer en el ridículo al llevar adelante una obra de esta naturaleza, en la que el desafío se centra en la comprensión de la consigna establecida por Michelson. La danza, pasa a un plano secundario. El grupo de bailarines logra adentrarse en la propuesta con ajustado profesionalismo.

 
   
El White Oak Dance Project aborda una propuesta de Sarah Michelson, en la que Baryshnikov baila con sus manos atadas.  
   
   
   

Sin duda, Lucinda Childs, quien comenzó su carrera como miembro del Judson Dance Theater, se presenta como la más formal de los tres coreógrafos que integran este programa del White Oak Dance Project. "Chacony", convoca a los bailarines Miguel Amaya, Coates, Howard, Jeffrey, Sonia Kostich, Rosalynde Le Blanc y Baryshnikov. Sobre tres obras de Benjamín Britten, "String Quartet No 3" (Burlesque), "Sinfonietta" (Tarantela Presto Vivace) y "String Quartet No 2" (Chacony Sostenuto), este ensamble mostró una gran solvencia técnica y, al mismo tiempo, una sobrada claridad conceptual. El White Oak Dance Project se aleja de la danza como pirotécnica y se acerca cada vez más a la virtuosa fusión de la experiencia y la emoción a través de un cuerpo de se convierte en receptor y transmisor del mundo espiritual. Childs pone su impronta a través del lirismo del lenguaje, de la coherencia de cada una de las secuencias de esta obra que deja a los bailarines ser ellos mismos en su más delicada sencillez.

Al llegar el tercer movimiento de "Chacony", el grupo abandona el escenario y deja el espacio para que, al final, Baryshnikov interprete el segundo solo de la noche. Giros desafiantes, saltos, desplazamientos cargados de intencionalidad y dinamismo. Baryshnikov devora el escenario con su presencia y se muestra en plena forma. En cada una de las obras que aborda en este programa, el bailarín no sólo mantiene la impecable técnica que siempre lo caracterizó, sino que muestra un cuerpo que oficia como instrumento de comunicación. Danza de cámara, danza íntima del espíritu, donde el cuerpo precede a la palabra no dicha, pero sugerida. Durante estos doce años de existencia, el White Oak Dance Project ha logrado, de manera sistemática e inteligente, recuperar los principios esenciales de la danza moderna. Mikhail Baryshnikov es el artífice de este maravilloso reencuentro con los orígenes de la libertad expresiva.

     
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El White Oak en gira

  • Desde el 19 al 23 de junio-Jacob's Pillow, Lee, MA, USA.
  • Desde el 30de junio al 1 de julio, Zaragoza, España.
  • El 4 y 5 de julio, Valencia, España.
  • Desde el 11 al 13 de julio, Grec Festival, Barcelona, España.
  • Desde el 19 al 21 de julio, Las Palmas, Isla de Gran Canaria, España.
  • Desde el 26 al 29 de septiembre, Choreographische Zentrum, Essen, Alemania.
  • Desde el 3 al 6 de octubre, Teatro Argentina, Roma, Italia.
  • Desde el 8 al 13 de octubre, Sadler's Wells, Londres.
  • El 26 y27, 29, 30 y 31 de octubre, el 2 y 3 de noviembre Teatro Regio, Torino, Italia.
  • Desde el 6 al 8 de noviembre Capetown, Sudáfrica.
  • El 16 y 17 de noviembre Sun City, Sudáfrica.
  • Desde el 21 al 23 de noviembre Durban, Sudáfrica.
 
 

Años de diamantes
Por Célida Villalón (USA)

Las flores no son solamente precursoras de la primavera. Dos de los principales teatros del Lincoln Center de Nueva York, el State Theatre y el Metropolitan Opera House, abren sus puertas al New York City Ballet y al American Ballet Theatre respectivamente, para sus usuales temporadas cada vez que llega esta época del calendario.

El Proyecto Diamond, un plausible intento dedicado a ofrecer obras nuevas de coreógrafos establecidos o de otros que aspiran a dicho título (que a veces arroja grandes sorpresas), celebra sus diez años de existencia en el seno del New York City Ballet (NYCB). En esta ocasión, la compañía fue un poco más lejos: añadió al festival algunos de los nuevos ballets que más se aplaudieron en proyectos anteriores.

El coreógrafo italiano Mauro Bigonzetti, director del Aterballeto de Reggio Emilia, fue uno de los primeros invitados. A juzgar por el resultado, es innegable que en materia de novedades los europeos las prefieren a lo antiguo o más convencional. "Vespro", como tituló Bigonzetti su inspiración sobre música de Bruno Moretti y vestuario de Julius Lumsden, es un ballet futurista, que también podría catalogarse como "robótico". Los trece bailarines que componen el reparto, en el cual Maria Kowroski, Alesandra Ansanelli, Jason Fowler, Sebastian Marcovici y Benjamin Millepied aparecen como solistas, obedecen a una coreografía con abundancia de mecanización. Los movimientos son mayormente abruptos, de acuerdo con las disonancias de la partitura; sin embargo, la danza cobra fuerza e inspiración al final, como si el sonido del acompañamiento de Alberto Regni, el saxofón solista, hechizara a los bailarines, agrupados alrededor del piano que está en la escena y los conminara a danzar. Los fieles asistentes a las temporadas del NYCB, no obstante, ofrecieron sus más fervientes aplausos a los intérpretes y a Andrea Quinn, directora de la orquesta, así como al trío de talentos reunidos en un grupo bastante fuera de lo usual: el .compositor que acompañó al piano, el saxofonista y Steven Rickards, contratenor.

 
   
El NYCB estrena "Vespro", interesante obra del coreógrafo italiano Mauro Bigonzetti.
Foto: Paul Kolnik. Gentileza del NYCB.
 
   
   

Otra de las apuestas del Proyecto Diamond fue "Haiku", de Albert Evans, bailarín principal de la compañía, sobre música de John Cage para percusión (Música Esencial, según el programa), a cargo de cinco músicos en tambores, carrillones y silbidos, dirigidos por John Kennedy, y un pianista, Alan Moverman, que se limitó a tocar cuatro o cinco notas, como introducción a algunas de las variaciones.

El conjunto compuesto por Faye Arthurs, Aesha Ash, la impresionante brasileña Carla Körbes, de fuertes y maravillosas piernas, Stephen Hanna, Sébastien Marcovici y Seth Orza, más que bailar, se dedican a hacer calistenia. Las mujeres lucen elegantes diseños de Carole Diver. Todos los integrantes pueden alardear de magníficas calificaciones, dado que la coreografía les exige estirarse, hacer contorsiones, moverse en parejas y en solos -éstos últimos, los más dinámicos-, además de languidecer en poses alargadas y sensuales. No obstante, la fluidez en sí, a pesar de usar conocidos pasos de ballet, no es muy aparente en el trabajo. Como primer intento de Evans, resulta interesante; sin embargo, es de esperar que los próximos ofrezcan una muestra más amplia de gracia y movimiento, símbolos definitivos de este arte esotérico que se conoce como ballet, que deben prevalecer en toda obra coreográfica.

   
     
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