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DESDE
NUEVA YORK
Cuatro estrenos del New York City
Ballet
Por Célida
P. Villalón
A
pesar de la escasez aparente de coreógrafos,
el New York City Ballet cada temporada añade
obras nuevas a su repertorio, muchas de ellas de maestros
establecidos, y otras que son primeros intentos coreográficos
de novicios que muy pronto obtienen el respeto del público.
En
la serie invernal de este año, el NYCB presentó
cuatro estrenos, tres, con la rúbrica de Peter
Martins, director artístico del conjunto. "Cuarteto
para Cuerdas" y "Viva Verdi", ambos con
música del ilustre compositor de óperas
(hechos por una invitación del Festival Verdi
de Parma), y "Hallelujah Junction", con música
de John Adams. El cuarto resultó ser el primer
trabajo de Marissa Barak, miembro actual del coro, de
21 años, para más detalle, quien mantiene
el título de la partitura musical que utiliza
en su obra, "Suite Obertura de Telemann, en Fa
menor" de Georg Phillip Telemann, para continuo
de flauta y cuerdas, y lleva vestuario de Holly Hynes.
A juzgar por el clamor de aprobación de los críticos
y el público el día del estreno, es fácil
pensar que un destino especial aguarda a Barak en el
escenario que quizás no sea precisamente calzar
zapatillas de punta.
Esta
suite es una obra límpida, novedosa y refrescante,
en donde el elenco aparece ataviado en trajes de ejercicio.
Las mujeres con túnicas cortas, y los hombres
con camisetas y "maillots" de color azul-gris,
que permiten escrutar muy de cerca cada movimiento,
en este caso, perfectos. Dos solistas femeninas, Amanda
Edge y Carrie Lee Riggins, secundadas por un coro de
ocho mujeres y cuatro hombres distribuidos en tríos,
bailan con gran unidad mientras cambian de posiciones
y de compañeros, en variaciones en las que todos
tienen oportunidad de sobresalir. Hay tal exactitud
en los grupos que la geometría maravillosa de
George Balanchine acude a la mente sin quererlo. Al
mismo tiempo, la elegante forma barroca de la música,
interpretada magistralmente ese día por Paul
Dunkel -solista de flauta-, es representada por la talentosa
coreógrafa, en danzas con sugerencias de minuet
y rigodón, hasta finalizar con una giga.
La
fecha del nacimiento de Balanchine (22 de enero), fundador
y guía del NYCB hasta su muerte en 1983, siempre
se celebra con el estreno la obra considerada más
importante de la nueva promoción. Esta vez fue
escogida "Hallelujah Junction". La última
colaboración entre el compositor Adams y Martins
(que ya marca ocho), se estrenó en Copenhague
por el Real Ballet Danés el verano pasado. Martins
recurre al estilo de "ballet en blanco y negro"
muchas veces usado por su genial predecesor, viste al
elenco en trajes de práctica en esos colores,
diseñados por Holly Hynes. Con un elenco de once
bailarines, combina movimientos rápidos y alargados,
siguiendo las cambiantes tonalidades de la vibrante
música, ejecutada en escena por los pianistas
Cameron Grant y Richard Moredock, apenas destacados
contra el oscuro telón de fondo.
La
pareja principal ataviada en blanco, Janie Taylor con
Sebastien Marcovici, Benjamin Millepied, el solista
vestido de negro que los interrumpe constantemente como
un tercero en discordia, junto a cuatro parejas más,
componen el reparto total. Martins se inspiró
en la proficiencia técnica de sus bailarines,
para construir una hermosa estampa de cuerpos veloces
moviéndose en el espacio.
"Viva
Verdi", el último estreno de la temporada,
puede compararse a una golosina azucarada de deliciosa
apariencia, pero de poco sabor. La música de
"La Traviata", sobre la que se basa la obra,
ha sido convertida por Marc-Olivier Dupin en una partitura
para solo de violín y orquesta ("Variaciones
sobre La Traviata de Verdi"), que incluye las más
conocidas arias de la ópera, sin guardar el mismo
orden. El juvenil trío de "ballerinas"
que aparecen en flotantes tutús de color amarillo,
integrado por Abi Stafford, Ashley Bouder y Lindy Mandradjieff,
y la pareja principal formada por Darci Kistler -en
rosado oscuro- y Charles Askegard, danzan al ritmo del
acompañamiento que comienza con "Libiamo",
y termina con "Sempre Libera", en una combinación
de pasos rutinarios carentes de inventiva. La afinada
orquesta y el magnífico solo de violín
a cargo de Catherine Cho, bajo la experta batuta del
maestro Hugo Fiorato, merecieron esa noche los mejores
aplausos.
Si
deseas enviar un e-mail a Célida P. Villalón,
puedes hacerlo a info@danzarevista.com
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Sarah
Ricard y Jonathan Stafford, en "Hallelujah
Junction", de Marissa Barak, un estreno del
NYCB
(Foto: Paul Kolnik). |
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| "Steptext",
de William Forsythe, una obra abstracta basada
en la "Chacona en Re menor para violín
solo" de J.S.Bach. |
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Con
un pie en la gran ciudad
Por Célida
P. Villalón
Por
primera vez llega el Ballet Florida a la Gran
Manzana de Nueva York, compañía
fundada por Marie Hale hace dieciséis años.
El Teatro Joyce le abrió sus puertas por
cinco días, para presentar una programación
que contenía obras de tres coreógrafos
diferentes.
La
primera, titulada "From Far Away", original
del argentino Mauricio Wainrot, director artístico
del Ballet del Teatro San Martín de Buenos
Aires, tiene música "minimalista"
de Wim Mertens, y usa diseños de Carlos
Gallardo. La coreografía de la obra es
hermosa, llena de luminosidad e intrincada composición
de pasos que permite a las cinco parejas del elenco
mostrar la buena base clásica que poseen,
dominando con gran exactitud los "grand plié"
en segunda posición que aparecen repetidamente
en el bien distribuido patrón coreográfico.
El conjunto comienza y termina en una pose que
podría catalogarse como "foto de grupo".
Las dos parejas principales, Tina Martin y Andrew
Allagree, y Jessica Benton con Dan Harris, tuvieron
oportunidad de exponer sus rutinas con evidente
alegría e intensidad de movimiento.
"Steptext",
el segundo ballet de la noche es original del
coreógrafo estadounidense, William Forsythe,
director desde hace trece años del Ballett
Frankfurt, y si bien Forsythe no ha logrado aún
ser "profeta en su tierra", varias compañías
internacionales incluyen en su repertorio algunos
de sus trabajos. "Steptext", basado
en la "Chacona en Re menor para violín
solo", de J.S. Bach, tiene por todo elenco
a una bailarina, ataviada en un "unitard"
de color rojo, y tres acompañantes masculinos
que visten sencillas camisetas y mallas de ejercicio
en gris oscuro. Wendy Laraghy, la solista femenina,
baila en punta -la única que lo hace en
todo el programa-, y aquí la luminotecnia
del propio coreógrafo deja las luces encendidas
en la sala del teatro en una larga parte del ballet
para suplir los frecuentes apagones en la escena.
La bailarina posee extraordinaria ductilidad:
puede estirarse, encogerse y ser manejada por
Jerry Opdenaker, Stephen Dori o Markus Schaffer,
como si fuera de goma. A pesar de ser una obra
abstracta, aparecen intercambios de gran hostilidad
o descontento entre los intérpretes (presentes
también en otras obras del autor). La acción
y la música se truncan a menudo por una
total oscuridad y silencio, lo cual deja al espectador
en vilo y algo desconcertado.
La
última entrega de la noche fue "Read
My Hips", de Daniel Ezralow, coreógrafo
que trabaja libremente por su cuenta. En su currículum
aparecen trabajos para algunas compañías
internacionales, así como para videos,
además de haber sido miembro del grupo
Momix, y en 1986, cofundador de ISO Dance. El
acompañamiento de la obra se debe a Michel
Colombier, e incluye además, ritmo, ruido
y palabras. Pudiera decirse que hay un poco de
todo incluyendo tap, lucha greco-romana (no en
balde todo el elenco usa rodilleras), explosiones
de sonido y situaciones específicas que
mueven al público a sonreír. Podría
añadirse que es un ballet erótico,
no sólo porque al final todos quedan vistiendo
escasísima ropa, sino por los movimientos
sinuosos, pélvicos, que rigen la mayor
parte de la coreografía.
Si
deseas enviar un e-mail a Célida P. Villalón,
puedes hacerlo a info@danzarevista.com
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Escena de "From Far Away", de
Mauricio Wainrot, pieza de intrincada composición
que permite mostrar la buena base clásica
del elenco.
Fotos: Steven Caras. Gentileza de Agencia
Ellen Jacobs. |
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Otelo
volvió al San Francisco Ballet
Por Maritza
Gueler (USA)
Un
clásico del teatro creado por Shakespear, cuya
transcendencia ha convertido a este personaje en una
especie de estereotipo al que sólo se lo relaciona
con los celos, si se lo mira desde un lugar superficial
y cotidiano. No obstante, la dramaturgia impone otro
tipo de sutilezas que profundizan las miserias y las
grandezas humanas. El coreógrafo Lar Lubovitch
creó un ballet completo sobre la base argumental
de "Hecatommthi" de Giraldo Cínthio,
publicada en Venecia en 1566 y de la obra teatral de
William Shakespeare, "Otelo, el moro de Venecia".
No obstante, el perfil de los personajes se acerca más
a los que describe Cínthio que a los del autor
inglés.
"Otelo"
fue, originariamente, una coproducción entre
el American Ballet Theatre y el San Francisco Ballet.
Su estreno en Nueva York fue en 1997 y en San Francisco,
en 1998. La obra se repuso este año en el tercer
programa de la compañía del oeste en el
War Memorial Opera House. Una intensa obertura musical
que da lugar a la boda de Otello y Desdémona
en la Catedral de San Marco en Venecia, marca el comienzo
de esta obra. La celebración viene acompañada
por un despliegue escenográfico realizado por
George Tsypin, que posee más intensidad visual
que espacial. Criterio que prevalece durante el desarrollo
de los tres actos que componen esta pieza.
En
el primer acto, se define la intriga y el perfil de
cada uno de los co-protagonistas: Iago, Emilia (mujer
de Iago y asistente de Desdémona) y Cassio. El
pañuelo motivador del trágico desenlace,
también aparece en esta primera escena. Lubovitch
creó una coreografía en la que los gestos
exceden a la danza. Si bien los movimientos corporales
propuestos por el coreógrafo son, por momentos,
complicados y riesgosos, es poco lo que transmiten en
cuanto a la vibración interna de los personajes.
El estilo propuesto es una conjunción de danza
moderna, expresión corporal y danza clásica
en el cual los bailarines realizan un verdadero "tour
de force" para sostener complejas secuencias de
movimientos.
Lucía
Lacarra, una sutil y delicada Desdémona, logra
interesantes momentos. Su ductilidad y sensibilidad
realzan una coreografía donde los bailarines
tienen escasas oportunidades para el lucimiento de sus
capacidades en el ámbito de la danza. Cyril Pierre,
correcto, justo, preciso, logra realizar una serie de
movimientos que poco aportan a definir al moro atribulado
que lleva sobre sus espaldas.
Durante
el segundo acto se desarrolla la verdadera intriga.
Damian Smith, quien interpreta a Iago, capta adecuadamente
la propuesta del coreógrafo. Sherri Le Blanc,
como Emilia, es impecable en su técnica. Lo mismo
ocurre con Stephen Legate en el rol de Cassio. Kristin
Long, baila con precisión el papel de la maliciosa
Bianca. Ella, a instancias de Iago, provoca el desenlace
fatal. El cuerpo de baile realiza un buen trabajo de
conjunto, si bien no tiene demasiada participación
en esta historia.
La
obra del compositor Elliot Goldenthal transita entre
la música tonal y la atonal con entera facilidad
y logra una partitura que se acopla plenamente a la
propuesta de Lubovitch. Neal Stulberg tuvo a cargo la
dirección de la orquesta en esta reposición
de Ginger Thatcher que permite revivir, con otra mirada,
esta maravillosa historia de amor, celos e intrigas.
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Bianca, la gestora del desenlace, interpretada
por Kristin Long en el segundo acto de Otelo.
Fotos: Weiferd Watts. Gentileza del San Francisco
Ballet. |
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Durante la ceremonia nupcial, Desdémona
(Lucía Lacarra) y Otelo (Cyril Pierre) en
la obra de Lar Lubovitch. |
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La
búsqueda de las formas en "Following
the Subtle Current Upstream", de Alfonso King.
Gentileza de Cal Performance |
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Bajo
la mirada de Ailey
Por Maritza
Gueler (USA)
Desde
que se hizo cargo de la compañía creada
por Alvin Ailey, Judith Jamison, ha logrado mantener
con éxito el espíritu esencial de este
grupo de bailarines plenamente consustanciados con la
propuesta de su fundador. Como casi todos los años,
la Alvin Ailey American Dance Theater, llegó
al Zellebach Hall de UCBerkeley con tres programas diferentes.
Uno de ellos, incluyó la última obra de
Jamison en homenaje a la deportista olímpica
Florence Grifftith Joyner, "Here
Now",
estrenada en Nueva York el año anterior.
También
en carácter de premier local, la compañía
presento una bellísima obra de Ronald K. Brown,
"Serving Nia " (2001), donde las reminiscencias
africanas y los compases del jazz se funden en una serie
de secuencias. Desde lo tribal a la estilización
del jazz, los bailarines componen magníficas
estructuras coreográficas cuya energía
resplandece. La combinación de partituras de
Roy Brooks, Branford Marsalis, M'Bemba Bangoura y Dizzy
Gillespie, el magnífico vestuario de Omatayo
Winmi Olalla y el diseño de luces de Brenda Dolan
permiten que esta realización, en la que se combinan
solos, dúos y trabajos grupales, tenga una gran
fuerza expresiva.
La
música de Miriam Makeba, Zakir Hussain y Miguel
Frasconi, sirven de marco para que Alfonso King componga
una obra donde predominan las contracciones y los estiramientos,
sustentados por atractivas imágenes corporales.
"Following the Subtle Current Upstream" (2000)
es una pieza donde se entrelaza el humor, el lirismo,
la precisión y la destreza física a través
de estructuras claras y bien definidas.
"Caravana",
una obra de 1976, creada por Louis Falco, impone un
final fresco y candoroso donde el nivel técnico
de los bailarines y su ductilidad, permiten transitar
por diferentes estados. Energía vibrante, dinamismo,
despliegue escénico, sensualidad e inocencia
se funden bajo los arreglos musicales de Michael Kamen
sobre recordados temas de Duke Ellington. Un fantástico
efecto de paneles transparentes van apareciendo durante
este trayecto en el que personajes-bailarines intentan
contar una historia que no tiene una exacta definición
argumental. Desde lo individual a lo grupal, la obra
marca un transcurrir de situaciones donde los intérpretes
se comprometen desde el plano actoral. Casi al llegar
el final, los bailarines desafían a la naturaleza
del baile, calzados en altos coturnos, a través
de los cuales continúan marcando el ritmo de
la música. Un efecto ingenioso que pone un nuevo
toque de humor a esta pieza.
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"Alvin Ailey American Dance Theater en una
secuencia de "Serving Nia", excelente
realización de Ronald K. Brown.
Foto: Paul Kolnik. Gentileza Cal Performances.
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"Nuestra
Señora de París" en el Colón
de Buenos Aires.
Por Enrique
Honorio Destaville.
Transcurrido
el receso estival, el Ballet del Teatro Colón
retornó con la reposición de "Nôtre
Dame de Paris" de Roland Petit, obra que sólo
había podido montarse en una oportunidad en diciembre,
en medio de graves desórdenes callejeros y problemas
políticos. Roland Petit hizo de sintético
adaptador de la obra de Víctor Hugo, con sublimes
y trágicas reelaboraciones coreográficas.
El resultado: una obra de fuerte teatralidad. Petit
grabó allí su impronta neoclásica
y contemporánea en el movimiento, en el que expresividad
corporal y gestualidad cargan el dramatismo. Petit siguió
así los lineamientos de la modernidad en el ballet
y despojó a la síntesis argumental de
pantomima y exceso de detalles.
La
música del contemporáneo Maurice Jarre
sustenta bien a "Nôtre Dame...": resalta
efectos majestuosos y sacros, profundiza la dramaticidad
y hace más tierno el pas de deux del jorobado
y Esmeralda. Recurre a las ondas Martenot, a un coro,
a los vientos, a las panderetas e instrumentos percusivos
que aluden a Esmeralda y a sus hermanos de la gitanería
bohemia. Lo escenográfico (valiosísimo
aporte de René Allio) evoca simbólicamente
la celebérrima catedral (sobre todo sus campanas,
el Parvis) y el ambiente gris de la París medioeval.
En esa línea, Yves Saint-Laurent diseñó
el excelente vestuario con colores identificatorios,
funcional en bailarines, amplio y suntuoso en los figurantes
que representan la nobleza. El elenco laboró
con el buen repositor Luigi Bonino. Esmeralda fue Maricel
De Mitri: aire desafiante y seductor, suave con Quasimodo,
amante con Febo, patética en el cadalso; puntas
perfectas y técnica afianzada. Notable y dúctil
bailarina. Edgardo Trabalón se consagró
como tragedien de la danza al encarnar cabalmente a
Frollo a quien ornó con toda la solemnidad exterior
y la maldad interior. Su elocuente gestualidad debatiéndose
entre la carne y el poder, con el sagrado ministerio
y el deber, halló exacta correspondencia en su
apabullante despliegue técnico. En un segundo
reparto, Leonardo Reale también supo extraer
las facetas más dramáticas de Frollo.
Jorge Amarante extrajo de sí la exigida expresividad
para configurar un lastimero Quasimodo, difícil
carnadura del complejo personaje, al que también
dio fuerza de partenaire. Alejandro Parente halla en
Febo el exacto protagonismo para el exaltado y trágico
amor por Esmeralda, y se lució técnicamente.
El
cuerpo de baile -que debió aumentar sus filas
con alumnos del Instituto- actuó consustanciado
con las indicaciones de Bonino y compuso mejor las escenas
de conjunto como la impactante aparición de la
corte de los milagros, y la lasciva danza expresionista
de las casi grotescas rameras. Correcta ejecución
la de la Orquesta Estable del Colón dirigida
hábilmente por Carlos Calleja. En el cuerpo de
baile se observan figuras casi veteranas, desgastadas
por una extensa carrera y la falta de training, quienes
deben comprender que el retiro no es ya una opción
sino una obligación.
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