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En
busca de respuestas
Por Maritza
Gueler (USA)
Un
dilema metafísico sobre el valor de las emociones
y las sensaciones. Preguntas que, quizás, no
encuentren respuestas definitivas. "La guerra damore",
una realización del coreógrafo alemán
Joachim Schlömer, es una conjunción de interrogantes
sobre la propia existencia. Schlömer, quien se
formó en la Folkwang Hochschule in Essen, Alemania,
y recorrió Europa con la compañía
de Pina Bausch, se internó en una obra en la
que la música en vivo, la danza y el canto se
ensamblan para expresar los conflictos del alma.
Esta
obra del coreógrafo alemán, que tuvo su
estreno en los Estados Unidos, en el Zellerbach Hall
de Berkeley (California), tiene como base musical y
poética el libro octavo de madrigales de Claudio
Monteverdi, "Madrigali gerrieri e amorosi",
publicados en 1638. Schlömer realiza una puesta
en escena interesante, despojada ornamentos escenográficos,
en la que cantantes y bailarines se funden en un ir
y venir de preguntas y respuestas.
El
grupo Concerto Vocale, compuesto por 21 músicos
dirigidos por René Jacob, logra momentos de sublime
excelencia y crea una dinámica dramática
particular y sugerente. Esta brillante conjunción
entre el lenguaje barroco propuesto por la música
y el canto, y la expresión contemporánea
de la danza, hacen de "La guerra damore"
una pieza atractiva y conmovedora. No obstante, a través
de la evolución de la obra, y especialmente en
la segunda parte, el planteo estético se vuelve
levemente monótono y redundante.
Con
estructuras claras y definidas, Schlömer, sin despojarse
de sus raíces expresionistas, otorga cierto lirismo
al movimiento y fluctúa entre la intensidad del
gesto y la danza. Consustanciados en la estética
de la obra, los bailarines realizan un impecable trabajo
técnico y una acertada interpretación
de las secuencias dramáticas y coreográficas.
Los cantantes, por su parte, asumen con profesionalismo
y gran ductilidad, el desafío de integrarse al
movimiento y a los desplazamientos escénicos.
"Dance
in Silence", donde el grupo de bailarines baila
sin música, es una de las secuencias de mayor
fuerza dramática integrada a la primera parte
de este espectáculo. También en el final
del primer acto, "Se i Languidi miei sguardi",
el duetto entre la mezzo-soprano Marisa Martins y el
bailarín Jean-Guillaume Weis logra un magnífico
nivel de excelencia interpretativa, donde la voz y el
movimiento se funden en un diálogo apasionado
y conmovedor.
Si
bien la puesta de Schlömer está situada
en una plaza de Venecia, su obra apunta a conceptos
más universales. Una pared gris es la única
escenografía que utiliza, mientras que el vestuario
de Gesine Völlm consiste en ropas de calle actuales.
"La guerra damore", más allá
del concepto integrador en cuanto a la puesta en escena,
apunta a una reflexión sobre las relaciones personales,
los sentimientos y el transcurso de la vida.
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Conmovedora
escena interpretada por Marisa Martins y Jean-Guillaume
Weis en "La guerra damore".
Gentileza de Cal Performances UC Berkeley. |
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Sobre
el director:
Este
joven director de 39 años, nació
en Cologne, Alemania, estudió en la Folkwang
Hochschule en Essen y luego se integró
a la compañía de Pina Bausch. No
obstante su formación dentro del campo
de la danza, apuntó su trabajo a la ópera
y al teatro. Recientemente escribió una
obra de teatro titulada "Scale of Nerves",
basada en textos de Antonin Artaud para el Burgtheater
de Viena.
En
1988 bailó bajo la dirección de
Mark Morris para el Théatre de la Monnaie
en Bruselas, y en 1990 formó su propia
companía, Josch, para la que creó
"Death and the Maiden and the Shoulder to
Shoulder". Sus trabajos más recientes:
"Sensa Fine", basado en la vida de Federico
Fellini, "Bernarda Albas house"
("La casa de Bernarda Alba", de Federico
García Lorca) y "Rimini".
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Luis
Ortigoza, primer bailarín del Ballet
de Santiago de Chile, interpreta al esclavo
Alí.
Gentileza del Ballet de Santiago de Chile. |
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Nuevo
Corsario en Chile
Por
Enrique
Honorio Destaville (desde Chile)
"El
Corsario", obra que conmocionó
a la Francia del Segundo Imperio en 1856,
se intaló esta vez en el Ballet de
Santiago en una nueva puesta coreográfica
realizada por su director, Ricardo Bustamente.
Marius Petipa -en la Rusia de los zares-
había reconstruido este ballet y
lo convirtió en una historia encadenada
con momentos de virtuosismo técnico.
Un cabal ejemplo de su estilo clásico-académico
que debe funcionar a la perfección.
Es
evidente que Bustamante tomó como
paradigma la reconstrucción que de
este último ballet hizo Piotr Gusev
hace algunas décadas y que permanece
en el repertorio del Kirov de San Petersburgo.
Por otra parte, la versión de Constantin
Sergueyev (bailada en el American Ballet
Theater), también ha servido como
referencia para los cambios sufridos por
el tercer acto ("El Jardín Animado").
En su nueva coreografía, Bustamante
incorporó música de Leo Delibes
(la marcha de "La Source"), y
de Riccardo Drigo (una variación
de "La Flauta Mágica")
a la partitura integrada por fragmentos
de Adam-príncipe Oldemburg-Pugni-Minkus.
Bustamante
puso su empeño creativo al coreografiar
pasos virtuosos para el esclavo Alí,
de tal forma que el rostro, los brazos,
y el torso adquieren formas sumamente expresivas,
extraidas de viejas fotografías de
Nijinski en "Scheherazade". Su
coreografía logra agilizar y refrescar
este ballet daction, ubicado en la
Turquía del imperio Otomano. La escenografía
y vestuario, a cargo del artista plástico
Martín Izquierdo reavivan el estilo
de la vieja Estambul. No debe soslayarse
el comentario al impresionante efecto de
la escena del naufragio, lumínicamente
diseñada por José Luis Fiorruccio.
Simona
Noja (bailarina rumana del Ballet de la
Ópera de Viena) encarnó muy
bien a Medora, personaje al que dotó
de matices femeninos y sensibles, siempre
bien "plantada", agradable rostro
y técnica no ostentosa, pero sin
deficiencias. César Morales (Conrad,
el corsario) se consagró aquí
como un grande y -de hecho- primer danseur
chileno de la actualidad. De finísima
figura, altas posiciones y maestría
técnica y aceptable manejo como partenaire.
La
argentina Marcela Goicoechea, una atrayente
Gulnara, se destacó en el pas desclaves;
Alejandro Parente (Ballet del Teatro Colón)
recibió ovaciones por su protagónica
actuación como Lankedem, virtuoso
y hábil profesional del juego escénico.
Luis Ortigoza -de refinada danza- cautivó
como Alí, papel al que impuso una
notable dinámica del movimiento y
la expresión, y Natalia Berríos,
Lidia Olmos, y Maite Ramírez confirieron
extraordinaria minuciosidad al pas-de-trois.
Completa este notable panorama el afiatado
elenco del Ballet de Santiago. La extensa
y elaborada partitura de "El Corsario"
tuvo clara ejecución orquestal y
firme dirección del argentino Carlos
Calleja.
En
cuanto a la estructura en tres actos, ellos
devienen una unidad de estricto estilo clásico-académico,
con argumento truculento, salpicado de intrigas.
Allí juegan capital importancia la
exactitud técnica y la expresiva
poesía de los artistas. Ése
era el propósito del anciano Petipa,
y esto debe adicionarse al acierto del trabajo
de Bustamante.
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Una
de las escenas de El Corsario en la
versión de Ricardo Bustamante.
Gentileza del Ballet de Santiago de
Chile. |
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Teatro
y movimiento
Por Maritza
Gueler (USA)
La
compañía japonesa dirigida por Tadashi
Suzuki inició una gira por los Estados Unidos
con uno de los espectáculos de mayor renombre
dentro de la historia de este grupo. "Dionysus",
basado en "Las Bacantes" de Eurípides,
se presentó por primera vez en Nueva York en
1991 durante el International Festival of Arts. Después
de diez años, reaparece en una gira que también
abarcó la costa oeste del país.
Tadashi
Suzuki fue uno de los primeros directores de teatro
japonés que estableció un puente entre
lo tradicional y lo contemporáneo. Su método
se fundamenta en el empleo de un estilo de actuación
donde se combinan técnicas de movimiento y destreza
física planteadas en el teatro Noh y el Kabuki.
Desarrollado en 1970, este nuevo camino de interpretación
se focaliza en un sistema de ejercicios vocales y físicos.
Sustentados en veinticuatro posiciones de quietud y
movimiento, éstos se asemejan a los movimientos
de los animales y están destinados a perfeccionar
el poder y la energía corporal.
De
esta forma, cada uno de los desplazamientos y posiciones
fijas de los actores se convierten en un elemento expresivo
de gran intensidad. Suzuki realizó una puesta
en escena impecable -como todas sus puestas- y encontró
en sus actores un material noble para transmitir conceptos
y emociones.
El
argumento de la obra original -la batalla entre lo divino
y lo humano- fue desviada hacia un análisis metafísico
y social que plantea los conflictos entre el hombre
y los valores de su comunidad y pone sobre el tapete
un análisis metafórico entre lo religioso
y lo político, y entre lo individual frente a
lo grupal.
Dionysus,
el dios del vino, aparece en esta puesta representado
por seis sacerdotes de Tebas y cada uno de los personajes
se convierte en símbolo. La voz y el movimiento
juegan roles esenciales en esta puesta integral. Los
desplazamientos tienen objetivos y direcciones específicas,
de la misma manera que cada uno de los movimientos.
Los textos, traducidos -en pantalla- del japonés
al inglés, guardan un sentido claro respecto
de los objetivos del argumento.
La
iluminación de Michitomo Shiohara y Bunichi Ito
se convierte en efecto escenográfico en sí
mismo. El vestuario de Tomoko Nakamura y Kana Tsukamoto
es, sencillamente, deslumbrante por la simpleza del
diseño, el colorido y la belleza estética.
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Dionysus,
una creación de Tadashi Suzuki que llegó
por primera vez a los Estados Unidos en 1991.
Gentileza: Cal Performances UCBerkeley |
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